#UnaOrdenconTodo: Los heraldos de la primavera

 

Uno sabe que la primavera empieza porque las calles –y las cuentas de Instagram de los habitantes de esas calles– de la ciudad de México y zonas aledañas se llenan de jacarandas. La primavera llena de estallidos púrpura las copas de los árboles y todos caemos redonditos: las contemplamos, embobados, las fotografiamos, nos sorprendemos con ellas de idéntica forma cada año. Las estaciones meteorológicas detonan milagros sencillos y cíclicos que, no obstante su repetición desde tiempos inmemoriales, continúan maravillándonos.

Y junto a las jacarandas y las alergias, el equinoccio del 21 de marzo trae consigo a otro feliz heraldo, otro estallido de color que salpica el gris asfalto incandescente de las ciudades en primavera: los carritos de mangos.

© Ted McGrath

© Ted McGrath

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No creo mucho en las nacionalidades. Me esfuerzo siempre en recordar su condición artificial: irrenunciable, sí, pero también impuesta. No obstante, de pronto me resulta difícil negar sus repercusiones: pocas cosas me parecen tan mexicanas, por ejemplo, como echarle limón y chile a prácticamente cualquier cosa que uno planee llevarse a la boca. El mexicano es un comensal que añora la intensidad. Nada le sabe si no le coloca un acento. Esto no es ficción y lo sabe cualquiera que viva entre el Bravo y el Suchiate: la mexicanidad exige el picante como requisito para sellarnos el pasaporte.

Los manguitos primaverales son prueba irrefutable de esto. Aparecen en las calles de la ciudad, montados en carretillas de construcción, en carritos del súper, en cubículos rodantes con vidrios y en carretas de madera forradas con lonas multicolores, dorados y ambarinos como el recuerdo de un atardecer, pero no van solos. Los acompaña un rojo feroz, también crepuscular, que los baña generosamente como si fuera una bendición. Es picante, por supuesto: desde el pulverizado miguelito, sazonador dulce y picosón a la vez que acompaña al mexicano desde la niñez hasta la tumba, hasta el líquido chamoy, que los vendedores desparraman con soltura apenas uno les dice “pero con más chamoy, mano, no seas”.

Las carretas de manguitos colonizan la ciudad mientras el sol se eleva y la temperatura amenaza con deshidratarnos. En medio de ese asfixiante calor húmedo, pocos podemos resistir a la tentación de comprar un vasito de fresquísima fruta –qué fresca es la pulpa del mango, como un meneo, uno tan solo, en una hamaca frente a la playa–, y sin embargo, pocos también somos los que podemos evitar pedirle al frutero que lo bañe un poquito más con miguelito, que le deje caer nomás otro chorrito de chamoy nomás tantito ándale eso mero tú sí sabes. Es casi como si la mexicanidad te exigiera no separarte mucho del piso, no perderte demasiado en la evasión, no sumergirte para siempre en el fresco y ensoñador jugo del mango. El picante te saca del ensueño, te mantiene alerta. Y eso es algo que se necesita para sobrevivir a México.

O eso diría yo si me atreviera a creer en las nacionalidades.

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Tengo una teoría: los vasitos de mangos con chamoy son uno de los más notables antepasados del pumpkin latte. Ya sé, ya sé, pero permítanme explicarme.

Le pregunté a Carlos, vendedor de mango poblano (lo encontré cerca de la pirámide de Cholula, aunque es probable que se mueva por toda la ciudad con libertad), a qué se dedicaba cuando no era temporada de mangos. Me intrigaba genuina e ingenuamente: pensaba que los vendedores de mangos eran agricultores o habitantes de zonas rurales aledañas vendiendo el producto de sus poblaciones. Me equivocaba: Carlos me informa que la mayoría de ellos son fruteros que simplemente se dedican durante la estación a vender un único y redituable producto de temporada, el mango enchilado. “Se vende más que cualquier otra fruta”, me cuenta.

Así, cada que la temporada comienza, Carlos abandona su venta de fruta tradicional –cocteles de fruta: sandía, piña, melón, papaya– y se lanza a la central de abastos para comprar diez o quince cajas de mango que después guardará en su casa. Todos los días, por la mañana, Carlos se levanta a escoger el mango más maduro de todo el que tiene disponible para la venta del día. Después, prepara una parte del mango –la que llevará en vasitos de fruta ya troceada y enchilada– y acomoda el resto en el carrito. Ya lo irá pelando y troceando conforme el ritmo de la jornada se lo exija.

Carlos ocupa alrededor de caja y media de mango cada día. Son alrededor de cincuenta kilogramos de mangos diarios, según me dice. La venta es tal que alcanza para dedicarse exclusivamente a ese producto durante varios meses. Cada cinco o seis días, cuando Carlos finalmente fatiga las diez o quince cajas de mango que compró, el frutero vuelve a la central para reabastecerse de materia prima. El ciclo del mango enchilado vuelve a echarse a andar de nuevo: así, hasta que se acaba la temporada y la demanda de los cocteles de frutas varias asciende otra vez hasta posicionarse como el producto principal.

Vaya: un poco como el pumpkin latte, nomás que infinitamente más refrescante. El sol de la estrategia comercial sale para todos.

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Y ahí van las carretas de mangos: forradas en lonas de los mismos colores del mango sumergido en chamoy, decoradas a veces con santos o vírgenes, coronadas por el halo flamígero de los manguitos enchilados. Y ahí vamos nosotros: los que surcamos las calles de la ciudad, ahogados en el asfixiante vapor que se levanta del asfalto como un demonio o una maldición; los que, ya en las últimas y con el bochorno primaveral ya metiéndose en nuestras narices, alcanzamos a pedir un vasito de mango, conocedores de la incomparable frescura de aquel frondoso fruto.

Y ahí vamos ambos: el vendedor que apenas se detiene para preguntar “¿Con chile, joven?” y nosotros que, con los gajos de calor todavía desprendiéndosenos del cuello, apenas nos detenemos para responder “Porfa, mano”.

Es primavera, a fin de cuentas.~


#UnaOrdenconTodo es la columna en que Luis Reséndiz, autor de Insular (2015) y Cinécdoque (2017/2019), explora la comida de las calles –la comida en movimiento– con una mirada afilada. Pueden seguirla aquí.