Quentin’s Diner

 

por Luis Reséndiz

 
tarantino diner pulp fiction
 

Se sabe: uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la comida. Y aunque solemos ponerle diferentes nombres –sazón, sabor de hogar, toque de mamá, “magia”–, en realidad de lo que hablamos siempre o casi siempre es de estilo. Uno vuelve a un sitio y no a otro porque le gusta la comida de ese sitio y no del otro, y las razones por las que esa comida le gusta, aunque pueden ser también psicológicas y/o ambientales, suelen ser de sabor, y el sabor, aunque también está sujeto a las variaciones de los ingredientes, suele ser una cuestión de estilo, de decisiones que se toman en una dirección o en otra.

Pasa lo mismo con el cine. Alguien vuelve a las películas o a los directores o a los actores por distintas razones –porque te recuerdan las tardes de domingo y carne asada con tu padre, que veía Duro de matar con una Modelo escarchada de sal a un lado y un cuenco de cacahuates al otro, o porque a tu madre le encantaba Andy García y ahora que ya no está te reconforta recordarla volviendo a ver Cuando un hombre ama a una mujer–, pero de forma general, suele hacerlo por razones de estilo: porque le gustan las imprevisibles formas de los monstruos de Guillermo del Toro, o porque encuentra un significado cifrado en las largas tomas de Tarkovski, o porque le parece que la esencia del absurdo humano se encarna de forma inmejorable en las películas de Adam Sandler.

Prolongando la analogía entre cine y comida, podríamos decir que no es imposible intentar una traducción –dados los enormes puntos de coincidencia entre una y otro– de película a platillo. Si cada cineasta elige y selecciona los elementos de su trabajo con la misma premeditación –y con la misma mezcla de imprevistos– que un cocinero, entonces no puede ser tan difícil. Y dado que este fin de semana se estrenó por fin Érase una vez en Hollywood en los cines mexicanos, creo que es una buena ocasión para intentarlo: si las películas de Quentin Tarantino, excesivas y saturadas y verbosas como son, despertaran una mañana después de un sueño intranquilo y se encontraran en su cama convertidas en comida, ¿cuál sería esa comida?

 
tarantino diner reservoir dogs
 

Si comenzáramos donde Tarantino comenzó –es decir, con Perros de reserva/Reservoir dogs– habríamos de comenzar reconociendo la enorme diferencia de presupuesto que hay entre el Tarantino de 1992 y el de 2019. El de aquellos años filmó Perros de reserva con un millón doscientos mil dólares en el bolsillo; el de este año dispuso de casi cien millones de dólares para filmar Érase una vez en Hollywood/Once upon a time… In Hollywood. El dinero de los noventa, eso sí, rendía más que el de los dosmildieces: con un millón y cachito de entonces te conseguías a Harvey Keitel, Michael Madsen, Steve Buscemi, Tim Roth y hasta un hermano Penn para aparecer en tu película, pero eso no impide que Reservoir Dogs sea una película, dentro de lo que cabe, escueta, prácticamente sin grasa. Reservoir dogs es relativamente breve –hora y treinta y cinco minutos de creciente tensión–, sin grandes setpieces ni enormes decorados que exigen ser recorridos por la cámara. Si fuera un plato, Reservoir Dogs sería un filete a la inglesa acompañado de un vaso de agua.

Para cuando llegamos a Tiempos violentos/Pulp Fiction, dos años después de Perros de reserva, Tarantino ya contaba con más presupuesto y mayores ingredientes a su disposición. Armado de actores de amplia resonancia –Travolta, Thurman, Willis–, de restaurantes temáticos, largas secuencias en vehículos, choques filmados desde distintos puntos, Tarantino entregaría una película con más grasita y jugo y sabor. Si fuera una comida, Pulp Fiction sería una royale con queso.

