Cartas desde Chile: Un abrazo contra el frío

 

por Mariana Ortiz

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Sopaipilla: pedazo redondo y frito de calabaza dulce con harina que se sirve recién salido del aceite. Se acompaña con salsa pebre (gente asegura que la pebre es un tipo de pico de gallo chileno; la que acompaña a esta fritura es un tanto diferente: se compone de tomate, cebolla, ají, cilantro, aceite de oliva y sal, su textura aunque es más caldosa también se siente más espesa. Al verla y probarla, pienso mucho en la salsa roja que hay en los puestos de barbacoa en el DF aunque con trozos distinguibles de cebolla y de hojitas de cilantro; además, aunque lo intente demasiado la pebre no pica, al menos no como cualquier salsa que se respete en México), salsa o crema de ajo, aguacate (o palta, como dicen acá), mostaza y en ocasiones cátsup.

Llegué a Santiago con la esperanzada idea de que el invierno a) no estaría tan fuerte y b) ya estaría por irse. Solo acerté en el segundo inciso y es lamentable. Después del 18 de septiembre, me informan, la primavera inunda las calles de esta ciudad y el sol es tal que nadie, ni un alma, quiere salir a caminar. Muy a mi pesar, no creo que eso vaya a pasar pronto. La cosa con el frío de esta calaña en Santiago es que viene acompañado de días sin sol y a menudo el sol es un determinante para quienes somos tristes por naturaleza. Cuando tengo este frío en México me basta con un abrazo de gente que ya sabe cómo repararme. Pero aquí en Santiago ¿cómo le hago? 

Tengo que aceptar que este aire helado me cala: me duele, me paraliza. Mis pulmones se llenan de un oxígeno tan frío que hace casi imposible respirar. He pasado la mayoría de mis tardes caminando –deambulando más bien– por calles a las que llegan pedazos de sol como lucecitas que dan calor. Calles limpísimas, con árboles gigantes llamados plátanos orientales que adornan la ciudad de verde, con jardines como el O’Higgins que fácilmente puede ser un Chapultepec en Santiago o el Bicentenario (a mí me hace pensar en Santa Fe y su Parque La Mexicana), con edificios como el Sky Costanera, moderno a lo gringo y presumible, o los antiguos residenciales que siento como un suburbio europeo. Colonialismo a la chilena. Estoy consciente de que el sur es así: intermitente, misterioso, dicotómico. Voy acostumbrándome.

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Lo que distingue a Santiago de la ciudad de México es su caos relativo. Se vive en paz aquí. No los he contado pero parece no haber muchos autos. El ruido es casi nulo y el transporte público está o parece estar mejor organizado. En las estaciones del metro, por ejemplo, hay pantallas que anuncian la hora a la que los trenes van a llegan. (Me informan que ya hay esos cronómetros en el DF. Justo cuando no estoy. Gracias por nada, Claudia Sheinbaum.) Por curiosidad y tal vez un poco de aburrimiento, un día conté los minutos reales contra los anunciados. La pantalla anuncia: tren arriba en 01 minuto. Veo mi reloj: 10:05. Espero. Llega el tren. Vuelvo a mirar mi reloj: 10:06. Es momento de partir.

Y esto también: hay muy pocos vendedores ambulantes y músicos de ocasión (?) dentro de cualquier modo de transporte, lo que ciertamente agrega un tono medio amargo al trayecto. (Aunque, para la derecha, un vendedor ambulante son muchos vendedores ambulantes. La derecha no ve soluciones: ve problemas.) De lo que se llega a encontrar en los puestos de revistas y periódicos, que tienden a ser como casitas redondas, pueden rescatarse algunas barras de chocolates: Super8, Sapito o Inkat. Son buenos, como cualquier dulce en cualquier ciudad del mundo, pero nada extraordinario.

Tal vez fue mi urgencia por encontrar algún parecido con las frituras de la ciudad de México me hizo un día ir al Mercado Central, una especie de central de abastos santiaguina. Fue el día más frío desde que llegué e ingenuamente decidí salir de casa sin mi bufanda enorme y una de las dos únicas chamarras que traje a este viaje. Grave error. Abandonad toda esperanza, vos que entráis. Ese día supe lo que era tener frío.

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Y entonces sucedió: un carrito tan pequeño como los que hay por las noches en el centro de Coyoacán con elotes y esquites, con la diferencia de que la gente de Santiago se acercaba a él con la ilusión paralela de calentarse un poco las manos. Mis manos adquirían distintos pantones de morado, cada vez más alarmantes, así que me acerqué para evitar que se me rompiera y desprendiera un dedo. 

La fritura que llamó mi atención no parecía estar sumergida en un viejo aceite tipo chilango. Al contrario, su apariencia era la de un buñuelo café clarito, un frito perfecto sin aquellos pequeños puntos negros, quemados, delatores; solo el borde alcanzaba ese color más obscuro que indica que algo es deliciosamente crujiente. También era frágil pero firme al tacto, no se desbarataba a la mínima provocación y aguantaba casi cualquier cosa que le pusieran encima. No estaba hirviendo y tampoco estaba tan fría considerando que el viento a su alrededor amenazaba congelar todo lo que se cruzara en su paso. Era resistente, como yo.

Me tardé por lo menos cinco minutos en entender el nombre chileno: sopaipilla. So-pai-pi-lla, me seguían diciendo los señores que atendían el carrito mientras me contaban que llevaban veinte años poniéndose justo a la entrada del mercado, casi diario pero sin falta los días como éste: helados, nublados, tristes. Ellos se encargan, me dijeron, de mejorar mañanas como ésta. Y sí. Mientras estuve paralizada frente a su carrito, llegaron al menos diez personas en su rush mañanero a pedir sopaipillas para llevar, para comer ahí, con todo, solas. No hablé más que para pedir la siguiente. 

El espectáculo era maravilloso.

Quizá lo más interesante es el precio de las frituras: en pesos chilenos va de 100 a 200, que traducidos a pesos mexicanos son de 2 a 5. Ajá. Pesos. Mexicanos. Y considerando el sabor y el tamaño de la sopaipilla, no solo es increíble su existencia sino que puede argumentarse que esto es la verdadera democracia. Si no recuerdo mal mis clases de ciencia política, Aristóteles dijo alguna vez que la democracia era la mejor forma de constitución dado su origen en la voluntad del pueblo. Hay algo en lo que todas debemos estar de acuerdo: pagar cinco pesos por un desayuno como la sopaipilla es, debería ser, la única voluntad de este pueblo.

En medio del frío me incliné a probar no solo una o dos sino tres sopaipillas (¡triunfé al repetir su nombre!) con todo lo que había disponible: salsa pebre, de ajo, aguacate, mostaza, sin cátsup porque ya se había acabado. También pedí un par para llevar y descubrir qué podía echarles en casa. Tal vez un poco de dulce de leche o chocolate líquido. Con mis sopaipillas en la cocina me sentí como pintora frente a un lienzo en blanco. Así son las soluciones infinitas.

Finalmente, tuve que inventarme el abrazo que me llenaría el corazón y el estómago, el que no me hiciera querer regresar corriendo a México. Un abrazo que se sintiera como si mi mamá, mi abuela o mi novio estuvieran aquí conmigo, como si ésta fuera mi ciudad y ésta mi vida cotidiana. Quizá este abrazo no lo sea realmente. Quizá trato de engañar a la mente porque la sopaipilla sabe muy bien o porque sostenerla en la mano me acerca un poco al hogar. Quizá. Lo cierto es que hace un momento tenía frío. Y ahora, después de comerla, ya no.~