Pastel delicioso para decir adiós sin llorar demasiado

 

por Renata Lira; óleos: Wayne Thiebaud; foto: Earl Theisen

 
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Conozco dos maneras de enfrentar situaciones difíciles: ponerme cocinar y mudarme –de casa, de escuela, de ciudad, de carrera, de persona. Curiosamente las dos las aprendí gracias al mismo acontecimiento de mi infancia: el día que abandonamos a mi papá y le dejé un pastel.

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Cocinar me gustó siempre, solo no sabía que iba a convertirse en un mecanismo de defensa tan efectivo contra las malas decisiones (propias o ajenas) y contra mi torpeza para comunicarme. Cocinar me calma. Cocinar hace que se me ocurran ideas salvadoras y me presta palabras que no son palabras para comunicar cosas que no son fáciles de decir.

Mudarme es otro cuento. Ese hábito lo adquirí gracias a años de experiencia dentro en una familia disfuncional y errante. De tanto buscarle el lado bueno al andar del tingo al tango, como decía mi abuela, acabé perdiendo la habilidad de quedarme en ningún lado.

El primer libro que elegí de niña por iniciativa propia fue uno de cocina. O por lo menos ese es el único que recuerdo de un montón de libros con que salí de la primera feria del libro infantil. Todavía parecían ser buenos tiempos en mi casa. Había días en que mi papá amanecía en el cuarto al fondo del pasillo pero eso me llamaba menos la atención que las fotos y las ilustraciones de esa primera gran adquisición. (Quién sabe cómo se llamaría ese libro. Sé que no estaba en español. Mi mamá lo tiró en otra mudanza. Una más de la larga lista de cosas que algún día le cobraré.)

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El amor por los libros de cocina es de lo poco permanente que me llevé el día que abandonamos a mi papá. Mi mamá, en cambio, no dejó más que la quinta parte de los muebles. Entre ellos, el famoso comedor por el que casi meto la pata y le arruino los planes de huir mientras mi papá estaba de viaje. Estábamos sentados comiendo –mi mamá, mi papá, mi hermana y yo–, y a mí se me ocurrió hacer cálculos en voz alta. “Esta mesa no va a caber en la casa nueva”, dije. Mi mamá me pellizcó por abajo de la mesa. Mi papá o no escuchó o se hizo pendejo. Me refería a la casa que fuimos a conocer luego de que mi mamá nos leyera a mí y a mi hermana un cuento sobre cómo las separaciones en algunas familias eran buenas. Lo que no entendía es por qué si eran tan buenas no podía decirle nada a mi papá.

Pero volviendo a los libros de cocina. Mi favorito era uno en formato enciclopédico de pasta gris con rojo e interiores a dos tintas, con ilustraciones de mujeres con peinados de salón y comida elegante. Se llamaba Cocina internacional; su autora, Elena Ocampo de Sanz. No era un libro bonito, pero sí vasto y conocedor de la cocina “fina” de la época. Pasaba horas hojeándolo. En parte, creo, porque tenía la sensación de que ahí dentro se guardaban los secretos de los hogares perfectos (no me culpen: lo mismo pensaba de algunos comerciales de detergentes), pero también porque nunca perdía la ilusión de aventurarme a preparar algo complejo, como un niño envuelto, en lugar de terminar haciendo siempre la veintiúnica receta apta para mis limitadas habilidades culinarias: el Pastel Delicioso. Era un típico pound cake de vainilla. Las reglas eran simples y el resultado consistente si se seguían al pie de la letra.

No sé cuántas veces preparé ese pastel, pero sí sé que la última fue el día que abandonamos a mi papá. También recuerdo el sentimiento de culpa con el que lo dejé en un platón sobre la mesa que no nos llevamos; recuerdo la casa vacía, oscura, fría, y recuerdo mi incapacidad de poner en palabras lo incorrecto, triste, injusto y absurdo que me parecía salir de ahí escondidas, como una ladrona de muebles, sin poderle decir adiós a mi papá más que con el único pastel que sabía hacer.

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La receta iba así, más o menos:

Se precalienta el horno a 180º. Se bate la mantequilla hasta cremarse, luego se le agrega el azúcar sin dejar de batir, luego los huevos de uno en uno, alternándolos con el royal, y la sal. Ya apagada la batidora se incorpora la harina cernida a la mezcla poco a poco con una espátula y se agrega la vainilla. En un recipiente aparte se baten las claras apunto de turrón, luego se incorporan a la mezcla con movimientos suaves y envolventes. Se vierte la masa en un molde preengrasado y enharinado, y se hornea durante 40 minutos o hasta que la superficie esté ligeramente dorada.   

No podría decirles las cantidades exactas de los ingredientes. El libro sobrevive, pero (no casualmente) se encuentra dentro de alguna caja sellada de mi vigésima mudanza, la del año pasado, perdida bajo algún montón. Hace dos o tres años, cuando lo rescaté de otra mudanza –no mía sino de mi madre– ella iba a tirarlo porque ya se le había desprendido la pasta y estaba a punto de deshojarse. Tenía exactamente 35 años sin verlo. Siempre estuvo ahí, al parecer, pero tal vez lo bloqueé junto con el dolor de esa despedida forzada. Me dio gusto reencontrarlo justo a tiempo para interceptar su muerte. Lo hojeé y solito se detuvo en el Pastel Delicioso, no por azar sino por el peso de las páginas embarradas de masa seca y betún rosa fosforescente.

Por suerte mis habilidades culinarias han mejorado lo suficiente para calcular mentalmente nuevas cantidades y hacer un pastel incluso mejor que ése, con ganache de chocolate en lugar del betún de Sanborns que acompañaba a la receta original. (No tengo nada en contra de los betunes de Sanborns, pero una dosis extra de endorfinas no está de más para las despedidas.) Aquí la tienen:

Una taza de mantequilla, una taza y media de harina, una taza de azúcar, dos huevos, una cucharadita y media de polvo para hornear, media cucharadita de sal, dos cucharaditas de extracto de vainilla (o una vaina para que quede más rico), dos cucharadas soperas de yogurt o crema ácida (este último es un agregado; la acidez hace reacción con el polvo para hornear y se esponje mejor).   

El orden de los ingredientes en la preparación es igual a la que leyeron arriba, solo que los huevos se agregan enteros desde el principio. El yogurt va después de la harina y antes de la vainilla. Otro punto importante es el tiempo que se crema la mantequilla con la azúcar. Aunque parezca exagerado, hay que dejarla batiendo de 8 minutos a 10 minutos para que se esponje bien.

Para hacer el ganache pongan en un recipiente de cristal una taza y tres cuartos de chocolate semiamargo para derretir (de buena calidad), ¾ de taza de crema para batir, tres tazas de café expreso (o agua en su defecto), una cucharadita de vainilla, una pizca de sal y ¼ de taza de azúcar mascabada. Métanlo al horno de microondas (si no tienen, derrítanlo a baño maría) en intervalos de 20 segundos hasta que esté completamente derretido, déjenlo bajar a temperatura ambiente, y viértanlo encima pastel. Pueden ponerle fresas o la fruta que se les antoje. Déjenlo de despedida sobre la mesa del comedor si un día tienen que abandonar a alguien que quieren muchísimo, mientras se tragan las palabras que quisieran pero no pueden decirle.

Va a suceder.~


Este texto es parte de nuestro especial Maneras de despedirse. Pueden leerlo aquí, y de paso decirle adiós a la versión impresa de HojaSanta.