Cena de noviembre

 

por Jimena Lechuga; fotos: Felipe Luna

Un charro negro. Dos cuenquitos con sopa de fideo. Un dulce de piñón. Arroz con colecitas de bruselas en número par. Un taco de buche y uno de nana con la salsa más picante. Siete caramelitos de mantequilla. Un puño de pasitas con chocolate. Fideo seco. Una cuba con Bacardí hasta tapar los hielos, y dos gotas de limón. Cuadritos de queso con un chile verde. Papas con Valentina. Y dos yakults. Esa noche vendrían a cenar. Sus platillos y antojos favoritos estaban listos y dispuestos para recibirlos.

Mi abuelo Manuel, el mismo que contaba la distancia de México a Acapulco en el número de cubas que se podía tomar, llegaría elegante, pulcro y bien vestido. Tal vez con su lado noble, amoroso y paciente, el que pocos conocían, y con el que me enseñó a dibujar, a hacer acrósticos y a jugar dominó. Con un ratito de diferencia llegaría mi abuela Virgen, su esposa, cuidadora experta y amorosa vigilante de mi infancia. De piel arrugadita y suave, con la risa más linda y contagiosa del mundo, y unas manos hermosas para tejer crochet y cocinar como los mismos dioses.

 
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Después llegaría el tío Jean, cariñoso y protector patriarca de mi familia materna, poseedor del directorio más riguroso y preciso de taquerías del país; amigo querido y entrañable de cualquiera que desempeñara un oficio, y el más hábil contador de chistes. Luego el abuelito Jorge, mi abuelo prestado, un cariñoso y entregado ferrocarrilero de antaño, dueño del vochito azul pastel donde hacía que cupiéramos todos los primos.

La tía Tata, la más alivianada de toda la generación, tampoco tardaría. Habría que hablarle fuerte, como siempre. Esas orejas de las que solían colgar pesados artes parecían estar solo de adorno, pero frente a cualquier confusión discursiva resultado de la sordera, siempre llegaba la risa. Su tequilita estaba listo.

Más tarde, mi otra abuela: granmi. Compañera de casa, sastre, maestra, lento chófer, cómplice y ejemplo. Esa vez no tocaría el piano, no se escucharían los dorremifasoles eternos que sonaban los domingos de ida y vuelta y sin parar. Igual escucharía en mi mente sus uñitas chocando contra el marfil de las teclas, y me llenaría de paz. También vendría Gaby, la hermana más chica y digna de mi papá. La más bonita. Con la cabeza en alto, el paso firme y la risa a punto. Sus piernitas flacas y bien bronceadas, esas con las que caminaba por la playa dando órdenes y saludando alegre, entrarían por la puerta y la llevarían hasta el dulce de piñón. Sus pestañas largas, negras negras, y sus ojos como el Caribe fueron los últimos en cerrarse para entrar en mi panteón.

Una noche antes soñé con el Chiquis, el hermano rebelde de mi papá. Se me escapaba. Me acuerdo de él bajo una palapa, con un overol de mezclilla y la barba larga, contándome acertijos que me costaba responder. ¿Qué le gusaba comer?, ¿y que comería yo si me invitaran?

Ninguno de ellos conoció esta casa, ni compartió en vida conmigo la felicidad enorme de habitarla con mi nueva familia, pero el 2 de noviembre les abrí las puertas y les di la bienvenida. Les serví dulces y botanas, platos fuertes y bebidas. Esa noche, estoy segura, entraron a mi casa y compartieron de lleno, entre risas, esas vidas que hace tiempo despedí: las vidas que desde aquí extraño y tanto celebro.~


Este texto es parte de nuestro especial Maneras de despedirse. Pueden leerlo aquí, y de paso decirle adiós a la versión impresa de HojaSanta.