Desde el exilio

 

¿Cómo están? A veces el clima o el estado de cosas del planeta coloca una como nube enorme sobre nosotros. En estos días, que ya se han aplazado demasiado, hay un ruido –una estática molesta y perniciosa– contra las migraciones humanas, que en realidad son la mejor manera que tenemos de aceptar al otro, de arribar finalmente a donde yo soy tú somos nosotros. La semana pasada nos quedamos pensando en eso y decidimos preparar un pequeño especial desde el exilio. (Si lo piensan, ¿quién, de una forma u otra, no ha estado exiliado alguna vez?) 

Hisham Abou Nasr Assad creció en un campo de refugiados palestinos en Dbayeh, Líbano. Es fácil asumir que su infancia no fue feliz. Pero las semanas previas a navidad –las que comienzan en el día de santa Bárbara, el 3 de diciembre– estaban llenas de una dicha y una anticipación realmente contagiosas. Quien nace y crece en un campo de refugiados lo hace sin ciudadanía; su exilio, al menos el legal, es permanente. Hissam y su familia hacían lo mejor que se podía en esas circunstancias. Sacaban el árbol de plástico todo pelón del clóset, desenvolvían las figuritas del nacimiento. Y cocinaban: dulces, papas a la francesa, kebabs. Los vecinos se regalaban más dulces. Algunos llevaban hummus y tabule. Lean su historia. Termina en una oración, porque ya amaneció y es navidad también en Dbayeh.

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(Cocinen como para una fiesta palestina. Intenten el tabule de la abuela de Reem Kassis, quien está exiliada de su amada Jerusalén, tierra santa partida en pedazos.)

El exilio puede suceder dentro de nuestra misma ciudad. En octubre de 1940 se ordenó la creación del ghetto de la ciudad de Varsovia, y todos los judíos de esa ciudad –y decenas de miles provenientes de otras– fueron condenados a sus límites de muros y púas y alambradas. Cosa extrañísima, en medio de la violencia y la pobreza algunos de sus habitantes se lograban dar tiempo de escapar a un café o de comprar un pastelillo o, sorprendentemente, de ponerse un atracón de higaditos de pollo, arenque, ganso, vodka y buen vino. Algo sobre la comida (y su carencia) en aquel ghetto se encuentra en este ensayo extremadamente objetivo. Vida y muerte, no divididas por la pasión.

(Dicen los autores de Israeli Soul que el schnitzel fue uno de los primeros grandes platos de los judíos europeos que volvían a Israel después de la guerra. Tal vez sea cierto. Háganse ustedes este schnitzel de pollo, cuya receta tomamos de ese libro. Sírvanlo en pan pita, y cómanlo como quien come un taco de la paz.) 

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La esclavitud es una de las formas más terribles del exilio: condenados a trabajar bajo la mirada del amo hasta que sangren las manos, robados a la tierra que considerábamos nuestra y vendidos como mercancía en tierra extraña… Sin embargo, también en la plantación del sur de Estados Unidos había un día para ser felices: el 4 de julio,  cuando el amo permitía el festín del barbecue, con sus cerdos rostizados y sus ovejas rostizadas y sus grandes porciones de pasteles. Lean esta narración  de una fiesta así. Es obra de Louis Hughes, un esclavo que escapó de su plantación ya hacia el final de la guerra civil.

Hay también exilios voluntarios. Gabriel Lara Villegas, fotógrafo y traductor, se exilió en Irán algunos años. Quién sabe cuántas cosas invisibles trajo de allá, pero entre las cosas visibles está esta serie fotográfica sobre comer en Teherán y alrededores. La serie incluye una #playlist: música de los territorios iraníes para emprender el viaje hacia adentro de la mente.

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Ustedes paseen por nuestro sitio. Hay comidas para quedarse y para irse. Pueden imaginar que viven en Venecia o pueden saludar al calor con un trago tropical que hicimos en #coautoría con mezcal Barro de Cobre. También pueden unírsenos en las redes en que estamos todos: twitter, facebook e instagram. Si quieren borrarse de nuestra lista, vayan aquí. Si no, acá nos vemos el próximo lunes.

Por ahora alcemos este martini israelí y brindemos por que todos nuestros viajes sean voluntarios.~