¿Quién nos alimenta? (Nunca te vayas sin decir te quiero.)

 

¿Quién nos alimenta? Ésa es una pregunta que nos hemos hecho en HojaSanta desde que nos volteamos a ver y dijimos, en una larga sobremesa hace como siete años, “Oye, ¿y si ponemos una revista de comida?” (¡Ay de las cosas que se dicen y se deciden en las sobremesas, tan bonitas y tan irresponsables!) La respuesta no es única, claro, y conforme más la pensamos más va complicándose.

 ¿Quién nos alimenta? Mamá y papá nos alimentan, eso es obvio. El papá de Scarlett Lindeman, por ejemplo, hacía y tal vez sigue haciendo unas enchiladas imposibles. “Consistían en una base de salsa roja de lata de una marca sospechosa que no picaba nada vertida encima de tortillas de harina, también de paquete, rellenas por las sobras de la semana pasada: el pollo BBQ, la ensalada de pasta, las papas rostizadas, mezclado todo y, por si fuera poco, capeado con queso rallado, aceitunas negras de lata esparcidas encima, y horneado.” Pobre Scarlett se curó de espanto y no podrá comer aceitunas nunca más. El papá de Daniel Krauze le tendía un lazo irrompible a la salida del cine, cuando se iban al Sanborns por un hot fudge.

 La mamá de Riza Ahmad, del restaurante Tandoor, lo llevó a ser cocinero. “Cocinaba riquísimo, por ella me llegó la pasión de entrar en la cocina”, dice Riza. Como se imaginarán, hace cuarenta años en una casa tradicional indo-pakistaní, “el hombre no tenía nada que hacer en la cocina”, pero Riza se colaba y aunque lo regañaban, siempre se instalaba “y cocinaba algo”. Es fácil imaginar el falso regaño materno, más bondadoso que enojado: Riiiizaa. Mamá nos alimenta, nos enseña a comer sopa de lentejas –esa cosa que, como la tormenta, siempre sucede en el pasado.

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 Pero también nosotros alimentamos a nuestros papás, que son seres ajenos, constantemente yéndose a otro lado. La niña Renata le hizo un pastel delicioso a su papá el día que ella y su hermana y su mamá lo abandonaron, dejando la casa semivacía como si estuvieran cometiendo el crimen de robarse los muebles. Yo una vez soñé que alimentaba a mi papá en su lecho de muerte –una cama rechinante, pequeñita e inolvidable en una clínica del IMSS en Villa Coapa– y el sueño, como su vida, no tuvo un final feliz.

 (Yo nunca tendré hijos, pero alimento a mis perras como si lo fueran. Y ellas a mí me ignoran como todas las hijas ignorarán a sus padres por los siglos de los siglos amén.)

 ¿Quién nos alimenta, carajo? Nos alimentan nuestros amigos. De morritas, Daniela le enseñó a Jimena a abrir el Frutsi por abajo sin arrancarse los bráquets, y ésa es una enseñanza que no se olvida. (¿Qué habrá sido de Daniela? Después de la prepa cada quien agarró su rumbo y hoy nada sabemos una de la otra. Pero eso sí: ahí están los Jolly Ranchers y las galletas de perro y los PauPaus esperando responder la doble pregunta eterna: ¿qué es?, ¿se come?)

 Nos alimenta la anfitriona, nos alimenta Teresita la taquera, nos alimenta la abuela –claro–, nos alimentan los que matan cerdos por oficio y quienes cultivan sus chinampas, nos alimenta Yuls la joven de los sándwiches, nos alimentan los muertos, nos alimenta el pasado y el futuro, nos alimenta el díler y el fuckboy. La columna de Claudio Castro en HojaSanta se llama precisamente #QuiénNosAlimenta, y este mes habla de Carlos de la Torre, de Café Avellaneda en Coyoacán. Él también nos alimenta.

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Y nunca se vayan sin decir te quiero. Luego se arrepiente uno bien feo.~