El museo de la memoria ajena

 

Esto se sabe: la comida es recuerdo en gran medida. Comer es volver a comer. Nos relacionamos con la comida desde el día uno –literal y aritméticamente el día uno–, con su abundancia o su carencia; nos relacionamos con sus olores; antes que aprender a preguntar aprendemos a probar, o mejor dicho: probar es nuestra primera manera de hacer preguntas; meternos cosas a la boca es nuestra manera de descifrar el mundo, hasta que el propio mundo nos enseña a dejar de meternos cosas a la boca. (Nunca dejamos de hacerlo del todo.) Casi todo lo que comemos adolescentes y adultos lo hemos comido ya, de una forma u otra. Por eso tantas obras –buenas o malas, da igual, de Proust a Ratatouille a L.A. Son a Always be my maybe– apelan al bocado memorioso: el bocado que suelta el chongo de la mente y la hace irse a un atrás específico o borroso. 

Esto también se sabe: una vida puede contarse en comida. La escritora Alaíde Ventura revisa su infancia en clave comestible en este texto, y la llena de detalles delicados, no todos convenientes, acaso no todos ciertos. (¿Qué importa la verdad en estos casos? Lo cierto es que todos tomamos partes de nuestra biografía –de nuestro pasado– y les damos una manita de gato, para mejorarlas, empeorarlas, darles un nuevo sabor.) Alaíde se hace una pregunta curiosa: ¿qué verá un arqueólogo del futuro cuando revise los restos de lo que fue mi casa?, ¿me conocerá mejor de lo que me conozco yo? Lean su ensayo. Respóndanse ustedes esas preguntas. 

El texto de Alaíde viene a sumarse a un pequeño corpus que hemos ido robusteciendo en HojaSanta sobre comida, infancia y memoria. Está quedando bien. Incluye El lenguaje de las guayabas de Deniss Villalobos, protagonizado por esa fruta y dos abuelas; El secreto abrazo entre dos panes de Pablo Duarte sobre ese alimento infalible: el sándwich de fiesta infantil; una memoria de las comidas a la salida de la primaria en la vieja colonia Roma Sur… Y otros más. Dense un paseo por el museo de la memoria ajena.

No todo en nuestro sitio tiene que ver con los recuerdos, claro. Hay un montón de tragos también. Consideren este mezcal punch. Existen ponches calientes y ponches fríos; ponches en los que flotan trozos de fruta –fresca o hecha pasa– o un pedazo de caña de azúcar. Existen ponches en que sopeamos pan o una galleta. Existen ponches especiados y ponches como aligerados, como volátiles. En el ponche, como en el mundo mismo, la variedad es la belleza. Este es frío, especiado, con tantito dulce y tantito ácido. Delicioso.

Tampoco todos los tragos de HojaSanta contienen alcohol. Vean estos dos, por ejemplo. Qué dicha cuando por fin nos saltamos algunas barreras que nos imponían nuestros prejuicios. Ponerle hielos al café, en casa, es una revelación que no tiene vuelta atrás. Intenten estos dos métodos sencillísimos. Pueden cambiarles la forma en que disfrutan el verano.

En fin. Paseen por HojaSanta. Cocinen si quieren, o váyanse a comer a la calle si por ahí va la cosa. (Comer en la fonda es como comer en la casa, pero más rico.) Cómprense alguito en nuestra tienda. Súmense a nuestras redes. Estamos en el museo de los recuerdos que llamamos twitter, facebook e instagram. También pueden borrarse de nuestro newsletter aquí. Si no se borran, por acá nos vemos el próximo lunes. 

¿Dijimos verano? Sí: en un frasco.~