En el paraíso hay un jardín de mangos

 
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Llega la primavera y, además de jacarandas, la ciudad se enjoya de mangos. Amarillos sol, los mangos son la iluminación natural de la ciudad. Una esquina con un carrito de mangos –mangos en paleta cortados diagonalmente como a pequeños machetazos, mangos en vasito cortados en cubos dulcísimos– es una esquina de luminaria autosustentable. El mango es la fruta más brillante, más dulce, más feliz de este jardín. (Hay un mango que se llama mango niño; cabe en la palma de la mano y, sorprendentemente, es todavía más feliz.) El mango es la cancelación del debate “¿una fruta es un postre?”: el mango así solito es el mejor de los postres. La pulpa del mango en primavera es suave como una mantequilla apenas fría. Hay pocas cosas más divertidas, más genuinamente divertidas, que morder un mango dulce y dejar que el jugo de su pulpa nos escurra por la barbilla. A un niño manchado de mango se le perdona casi todo. Si una persona que queremos mucho muerde un mango, y lo disfruta, esa persona es inocente y nuestra amistad nunca terminará. Es sabido que en el paraíso hay, forzosamente, un huerto de mangos. Dicho de otra manera: si en el paraíso no hay un huerto de mangos, entonces no existe el paraíso o ese paraíso es un falso paraíso

Para celebrar la llegada de los mangos, heraldos de la primavera, Luis Reséndiz exploró los carritos, carretas, puestos de mangos en la nueva entrega de su columna #UnaOrdenconTodo. Como siempre pasa cuando hablamos de mangos, Luis se deja llevar por la melodiosa dulzura de la fruta, se pierde en su pulpa diminutiva: “Las carretas de manguitos colonizan la ciudad mientras el sol se eleva y la temperatura amenaza con deshidratarnos. En medio de ese asfixiante calor húmedo, pocos podemos resistir a la tentación de comprar un vasito de fresquísima fruta –qué fresca es la pulpa del mango, como un meneo, uno tan solo, en una hamaca frente a la playa–, y sin embargo, pocos también somos los que podemos evitar pedirle al frutero que lo bañe un poquito más con miguelito, que le deje caer nomás otro chorrito de chamoy nomás tantito ándale eso mero tú sí sabes.” Sigan leyéndolo acá.

El puesto de mangos es parte indisociable del paisaje escolar al final de clases. Está ahí, amarillo como el día, junto al puesto de chicharrones, junto al puesto de congeladas, junto al carrito de mandado de BonIce, al puesto de palomitas con Valentina o Botanera, al puesto de plátanos fritos (ese sobre todo en las escuelas vespertinas), al puesto de cueritos, al puesto de raspados, al puesto de tamarindos y cazuelitas, al de salchipulpos y papas fritas. ¿Qué comen los morritos a las 12:45 de la tarde, bajo el sol imposible de la ciudad, bajo el sol color mango de la ciudad? Lean aquí

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En fin, démosle la bienvenida a la temporada de mangos. Háganse una paleta congelada de mango con jugo de naranja y chilito. O un helado de pimienta blanca y cúbranlo con cubos de mango. O escarben en nuestro archivo y denle una leída a ‘Paleta Nation’, un ensayo de Sally Wilson sobre esta golosina/postre/aperitivo; pueden leerlo en español o en inglés, según su gusto. Si les dan ganas, súmense a nuestras redes. Estamos en las que están todas las frutas buenas: twitter, facebook e instagram. También, si quieren, pueden borrarse de nuestra lista. Nos dará tristeza decirles adiós, pero qué se le hace. Si se quedan, acá estaremos la próxima semana. 

Por ahora, les deseamos y nos deseamos a nosotros también que, después del último día, abramos los ojos y estemos todos en un jardín de mangos.~