12:45PM. ¿Qué comen esos niños?

 

Éste es un fragmento de 24 horas de comida en la ciudad de México (Editorial Planeta, 2018). Compren un ejemplar aquí.

por Alonso Ruvalcaba; foto: Andrea Tejeda

Los niños están comiendo en las escuelas o afuerita de ellas. Bruno, que ya va a cumplir once años, se ha alzado en una huelga contra la Güera, vendedora de comida en su liceo. “La comida es aquerosa y carísima”, dice. Ese niño podría y tal vez debería llegar a ser presidente. A veces, pero sólo a veces, le compra palomitas. Astutamente, puestos han sido colocados enfrente de las secundarias. Nunca un niño salió de clases sin hambre. (Que sus padres le permitan comer o no antes de llegar a casa es otra cosa.) En primavera hay una carreta de mangos en paleta o en vaso: dulzura a prueba de caries, acidez a prueba de dulzuras. Hay un carrito de papas con Valentina y limón. ¿Cómo se siente el limón a los costados de la lengua? ¿Cómo jala el jugo de limón los cachetes para adentro? ¿Recuerdan? La papa frita, lasca de papa, es apenas un vehículo para el jugo de limón. El jugo de limón es la actriz secundaria que, en una escena inolvidable, se roba el papel principal. ¿Recuerdan?

carritos de frutas ciudad de mexico

Dentro de la escuela los maestros prevenían que comer demasiado e irse a jugar a recreo podía causar asfixia. Qué cosa más rara. En la cooperativa había o hay Frutsi, Boing (antes, en forma de pirámide; va desapareciendo), Pau Pau. El Frutsi se abría mordiendo una tangente de la base. Algunos niños llevan sincronizadas, que son dos tortillas de harina de trigo entre las cuales hay queso y jamón. En los noventa, otros niños llevaban Peperami, una como salchicha de carne seca. Otros, hoy mismo, salchichitas con limón y Valentina; otros, sándwiches de mermelada. “Otra vez el pan blanco Bimbo era el protagonista, la mantequilla o margarina –cuando ilusamente se creía que era más sana que la mantequilla por ser vegetal– y mermelada de fresa —sí, tampoco había diversidad de sabores”, dice un escritor en sus memorias. Llevan sanwichitos de jamón y queso amarillo (Bruno, con mostaza; Mateo, sin), parecidos al sándwich de fiesta infantil, pero más escuetos aún. Sanwichitos de chatchicha o salchichas con catsun. Buebito con catsun llevan también. Mírenlos. Llevan jícamas, zanahorias, pepinos con miguelito. Llevan galletas marías con nutella o atún con elotitos. Llevan mandarinas o manzanas. Llevan pretzels con forma de pescados. Llevan lechitas Santa Clara de vainilla o chocolate. Sonríen mientras se las toman a través de un popote flaquito flaquito. Esos niños estarán bien. Crecerán sanos y fuertes, vigorosos guerreros prehispánicos incapaces de ganarle a Alemania en cuartos de final.

Jorge, un chef que hoy tiene un restaurante de los famosos de la ciudad, comenzó vendiendo comida en su prepa. “Siempre fui bisnero. Siempre me encantó vender comida, desde chavito. Al final terminé haciendo la prepa abierta. Puse una como cafetería en esa prepa. Hablé con la directora y le dije: ‘Yo te puedo poner tu cafetería.’” Claro que la cafetería era una mesa y no mucho más. “Me llevé una cafetera, la sandwichera de mi casa, ya llevaba hechos los sándwiches, nomás para prensarlos, y tenía ahí los Oyuki o los Churrumáis que me iba a comprar a la Merced. Y pues pegó –el tiempo que estuve en la prepa…” Un año, que es más que suficiente para un chavillo de diecisiete años. “Salía pa la peda.” A veces nos obnubila el poder artístico de los cocineros: pensamos en su fuerza expresiva, en su capacidad de llevarnos a otro lado (que suele estar adentro de nosotros), en su dramática o evocadora composición en el plato. Nos dejamos llevar por el romance de las chingas, las altas temperaturas, el trabajo de sol a sol que desembocan en un platillo memorable. Y olvidamos el meollo, el mero ápice de todo el asunto, que es éste: vender comida. Ésa es la clave. Ahora mismo, en una secundaria o una prepa, hay una morrita vendiendo sándwiches y papas. Es la gran cocinera del año 2030.

Chicharrones preparados dorilocos

También afuera de las escuelas: el carrito de chicharrones. El chicharrón de harina es amplio como un plato, y como un plato es tratado: es un transporte de limón, de salsa, de cueritos, de queso, de cacahuates, de mango, incluso (pero esto es menos común) de aguacate. Es curioso cómo reaccionan algunos extranjeros a este antojo. “En mi país, y creo que en cualquier país del mundo –dice María, de Chile–, estos chicharrones son de tamaño miniatura, te caben en una mano. Acá en México exageran de una manera bastante peculiar con el tamaño. No entiendo por qué tienen que ser tan grandes, ¿no es lo mismo romperlo en pequeños pedacitos y así tener la misma cantidad que tienen las bolsitas que venden en cualquier mercado?” No. No es lo mismo. Amiga date cuenta.

(No es inconcebible el subgénero ‘Extranjeros reaccionan a la comida de la ciudad de México’. “Cuando el vendedor me entrega el vaso con el mango cortado en pedazos, vi que estaba lleno de una salsa roja de la cual no tenía la más mínima idea de qué era, ni si iba a saber bien. Se lo devolví porque no tenía buen olor esa combinación, luego me dijo que era chile, que lo probara y que si no me gustaba, me lo cambiaba por uno sin chile”, dice Francisco, venezolano; “El sonido que hicieron los [chapulines] al ser destrozados por mis dientes es algo que recuerdo cada vez que veo una taquería de éstas. Tienen un sabor como a carne tostada, pero la sensación de tenerlos en la boca es horrible, no es nada placentera y hace que la experiencia sea bastante rara. Recuerdo que al llegar a mi casa me cepillé la boca un par de veces”, anota Wes, de Estados Unidos; “Primera y última vez”, concluyó Daniela, ecuatoriana, el día que probó el pulque.)

La golosina es parte de la ciudad escolar también. El baratillo “que llaman de los Muchachos”, escribe un autor del siglo xviii, tenía en su centro “muchos comestibles de dulce”. El Gansito, máximo triunfo de la industria mexicana, apareció en 1957. Lo siguió el Negrito y los Bombonetes, que eran un poco racistas. Luego los Twinkies y los Submarinos, las Barritas y las Canelitas. En 1972 hicieron su aparición los mágicos Chocorroles. “A mediados de los años setenta ya se vendían, además, los productos de Barcel y las papas Sabritas”, decía una historiadora a mediados de los noventa. “Por esta época ya existía también la gran mayoría de los productos industrializados que hoy encontramos en el mercado: comida enlatada y congelada; leche, café, gelatinas, flanes y sopas en polvo; diversos refrescos embotellados; pastelitos, galletas, papas, chicharrones y cacahuates.” O sea: una lista del súper del paraíso de los niños.~