Vasija: uso ritual, circa 1990

 

por Alaíde Ventura

Una tarde me cansé y me fui de la casa. En la mochila que llevaba a la escuela, segundo de kínder, metí algunos objetos de primera necesidad: un suéter, un conejo de peluche y tres huevos crudos que me robé de la canasta. Para ese entonces yo ya sabía que el huevo era la base de nuestra dieta. Todas las mañanas, siempre, sin falta, mi mamá nos lo servía en el desayuno.

Huevos tirados: mezclados con frijoles refritos y un poco de manteca.

Huevos revueltos: solitos, con sal.

Huevos a la veracruzana: con tomate, cebolla y ajo. En Veracruz no los llamamos a la veracruzana.

Agarré camino y llegué al lago que había en el barrio. Me senté en el pasto durante lo que yo sentí que fueron varias horas, y cuando vi que nadie me buscaba, volví a casa. Dejé los huevos en la axila de un árbol, pensando que estaba formando un nido.

En la casa nadie había notado mi ausencia. Es posible que, al leer esto, mi mamá apenas se esté enterando de aquella decisión que tomé en algún momento de 1990.

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Mi abuelita servía arroz con ajo en grandes cantidades. De principal, albóndigas con huevo o muslos de pollo al limón con mantequilla. También, agua de maracuyá. 

Mi hermano y yo nos pateábamos por debajo de la mesa y nos insultábamos con mímica. Luego abríamos la mandíbula para mostrarle al oponente el bocado a medio masticar. Mi abuelita no se daba cuenta. Ella seguía considerándonos buenos niños.

Mi hermano y yo.

Mi hermano y yo.

Ahora que lo pienso, a lo mejor sí se daba cuenta y se reía en sus adentros. Su sentido del humor, que a mí me gusta creer que he heredado, consistía en hacer pasar como común o poco gracioso algo que era a todas vistas hilarante. Actuaba de igual manera a propósito de la comida: nos ofrecía algún platillo inmejorable, manchamantel o ropavieja, y después hacía como si cualquier cosa. Se sentaba y masticaba en silencio, con los codos fuera de nuestra vista. Recibía, elegante, los halagos, sonriendo con humildad.

Manchamantel: Trozos de puerco, plátano macho y camote, en caldillo de chile ancho con especias. “¡Ala mecha! Está riquísimo, abue.”

Ropavieja: Carne de res deshebrada, sazonada con tomate, ajo y cebolla, revuelta con huevo. “¿A poco se terminaron toda la olla? ¡Ah, qué chamacos estos!”

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A veces, mi mamá nos acompañaba en la mesa a la hora de comer. Temporada de vacaciones, quizá, o aquellas épocas aciagas en las que no le asignaban suficientes clases y la falta de dinero se convertía en la principal causa de nuestro sufrimiento. 

Luego nos pedía que no olvidáramos la consigna que se había convertido ya en el lema de nuestra pequeña patria:

“No sabemos cuándo vamos a volver a comer.”

Mi mamá y su inevitable tendencia al dramatismo. No le faltaba razón, pero vista a la distancia la sentencia me parece un poco exagerada. No éramos de ese tipo de pobres, aunque pienso que sí éramos pobres. Ni tan clase media, ni tan clase baja, sino algo intermedio. Una familia de cuatro habitando una casa a medio terminar. Cortinas en donde los planos de construcción indicaban puertas. Varillas oxidadas asomadas en el techo, casi perforando el cielo encapotado de Xalapa, Veracruz. Pero eso sí: comida, educación y vestido. De eso mamá se enorgullece aún hoy.

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Un arqueólogo del futuro podría trazar una cronología del crecimiento económico de nuestro país basándose en los fechamientos de las construcciones barriales. Pienso en una casa de interés social a la que le fue añadido un piso con balcón durante la bonanza de los años setenta y la posterior fragmentación de ese segundo piso, que pasaría a ser ocupado por pequeños departamentitos para estudiantes con los que alguien buscaba completar su ingreso en el terrible año de 1994. Me divierte imaginar, a manera de ejercicio, qué habrá sucedido al interior de los muros. ¿Qué comida se sirvió en la mesa cuando se tomó la decisión de ampliar? Me inclino por pensar que fue durante la cena: tacos dorados de pollo, con salsita verde y harta crema.

Más o menos ese mismo proceso me rige al momento de aventurar conclusiones sobre mi pasado. A diferencia de los arqueólogos, que trabajan con indicios materiales, yo carezco de certezas más allá de esta memoria acomodada a conveniencia. Mi tendencia a la ficción a ratos se vuelve un problema. Yo, que tanto he luchado por ser científica, me encuentro a mí misma dudando de todo.

Mi abuela, en la casa a medio construir.

Mi abuela, en la casa a medio construir.

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Mi casa familiar contaría una historia sencilla: fuimos pobres durante algunos años, hasta que dejamos de serlo. Habitamos un bloque de paredes húmedas donde apenas si cabían nuestros objetos.

