Ciudad mercado:

la Central de Abasto

 

por Felipe Luna; textos: Alonso Ruvalcaba

 

La Central de Abasto es la ciudad a escala: la ciudad dentro de la otra ciudad. Tiene 327 hectáreas, o probablemente más porque, como todas las ciudades, no está restringida por las fronteras; las desparrama, contagia a sus vecinos de su propia persona. La Central contiene todo lo que contiene el Distrito Federal, pero lo contiene vertiginosamente (como un aleph). Éste es el mercado ciudad, la micrópolis: el microcosmos de la ciudad.

I. TRANSPORTE

00:15. La ciudad ciudad empieza a quedarse dormida (los niños duermen ya desde hace cuatro horas) pero la Central de Abasto tiene algunas horas recibiendo camiones. Llegan de todos lados: por Apatlaco, por Cardiólogos, por el viejo río Churubusco, por el canal del Tezontle. Vienen a alimentar a la ciudad insaciable, la ciudad que come y digiere y vomita todo el día. Llegan a la Central y descargan sus víveres interminables: descargan costales, redes, refrigeradores, enfriadoras, contenedores, huacales, cajas, cilindros, bolsas azules de plástico, bolsas verdes, bolsas rosas.

Unas horas después, las cuatro y media de la mañana. Piramidal, funesta, una sombra nacida de la tierra todavía sube hacia el cielo en vanos obeliscos. El DF está dormido pero la micrópolis no se ha detenido y ahora los camiones se van a alimentar a otras ciudades; se cargan de los víveres interminables –costales, redes, refrigeradores, huacales– y se van por Santa María la Purísima, por el canal del Moral, por Jalisco, y el ruido volcánico del paso de su peso por los ejes viales despierta a los madrugadores renuentes. La Central de Abasto es la verdadera ciudad que nunca duerme.

 
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II. ALMACENAMIENTO

Gran parte del trabajo del comerciante de la Central consiste en desempacar, separar, clasificar, acomodar, limpiar, lustrar, almacenar. Su producto es perecedero pero su trabajo no lo es: miles y miles de kilos de huevo tienen que ser separados: huevos rotos para vender a panaderos, huevos manchados, feos, impresentables para vender a fondas o puestos de jugos y licuados, huevos blancos para vender al resto de la ciudad de México; miles y miles de kilos de plátano deben ser almacenados y madurados hasta el amarillo perfecto –digamos: #FFE135 en la clasificación de Hex– para que puedan ser vendidos en los supermercados, donde no hay lugar para la fruta fea; miles y miles de kilos de reses, puercos, lácteos deben ser clasificados, almacenados o llevados de un lado a otro en diablitos cuya carga llega a pesar media tonelada, en manos de diableros que se comunican con el esotérico lenguaje del silbido. Hay más de 30 kilómetros de pasillos en la Central y no hay nada de tiempo para el diablero que pasa a toda velocidad. A un lado, dice acaso su silbido, voy que vuelo.

 
 

III. [MODA, INDUMENTARIA]

En medio del trabajo y el sudor, de los diablitos a mil por hora, del ruido y la furia, hay una curiosa dignidad: la dignidad de la indumentaria. El hombre de los pendientes, el hombre de los collares ominosos o de buen augurio, la mujer del hábito, el tipo del sombrero, el tipo que corona su bonete con la más roja de las plumas (su turbante con el más califa de los rubíes) y la mujer con el traje rayado como un tigre, parecen estar alzando un puño contra la rutina, parecen estar diciéndole un gran NO a la costumbre. Hasta la victoria siempre.

 
 

IV. MIGRACIÓN

La Ciudad de México está hecha de migraciones; recibe, acoge, cubre con su cielo, pero también devora o desgarra o mata. La migración es la fuerza motriz de la ciudad. (Entre paréntesis: la historia de la taquería chilanga es una historia de migraciones también. Las primeras taquerías de las que hay registro, como la de Beatricita en la calle de Cadena o la de Esthercita en los portales del Palacio, requirieron que sus dueñas migraran a la gran ciudad desde San Mateo Tazcaliatac o desde Guanajuato a fines del siglo antepasado. Hacia 1920 alguien ya podía escribir, sin agrado, que el Paseo de la Alameda era un asunto «de gentes de provincia». La taquería permitía una excursión, una suerte de turismo culinario, para quien no podía pagar un viaje: tacos de Oaxaca, de Guadalajara, de Morelia. Todavía es así. Fin del paréntesis). La migración también es la fuerza motriz de la Central de Abasto. Es ese agente natural, como el agua o el vapor, como el viento o la electricidad, que le imparte movimiento a su complejísima maquinaria. Y como todas las máquinas –como todas las grandes ciudades–, la Central de Abasto consume esa fuerza motriz: la trabaja, la quema y, finalmente, la expulsa.

 
 

V. [Señales, rótulos]

Nadie puede no notar que la Central de Abasto tiene un sentido del humor. Es un humor cachafaz, lenguaraz, locuaz, montaraz, mordaz, perspicaz, procaz, rapaz, sagaz y probablemente otros adjetivos terminados en -az. Es vacilador, consciente de sí mismo, farol, lucidito, pero también, a veces, misógino, sexista, humilde o humillado. A veces es como un gorila que se para en dos patas y se golpea el pecho; a veces como un palomo que da vueltas alrededor de una paloma; a veces como un perro con la cola entre las patas. A veces no está consciente de sí mismo, y les permite a los de afuera, a ti y a mí nos permite la sonrisa irónica, satisfecha, ultraconsciente, superior.

 

VI. [Religión]

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Gracias por los trabajos y los días; gracias por el producto: por las toneladas que llegan cada noche a la Central y las toneladas que se van cada mañana de la Central; gracias por los viajes, voluntarios e involuntarios, que terminan en la ciudad dentro de la ciudad; gracias por el ruido y la furia, por el amor y el sexo y el albur en la Central; gracias por las otras religiones y los otros dioses y sus otros fieles; gracias por la santa muerte; gracias por la ciudad que come y deglute y excreta. Déjanos caer en tentación pero líbranos del mal. Amén.