Algunas cosas inútiles que me enseñó mi papá

 

por Mariana Ortiz

Domingo, nueve de la mañana. Cualquiera pensaría: qué joda despertar tan temprano el día que, según las antiguas escrituras, se hizo para descansar; qué falta de respeto y de todo. Yo sé que lo es. Tener que despertar temprano en domingo es un crimen. Sin embargo, también creo que hay pequeños detalles minúsculos, casi imperceptibles por los que vale la pena abrir los ojos tan temprano.

El que sigue es uno de ellos.

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía nueve o diez años. Nunca me preocupó demasiado porque, entonces como ahora, era normal escuchar de matrimonios fracasados. No tenía nada de especial, aunque yo sabía que mi mamá y mi papá se odiaban tanto como para conseguir un par de abogados, argumentar frente a un juez quién merecía más quedarse con sus hijos y no volver a hablarse nunca pero nunca más. (Fun story: el abogado de mi papá se volvió amigo de la familia luego de este particular caso. Siempre tenía una botella de whisky en su camioneta, por si le agarraba La Sed, supongo. Gran señor.) Contra todo pronóstico, mi papá ganó nuestra custodia –mía y de mi hermano–, así que nos llevó a vivir con él, y con él viví hasta que cumplí los veinte y me largué.

 
Esta foto apareció en ‘La Rebel: 20 años de pasión y locura’, en Vice Sports

Esta foto apareció en ‘La Rebel: 20 años de pasión y locura’, en Vice Sports

 

Si algo le reconozco a papá es su gran, gran capacidad para enseñarle a cualquiera a admirar lo que a él le parece admirable. Ejemplos: a mí me heredó la música de Pink Floyd, los tacos de barbacoa del mercado 24 de Agosto en la Narvarte (que, en serio, son realmente los mejores tacos de barbacoa del DF) y el amor de los pinches Pumas. Con él nunca existió la diferencia absurda entre cosas de niños y cosas de niñas. De todo lo que me enseñó, lo más curioso ha sido apoyar a un equipo de futbol cuyas decepciones son mayores que las de un fuckboy promedio y cuyas alegrías se parecen a esa vez en que te sale doble refresco en la maquinita luego de haber pagado solo uno. Con el tiempo entendí que amar a los Pumas no era eso nada más, sino que había algo extraordinario en el ritual de ir a Ciudad Universitaria cada semana, acompañar a La Rebel en su marcha-carnaval por el Pedregal (lo digo con todo el dolor y toda la sinceridad que mi corazón puede expresar: junto con la del América, La Rebel es la peor afición de México) y sentir cómo la garganta se va acabando con cada cómo no te voy a querer.

Son las nueve de la mañana de un domingo cualquiera. Papá anuncia a los cuatro vientos que es hora de despertarse. “Qué chingados hago despierta a esta hora”, pensé alguna que otra vez, pero órdenes son órdenes. Vivíamos seis personas (mi papá, su novia, mis hermanos) en un departamentito de tres habitaciones en la Narvarte, nos peléabamos a morir pero nos bañábamos, vestíamos y agarrábamos el coche: un Seat Ibiza bien bonito donde cabíamos apenitas.

Tomamos eje 5 hasta Insurgentes, y de ahí todo derecho al sur hasta El Recinto frente a la rectoría de la UNAM. Son casi las doce. Nos formamos para entrar, nos revisan, rompen el boleto y pasamos a buscar los asientos. Mi papá compra cervezas para él y su novia, y me deja darle un sorbo una sola vez (pero qué asco: cerveza caliente). Estamos dentro del Estadio Olímpico Universitario, el sol de mediodía nos da en la cara y no importa, nada importa, porque Bruno Marioni acaba de meter un pinche golazo y los vasos con cerveza vuelan, la gente a mi lado se abraza. La locura revienta cuando La Rebel entona esta barra no te deja de apoyar, yo te sigo a todas partes a donde vas, cada día te quiero más. Papá me mira emocionado. Esto es 2004, esto es CU y éstos son los Pumas. Éste es el mejor equipo del país y seguramente del planeta.

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Cuando cumplí 22 años yo ya no vivía con mi papá y la tradición de despertar temprano los domingos se había esfumado junto con todas las demás. Nuestra relación se fue deteriorando poco a poco aunque, por muy superficial que fuera, no pasaba un solo partido sin que comentáramos el resultado. De la misma forma que nos sucedió a papá y a mí, los Pumas perdieron una a una las oportunidades de volver a coronarse campeones.

Y ahora que los eliminaron –no importa cuándo leas esto–, mi papá y yo ya no tenemos nada de qué hablar. 

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La verdadera diversión de ir a los partidos a CU se inauguró cuando ya tenía yo edad suficiente para chingarme unas chelas antes de entrar al estadio, y otras más durante el partido. A mi papá lo sustituyó un amigo de la secundaria, a quien volví a ver cuando entramos a la misma universidad; él, como yo, era puma desde la cuna.

 
foto: Mariana Ortiz

foto: Mariana Ortiz

 

El ritual ascendió a otro nivel.

