Nespresso: un viejo ritual familiar

 

foto: Ana Lorenzana

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Si hay una cosa que recuerdo de mi infancia es esta: mi abuela y mi madre, sentadas a la mesa de la cocina, platicando en susurros, bebiendo una taza de café mientras su aroma inundaba la vieja casa, enroscándose en volutas de vapor que se elevaban hasta el techo. A veces completaban el ritual con un panecillo: conchas, bisquets, galletas, incluso alguna tarta o pastel. Yo las miraba desde la sala mientras fingía jugar en silencio, fascinada como cualquier niña que mira a dos mujeres adultas hacer cosas que, se supone, son de mujeres adultas. El café —que en la casa estaba prohibido para los chiquillos, casi como si se tratara de alcohol— era uno de esos símbolos de adultez, de madurez: sentarse a la mesa a platicar con la abuela, compartir esos susurros, participar en ellos, era la señal de que se pertenecía plenamente al reino de los adultos, que se había dejado atrás, por fin, la limitante niñez.

El tiempo pasó sobre nosotras, pero una cosa permaneció pese al correr del tiempo, y hasta pareció solidificarse aun más con su paso: el ritual del café. Sobre el rostro de mi madre nacieron surcos que hace unas décadas no existían, y en la cara de mi abuela se profundizaron algunas marcas que recuerdo desde niña. Las manos que sujetan las tazas tampoco son iguales: en ellas apareció una constelación de pecas que antes no existía.

No es lo único que ha cambiado. En algún momento imposible de señalar con precisión, me volví adulta y me gané el acceso a esa conversación perenne que comparten las mujeres de la familia. Somos tres, ahora, pero nos seguimos sentando a la misma mesa de la misma vieja casa. Seguimos comiendo, claro, porque qué es la familia sino compartir, y qué es la comida si no se comparte, y seguimos conversando en los mismos intrigantes susurros, que ahora despiertan la curiosidad de mis hijas y sobrinas, que a veces alzan la cabeza disimuladamente, como antenas que tratan de descifrar los cuchicheos. Ya les llegará su turno de sumarse al aquelarre. Mientras tanto, en las tazas, el aroma de Nespresso sigue desprendiéndose, inundando nuestra vieja casa, paseándose por la cocina como lo que es: uno de los más importantes ingredientes de este viejo ritual familiar.~


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