El paisaje del buffet

 

El buffet es uno de los grandes logros del capitalismo. Es un ataque de opciones sin piedad. Su ars combinatoria puede derivar en la genialidad libre de adjetivos. Tal vez en eso un buffet se parece a un diccionario de rimas: un buffet es una máquina de pensar. Es cierto, gente considera que grandes crímenes han sido cometidos en nombre de la variedad que ofrece un buffet. Pero también es cierto que algunos crímenes han sido necesarios para el avance de la mente humana. Qué se le hace. El buffet se adelanta a nuestros deseos: los satisface por anticipado. Mejor aún: como buena bestia capitalista, el buffet crea nuestros deseos. Los imagina, los produce y los satisface. Claro: mujeres y hombres debemos consumir el buffet para que éste siga reproduciéndose; debemos retroalimentarlo. Hay buffets donde nadie consume –por dar un ejemplo– los huevos rellenos de atún. Entonces el buen buffet comprende que no pudo crear el deseo de huevos rellenos, y cambia. Inteligencia artificial, el buffet sensato aprende de su propio uso.   

Isabel Zapata ha escrito esta semana una (casi) defensa del buffet para HojaSanta. Hay algo al mismo tiempo celebratorio y reservado en el texto, un titubeo que ustedes notarán desde el título. Isabel va y viene entre el gusto y la repulsión. Al parecer ha visitado algunos buffets de hotelería extrema. “Los buffets, monstruos sin cabeza, nos llevan a tomar las decisiones más absurdas y vergonzosas”, dice, no sin razón. “¿Salchichas miniatura (¿por qué siempre hay salchichas miniatura?) con mermelada? Perfecto. ¿Huevos a la mexicana con una rebanada de sandía y un pedazo de muffin de chocolate? Venga.” También: “¿Sushi con pasta primavera y un sopecito de papa con chorizo? ¿Chicharrón en salsa verde con ceviche de mango? Me atrevo.” Para el postre “ya hemos casi perdido las ganas de vivir”. ¿Qué importa? “Todavía queda espacio para el pastel imposible, la gelatina mosaico y los duraznos en almíbar cubiertos por una misteriosa crema. Si se puede un poquito de cada uno, mejor.” Sigan leyéndola, y compartan su opinión con nosotros. O no: el buffet siempre ofrece al menos dos caminos.

(Ana Lorenzana tomó las fotos de este ensayo en Bar Antonio, uno de nuestros lugares favoritos de la ciudad de México. Su buffet es ingenioso, bien sazonado, prácticamente invencible. Cuesta ¡diez pesos! si se toman tres copas. Vayan vayan vayan.)

Como suele pasar, apenas nos movemos un poco de los cartabones o las plantillas de nuestras costumbres y se nos revelan “novedades” que estaban ahí desde siempre. La hospitalidad sikh, en la India pero en el resto del mundo también, se manifiesta bajo la forma de una suerte de buffet. Un puesto de tacos de guisado, como el favorito de Luis Reséndiz –que está en Izazaga y Bolívar, DF, ciudad de los temblores–, es en realidad un buffet. Paguen por adelantado y comprobarán esta verdad. 

Monten un buffet la próxima vez que inviten gente a casa. Les trajimos una larga mesa para que lo hagan. A la izquierda, pongan un gran platón de yerbas y detallitos y otro, tapado, de arroz que sea puro aroma de arroz. Tengan una cooler con naan envueltos en un trapo para que sigan a temperatura todo el tiempo. Luego, a la derecha, mantengan dos cazuelas calientes. La primera, con lentejas rojas en sopa de la India, que también llaman daal. Recuerden que toda lenteja, o daal, trae consigo un buen augurio. (No pienso dejar de decir nunca la palabra daal, que es preciosa como un collar pequeñito. ¿Ya la vieron? Daal.) La segunda con un sopón reconfortante de tofu. Sírvanse de los dos: estamos en un buffet. Luego agarren un pollo con gravy también con especias de la India, que es el país que todos, aunque no lo sepamos, llevamos en el sistema límbico. (Los temperamentos no científicos llaman a este sistema: corazón.) O unos kebabs de res, que tienen ahí formaditos y aromáticos. Para terminar, el más grande y comunal de los postres: mangos.

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Mientras tanto, que el pinche mundo no deje de sorprendernos.~