Comer con nadie, comer conmigo.

 

Yo veo comer solo como un gran triunfo. En la cárcel todos los presos comen juntos, al mismo tiempo. Las fuerzas laborales quieren que comamos en compañía. Hay el comedor de la oficina –a veces enorme, para cientos de personas, operado por una empresa sin rostro, a veces una mesa pequeña alrededor de la que se sientan cinco o seis tornillos del enorme engranaje de la vida diaria–, hay la hora de la comida –la hora en que todos en el trabajo debemos concordar que hay que comer, y que por comodidad es las dos de la tarde, no importa tu hambre o tu costumbre–, hay la idea de que alrededor de la mesa se crea una forma de comunión: hay la mesa comunal.

Yo (Alonso Ruvalcaba, que a veces escribo este newsletter) veo comer solo como un gran triunfo, como un gran no. Parado en los tacos árabes, sentado en un banco en la comida corrida en el mercado de la esquina de la chamba, en la banca de un Cielito Querido con molletes insípidos, comer solo es una declaración de independencia, un arrancarse aunque sea un ratito de la horrible máquina social y reproductiva.

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Por supuesto, no todos lo ven así. Qué bueno. Consideren este ensayo de Alaíde Ventura: Lonely at the fonda yucateca. “Extraviada en la complejidad del mundo adulto –escribe Alaíde al recordar la mesa compartida–, la persona que era yo a los seis años encontró certezas en medio del caos: la confianza en que la comida tendría lugar cada día a las dos de la tarde y que siempre comería acompañada, sin importar el clima ni el estado de ánimo. La mesa del comedor fue, para mí, lo único realmente estable durante mucho tiempo.” La comida juntos, en pareja, entre amigos, entre colegas, en familia, puede ser la tabla que nos salva en el naufragio de las ilusiones. “Me gusta mucho comer en pareja –continúa Alaíde–, incluso he llegado a subir de peso de pura contentura y comodidad. Más que la comida, lo que disfruto es la dinámica: cocinar en equipo o caminar hasta llegar a un restaurante que me entusiasma. Luego, hacer sobremesa sumando postres o cervezas. Sentirme llena es casi equivalente de sentirme enamorada.” Sigan leyéndola acá.

También Mariana Ortiz ha debido resignarse a comer sola, atravesada por el frío del invierno en Santiago de Chile. Pero en ese frío y en esa soledad ha surgido una amistad que podría ser para siempre: la amistad de la sopaipilla. Esta como tostada, como empanada, como gordita, baratísima, común en las calles santiaguinas, acompañada con pebre, salsa o crema de ajo, aguacate (o palta, como dicen allá), mostaza o cátsup, es un lienzo para la pintura de la imaginación creadora. También, un abrazo contra el frío. No dejen de leer esta carta desde Chile; les va a gustar.

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(Por cierto, si quieren hacerse una salsa pebre vayan acá. La receta es del maestro Peter Meehan, que considera la pebre entre los más altos picos del mundo.)

No todo es estar en soledad esta semana en HojaSanta, claro. Tenemos, por ejemplo, esta receta de palomitas al curry, que es básicamente una historia de poliamor. Este risotto con erizo, que es para dos seres humanos sentados uno frente al otro. Este coctel, que celebra el trópico y requiere que al menos dos personas alcen su vaso y lo choquen en el aire. También tenemos una curiosa iniciativa bicicletera para mejorar el mundo. (Si alguien quiere que el mundo no se acabe, entonces el otro existe; si el otro existe, la mesa puede compartirse.)

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Ahora, mesa para uno, por favor.~