El nuevo protocolo infalible de los domingos de CU era despertar (con o sin cruda, en casa propia o ajena), ponerse la playera de los Pumas y salir rumbo al estadio. Primero: desayunar al menos dos tacos de canasta sabor a gloria de los que venden afuera de la entrada que da al palomar del estadio. Es lo que hace la gente responsable. Segundo: ya en nuestros lugares, en chinga encontrar al vendedor de las cervezas más frías del Oeste y contar dos por persona para el primer tiempo y una para el segundo. (Información que cura para quienes nunca hayan ido: dejan de vender alcohol después de los quince minutos del segundo tiempo.) Tercero: tomarse las chelas lo más rápido posible para aprovechar esa temperatura refrescante que no dura nada. 

Mi papá lo hubiera aprobado, creo.

Debido a la cantidad de partidos en los que el equipo fue demostrando su mediocridad, concluimos que era mejor comenzar a chelear desde temprano para aguantar la derrota que sabíamos invariablemente estaba por llegar. No había forma de soportar la pérdida sin un poco de alcohol. Nos asegurábamos de llegar a las 11, desayunar sus taquitos de papa con su salsita verde y buscar esas chelas en lata que me parecen el mejor invento de la humanidad. (Larga vida a la chela enlatada y a la fiesta que Diego y yo armamos cada domingo en la entrada del estadio junto con las vendedoras ambulantes, esas heroínas. Salud por la pedita ligera.)

Entre pérdidas y humillaciones futboleras, el sabor amargo de la cerveza parecía durar más de lo debido. El regreso a casa era lo más difícil pues el verdadero domingo de bajón anunciaba su comienzo y la tarde podía transcurrir entre una comida familiar sin chiste (de esas en las que el abuelo prepara la carne asada en el jardín, la abuela las quesadillas en la cocina y los hijos pasan al Oxxo por las mismas cosas para beber de la semana pasada y la antepasada) y una soledad tormentosa. Una persona como yo afrontaba la pesadez de darse cuenta que el lunes se venía encima, a 60 minutos por hora, aguantándose las ganas de tirarse a llorar. 

Pero un día, saliendo del estadio más temprano de lo habitual (porque qué necesidad de seguir viendo cómo Toluca nos metía uno, dos, tres goles; la dignidad es primero), me encontré con una joya, un tesoro, un milagro –mínimo pero poderoso– que le he revelado a poquitas personas. Hasta ahora.

La camioneta de las cubas, le llaman. En realidad no es una camioneta sino un Beetle color azul al que ya se le notan los kilómetros, con la cajuela llena de neveras, hielos y tragos chingones: hay whisky, vodka y tequila. Y la maravilla que sorprende a todos los que tratamos de que nos hagan caso: cubas a treinta y cinco pesos. Ésta es una gran cuba. Para empezar, porque se prepara con el sabor de la esperanza (“ya será pa la otra –me dice el cantinero, un mirrey de más o menos treinta años que seguro tuvo la visión de vender cubas en la cajuela de su coche en cualquier Barezzito de los que abundan por el Pedregal–, este equipo es increíble, vas a ver”); para continuar, porque es una mezcla perfecta entre Bacardí, hielo y coca-cola (no emborracha sino que conecta suavecito); para terminar, porque se siente como un abrazo cuando tienes ganas de mandar el mundo a la chingada (y eso que a mí casi no me gusta la cuba). Desde que la conocí, es una parada obligatoria después del partido, hayamos ganado o no. 

Pero casi nunca ganamos.

 
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Domingo, nueve de la mañana. A veces me dan ganas de correr al cuarto de mi papá y despertarlo diciéndole “pa, encontré algo bien cabrón”. Llevarlo entonces a la camioneta de las cubas. Ver cómo sale La Rebel junto con un montón de aficionados, como él y como yo, portando banderas y playeras de los Pumas, festejando esa victoria con una cuba en la mano. Pensar: éste es el mejor día de mi vida, como lo hacía cada domingo cuando tenía diez años. 

Pero qué se le hace. Los Pumas no han vuelto a ganar nada, papá no vive aquí conmigo –¿qué andarás haciendo, papá, estás viendo el partido?– y la camioneta de las cubas no se ha vuelto a poner en ese estadio que ha permanecido cerrado temporada tras temporada. Repetir otro dos mil cuatro de bicampeonato es imposible, tan imposible como volver a ese 1-0 contra Alemania el día en que fuimos la primera potencia mundial, el mejor maldito país del mundo. 

Si hiciera una lista de todas las cosas inútiles que me enseñó mi papá, despertar a las nueve de la mañana en domingo seguro que quedaba entre las primeras.~