Comida y cine. Tomo 6

Comida y cine. Tomo 6

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 Netflix and chill.

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El cine y la comida llevan un coito ininterrumpido desde que los Lumière y Edison construyeron las primeras cámaras (Le Repas de bébé es de 1895). También en nuestra vida la relación entre el cine y la comida comienza muy temprano. Daniel Krauze, en Cómo el cine endulzó mi vida, abre un baúl memorioso y explora esa relación infantil, glotona, cinéfila y filial. Daniel habla desde la nostalgia sobre un tiempo en que se tejen lazos imposibles de desatar. Para él, ese tiempo sucedió hacia 1990. Justo en ese año un crítico, Leonardo García Tsao, estaba en el pico de su propio sarcasmo. Recuperamos un texto suyo escrito entonces, Los que comen pistaches en el cine, donde hace pedazos la comida con que los cines nos torturaban cuando empezaba la década de los noventa. Su texto es un antídoto contra la nostalgia. Y si el cine nos tortura con palomitas horribles, el colombófago Pablo Duarte propone una solución ermitaña y temeraria a la vez. La encontrarán en su Elogio de las palomitas.

La comida en el cine tiene muchas funciones: enlazar, familiarizar, distinguir. El crítico Luis Reséndiz desmenuza esas cualidades en un contexto apasionante: el cine criminal hollywoodense. Su texto, American way of eating, podría y tal vez debería desembocar en un libro. La comida en el cine también funciona para separarnos, para señalar al otro. Eso lo verán en otro texto, Allá las tortas: Cine mexicano y lucha de clases, de conclusión pesimista. Comida –o apetito– y cine son inseparables en la vida formidable de Orson Welles, que en este 2015 habría cumplido cien años. Margot Castañeda examina la gula también formidable del maestro y trata de responder a esa pregunta ineludible: Orson Welles, ¿por qué estás tan gordo?

Dos piezas de este especial de comida y cine se inclinan por la lírica. La cineasta y fotógrafa Eva Villaseñor filmó un corto para nosotros: «el mundo reverdece si sonríes / comiendo una naranja», y aquí encontrarán una aproximación a ese corto en foto fija. Pocos días después de la muerte de varios amigos suyos, en 1956, Frank O’Hara salió a comer –trabajaba en el MoMA, en Nueva York– y anotó lo que veía en las calles que lo rodeaban. Esas notas terminaron en un poema, A un paso de ellos: un poema cinematográfico en más de un sentido.

Ah, y Rodrigo Rotschild compiló un útil recetario de coprofagia cinematográfica. Es para el desempance.

—A.R.