Camino a navidad

 

texto y fotos: Hisham Abou Nasr Assad 

A mi familia no le importan mucho las clásicas tradiciones. No tenemos comedor, principalmente porque no tenemos espacio para tener comedor. No sacamos los tenedores o los cuchillos de oro que armonizan con el mantel largo, los adornos de muérdagos y los platos elegantes; no los sacamos porque no los tenemos. Por aquí hay muy pocos que los tienen. (Si es que hay alguno.) La navidad ha dejado una sensación muy distinta en mi memoria: la de ir caminando por calles estrechísimas, ante casas hacinadas, por pasadizos que nomás nosotros conocemos, y de sentir la vivacidad de la gente de mi barrio en el Campo de Refugiados Palestinos de Dbayeh.

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Para nosotros la temporada navideña comienza el 3 de diciembre, con la noche de Santa Bárbara. Las costumbres han cambiado con el tiempo pero todavía me gusta recordar y tratar de revivir esa noche como hace quince años. Todos los chicos con disfraces lindísimos dando vueltas por las calles. Niños vestidos de niñas, niñas vestidas de hombres, o de princesas, o de bailarinas con trajes tradicionales de otras tierras, y tantos otros vestidos muy elaborados. Esto fue mucho antes de que la línea que separaba el día de Santa Bárbara de halloween comenzara a hacerse borrosa.

Me recuerdo bajándome de la camioneta de la escuela en la noche –la mayoría de las escuelas públicas que enseñaban en inglés eran vespertinas– en la plaza principal o seha del barrio. Subía tres escaleras diferentes para llegar a mi casa y veía a los chavitos ya con sus disfraces, luciéndose, cantando hashli Borbara! Yo me distraía oliendo todo en aquella subida de 27 escalones. En la punta, me llegaban las fragancias familiares del día de Santa Bárbara: agua de rosas y flor de naranja vertidas sobre trigo hirviendo, jarabe de azúcar burbujeando en la estufa, infusionándose de yerbas aromáticas. Mi mamá está en la cocina, con su delantal, echando cucharadas de masa a una olla caliente. Espera a que cada bolita se llene de hoyos en la superficie, las saca, las rellena de crema cuajada, las decora con pistache molido, las moja con tantito jarabe. También pone el trigo endulzado en tazones individuales; encima, una cucharada generosa de coco seco, pasas hidratadas, almendras, nueves, pistaches, piñones.

Me llenaba yo de aquellas delicias, me ponía mi disfraz –el que había creado para ese día– y me les unía a los otros niños para visitar casas de vecinos, parientes, amigos y desconocidos. Íbamos a las casas de desconocidos para que nos dieran dulces, de amigos y vecinos para que nos dieran postres navideños, de parientes para que nos dieran dinero. Regresaba a la casa a considerar el fruto de mis trabajos. Usaba el dinero para comprar algo de navidad y ponía los dulces en un tazón que decorábamos para nochebuena.

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Entonces comenzaban las preparaciones para navidad. Alguien sacaba un árbol de plástico de un clóset. Lo despojábamos de las bolsas de basura que lo envolvían y lo erigíamos sobre un banco para hacer espacio para la cunita del nacimiento. Liberábamos a las campanas, muñecos del nacimiento y demás chucherías de su cárcel anual de papel periódico y éstos salían a la atmósfera libre y festiva de nuestra “sala”. Lo normal era que yo dejara que mi mamá y mi hermana tomaran la batuta porque sus ideas de decoración de interiores no eran muy compatibles con las mías. Ya los detalles finales sí los hacíamos entre todos, oyendo canciones de navidad. La noche seguía: prendíamos velas, horneábamos y adornábamos galletas que llenaban la casa de aromas de canela y jengibre y hacíamos ponche y vino caliente.

Ya estamos en la semana de navidad, hartos de las tontas canciones navideñas que han estado sonando en loop de un CD de 20 tracks: los más repetidos de la historia. Como cada año, nos vamos acercando a esta semana sin plan alguno. Los planes empiezan a hacerse apenas un par de días antes de la mera navidad. Hay muchas preguntas: ¿Qué vamos a cocinar? ¿Dónde vamos a cenar? ¿Mi tío va a poner la casa? ¿A qué hora es la misa? ¿Qué vamos a cocinar entonces? ¿Quién hace qué? ¿Alcanzará para todos los mostrencos? ¿Qué tal si cada quien hace una reunión? Y las preguntas siguen y siguen sin respuesta hasta el último minuto.

Después de una semana de cascabel cascabel y de la voz repetida de Mariah Carey y sus deseos navideños llega la nochebuena. Ahora, una bocina que el minisúper de junto instaló casi afuera de la casa revienta villancicos a todo lo que da. Los santacloses caminan por las calles promoviendo entregas gratuitas. Siempre hay un montón de santacloses. Pero nosotros nunca creímos en Santa Clos. Al fin que nadie tenía chimenea.

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La noche comienza a dejar caer su sombra sobre las callecitas festivas y en las pequeñas casas abarrotadas que siempre se las arreglan para hacer espacio para un árbol, una cuna, luces de colores, esferas o cualquier otro adorno para el que alcance. El humo sube por el aire conforme empiezan los asados en la calle, afuera de la casa, en el patio. Los mejores pedazos de carne de res, marinados en los últimos descubrimientos de las señoras en materia de adobos, asados en numerosos pinchos de metal. Pechugas de pollo, aliñadas en una concusión de yogurt y la mezcla de especias para el taouk de cada casa, esperan su turno acomodadas una al lado de la otra, atravesadas en largos palillos de bambú. Los kebabs al carbón, picantes, mezcla de res y cordero y grasa de rabo (siempre le pedimos a mi mamá grasa de rabo) vienen envueltos en pan pita caliente, relleno de pasta de pimientos, cebolla, perejil y sumac. Papas lavadas y envueltas en aluminio, colocadas sobre el carbón para que se cuezan lento y agarren ese sabor a humo, esa piel crujiente, ese interior tierno que todos queremos, y que luego abrimos, cortamos a la mitad, rellenamos de queso, pasta de chiles y sal antes de volverlas a sellar para que se derrita el quesito.

Mientras tanto, las mesas de adentro se van llenando de platos de los intrincados mezze levantinos. La mayoría de las familias de mi barrio tendrían tabule y hummus. Otras familias, las que contaban con alguna excelente cocinera, acomodaban sus delicias en grandes bandejas: tubos de pasta phyllo rellenos de queso, pastes de espinaca triangulares, sambousek rellenos o de queso o de carne, kepe bola relleno de cebolla y piñón además de carne, y otros experimentos en entremeses. En nuestra casa nos la llevamos más tranquila en noches como ésta y hacemos ensalada de coditos y papas a la francesa. A veces incluso no prendemos el asador para que no haya un familiar en el frío de afuera en lugar de adentro, pasándosela bien con todos los demás. Esta noche es especial porque mi papá se toma la noche libre en el restaurante donde que trabaja para cenar con nosotros.

Hacia el final de la cena alguien quita la música occidental de toda la semana y pone canciones en árabe. Y así seguimos: bebiendo y bailando hasta que las campanas de las dos iglesias que tenemos cerca doblan por todo el barrio y traen ecos de tradición y fe y un llamado a que todos hagamos oración. Y obedecemos el llamado. Limpiamos la casa y salimos para acabar la noche y empezar el día en misa. Es navidad.~


Este texto apareció originalmente en The Carton #13. A Proustian Memory (otoño-invierno, 2016). Traducción: AR.