Los detalles de aquel periodo de inestabilidad financiera resultarían casi irrastreables para el arqueólogo imaginario. No existen indicios; lo único que sobrevive son recuerdos no verificables: cuatro o cinco versiones de los mismos sucesos.

Mi versión: 

La historia de aquellos años tendría que ser contada en función de la comida.

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A mamá no le gusta que mi hermano y yo digamos que “de niños éramos pobres”. Insiste en que esto es falso. Concedo a medias: no siempre fuimos pobres de dinero, pero sí de tiempo. Y aquí dejo este recuerdo: alimentos preparados exprés para dos niños en crecimiento.

“Enfrijolada”: Tortilla remojada en caldillo de frijoles de olla, con queso fresco espolvoreado. Sin pollo ni crema ni huevo ni cebolla ni aguacate. Tan solo la suma de los elementos básicos: tortilla + frijol + queso.

“Hot cake”, en singular. Bloque de pastel horneado en sartén, de un centímetro de alto y doce de diámetro. Una pieza por persona. No había tiempo de preparar tres panes, eso era un invento de la tele, lujo de niños ricos.

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El arqueólogo del futuro, pienso, se preguntaría por los acuerdos habitacionales de la casa donde crecimos: quién vivía dónde, cuántos eran y cómo se organizaban. De pronto, el entusiasmo del investigador. “Sí hay rastros”, exclama. “Las respuestas se esconden en el análisis de utensilios.”

Evidencia: tazas de barro, con residuos de leche bronca y galletas de mantequilla. Dos personas convivieron en este espacio y compartieron un alimento ligero, propio de la hora de merendar. Abuelita y yo, durante la época en la que vivimos en el mismo cuarto. Ella en la litera de abajo y yo en la de arriba. 

Al otro lado de la calle, con datación más reciente, aparecen la misma leche y las mismas galletas, solo que esta vez hay únicamente una taza, no dos. Abuelita se ha mudado, renta un departamento. Mi litera se ha convertido en cama individual.

Con la mudanza de abuelita, nuestra familia es de nuevo un triángulo. Y luego vuelve a ser un cuadrado, cuando mamá se casa por segunda vez. 

Una taza de cerámica y un plato con la leyenda: Nuestra boda, 1993. Trastes que no se utilizan para comer, solo para recordar.

Las alianzas matrimoniales actualizan los convenios de la cocina. Se incorporan préstamos de la tradición estadounidense: mi nuevo papá era gringo. El arqueólogo encontrará paveras de cerámica, cuchillo largo y trinche. Análisis preliminar del indicio: “Estos comenzaron a cenar pavo en Navidad.” Bandejas de aluminio con restos de caramelo quemado, frutas y especias: “Roles de canela o manzana para uso ceremonial los domingos.” Un asador de ladrillos y hierro: “La institucionalización de la ingesta de carne, cuando por fin cesaron las vacas flacas.”

Otro alimento exprés viene a mi mente de pronto, evocado por el aroma a químicos y sales de un expendio de carnes frías.

Taco de jamón: Rebanada de jamón enrollado, con mayonesa en el centro. Uno, solitario, o en orden de tres.

Yo creía que los tacos de jamón habían sido creación de mamá. Fue mi papá gringo quien vino a sacarme del error. “Esos tacos los inventé yo; ustedes comían demasiados sándwiches y a mí no me parecían buena idea las harinas.” Ese recuerdo nuevo se impone como una pieza incómoda. “Ok –pienso–, entonces no era por pobreza, sino por dieta…” Ya veremos qué lugar le otorgo a todo esto en mi autobiografía.

Acomodo el pasado como me conviene.

Acomodo el pasado como me conviene.

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Soy consciente de que acomodo el pasado como mejor me conviene, aunque a veces un olor familiar, embutido animal de bajo costo, logre descolocarme. Si yo fallo en la interpretación de mi propia historia, no imagino cuántos errores cometerá el arqueólogo del futuro. ¿Qué pensará del nido que, según yo, fundé en el árbol, aquella tarde junto al lago? ¿Qué de nuestros platos de barro, de las varillas asomadas en el techo de mi casa?

Tal vez me guste más la versión que él elabore, y yo la adopte para presentarme como una persona nueva. A veces quisiera reinterpretarlo todo, desde cero, para ver qué queda de mí como esencia. Un aroma: el ajo frito. Un sabor: el chipotle de las albóndigas que me preparó alguien que me amaba.

La historia podría contarse de mil maneras, a partir de cualquiera de sus elementos. A mí me gusta recurrir a los platillos de mi infancia porque con ellos he construido máximas infalseables. Yo no quiero comprobar nada: quiero sobrevivir. La comida me alimenta dos veces. La panza, primero; el recuerdo, después. Mastico las mismas anécdotas interminablemente, y en grandes cantidades. 

No sabemos cuándo vamos a volver a comer ni cómo dejar de recordar.~