En 1997 Quentin Tarantino estrenó Jackie Brown, una película sorprendentemente menos atascada que Pulp Fiction. Digo sorprendentemente porque rara vez Tarantino le ha bajado el volumen a sus ambiciones con sus siguientes películas. Progresivamente, el director se pone retos más grandes: ambientación, montaje, reparto. En Jackie Brown, sin embargo, Tarantino no se vio más ambicioso que en Pulp Fiction, sino más conciso, otra cosa que rara vez se ve en su cine. No solo eso: aunque con cuotas de violencia notables, Jackie Brown es una cinta con una dulzura también inusual en el director –la elección de Pam Grier como protagonista es una seña de esa dulzura–. Si fuera ingerible, Jackie Brown sería un desarmador, con un equilibrio preciso entre el chupe y el juguito de naranja.

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Kill Bill Vol. 1 tiene a Uma Thurman de vuelta en el protagónico. Con Kill Bill Tarantino volvió a la senda del exceso, de la que ya no se apartó jamás: más ambientación, más homenajes, más complejidad coreográfica. Con su mezcla entre orientalismo pop e intertextualidad netamente hollywoodense, Kill Bill Vol. 1 es el equivalente cinematográfico a un wonton de P.F. Chang’s. Su hermana Kill Bill Vol. 2, que se inclina por un cariñoso remix del spaghetti western, resulta más parecida a un plato de pasta con albóndigas del Italianni’s.

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En A prueba de muerte/Death Proof Tarantino avanzó en su tendencia irrefrenable hacia lo grasoso. Death Proof, que se internaba en el horror, contiene una de las secuencias más violentas del cine de Tarantino –el choque entre Stuntman Mike y Jungle Julia y sus amigas–, fascinante y repelente, de la que por momentos es inevitable apartar la mirada, aunque uno termine volviendo a ver inevitablemente. Death Proof es excesiva y un tanto indigesta, como un plato de nachos con chili.

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En mi nada humilde opinión, Bastardos sin gloria/Inglourious Basterds es la mejor película de Quentin Tarantino. Aquí es posible ver en acción varias de las virtudes de Tarantino –el diseño de producción minucioso, arrojado, con ínfulas de grandeza; la coreografía y la precisión de un montaje complejo; el humor afilado y los diálogos cuidadosamente construidos– a un nivel de armonía que no alcanza tan a menudo como a uno le gustaría. Por su perfección casi artesanal, Inglourious Basterds es un tarro helado de cerveza alemana.

 
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Tras Bastardos, y ya de plano por el carril de alta velocidad de la reescritura histórica, Tarantino se aventó un western sureño –un “southern”, se le llamó, con poco éxito para la etiqueta– con pretensiones de justicia racial que más bien se interna en terrenos cuestionables de salvador-blanco-ismo y apropiación cultural, todo montado por si fuera poco con las pinches patas –recién había fallecido Sally Menke, la genial editora responsable del ritmo de la mayoría de las mejores películas de Tarantino, y su ausencia era notable– y atosigado por una insoportable verborrea. Por empalagosa y aguada, Django Unchained es un pastel de tres leches.

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Con cierto recato, Tarantino comenzó el camino de regreso a la dignidad en 2015 con Los ocho más odiados/The Hateful Eight. Aunque la película es tan extensa como Django –tres horas nomás–, el asunto mejora en tanto las pretensiones tarantinescas abandonan la reescritura de la esclavitud y se internan en un western nevado, territorio donde Tarantino juega de local. Por su mediano interés y efectividad regular, The Hateful Eight es una taza de café aguado.

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Llegamos, finalmente, a Érase una vez… en Hollywood/Once Upon a Time in Hollywood. Han pasado ya casi treinta años desde que aquel weirdo de tienda de video dio el salto a director de cine y se armó de una improbable y fructífera carrera. Tarantino tiene presupuesto, taquilla prácticamente garantizada, libertad creativa, un nombre que le permite contratar a los actores más famosos del mundo. Y lo ha invertido todo en una película cariñosísima, una película con la mirada perdida en las películas, una cinta que soporta que le pasen encima todos los haters del mundo. Como no podía ser de otra forma, Once Upon a Time in Hollywood es un bote de palomitas grandes con mantequilla y unas gotitas de valentina.

Y bueno, eso es todo. Pásenle a la sala. Yo recojo los platos.~