Una hamburguesa llamada Esperanza

 

No, realmente no se llamaba Esperanza; se llamaba Maxi, pero venía cargada con un montón de esperanzas. Por ejemplo, que no importaría qué le pasara a la ciudad Maxi seguiría ahí, como un fuerte medieval al que un visitante se acerca en el futuro y al tocar sus muros intuye siglos de historia. La ciudad era Coatzacoalcos antes de Duarte y sus repulsivas políticas –llamémoslas de alguna forma– y el pobre esperanzado era Luis Reséndiz. Pueden leer su relación con Maxi, sus alargadas hamburguesas y esa ciudad devenida rodeo sin leyes en su ensayo de este mes.  

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(Reséndiz tiene varios problemas; uno de ellos, claro, es el de no poder soltar el vicio de la hamburguesa. ¿Recuerdan su relación con Burger King? Por si acaso, clic.) 

La hamburguesa y la ciudad tienen también una historia larga. La hamburguesa es urbana, no rural. La hamburguesa es comida en movimiento. La siempre cupo o debió caber en la mano. Una vez iniciado el consumo de la hamburguesa, envuelta en su papel, no había –no hay– que soltarla ni bajarla. La hamburguesa se consume de un jalón. Como no hay que descansarla, la hamburguesa es no frenar: es ir para adelante. Si es ir para adelante, la hamburguesa es viaje; y el viaje es cambio, mutación. Toda mutación es un volado, una incertidumbre. Cambiar es no saber. No saber es una apuesta, y cada apuesta, mientras no la cobremos, es porvenir. La hamburguesa es futuro. La hamburguesa es un alimento para el crecimiento de las ciudades, para aprovechar sus periféricos y viaductos. La hamburguesa es el alimento de la ciudad.

 La llegada de McDonald’s, para mucha gente nacida en algún lugar de México en los años setenta, significaba el ascenso de su ciudad a una inasible jerarquía mundial. (Después, la llegada de Starbucks significó un ascenso similar.) Piensen en Julián Herbert, poeta y narrador nacido en 1971. Para él esa cadena significa una tremenda tensión. Lean McDonald’s para hacerse una idea. “Nunca te enamores de 1 kilo de carne molida –dice–. Nunca te enamores de la mesa puesta, de las viandas, de los vasos que ella besaba con boca de insistente mandarina helada, en polvo: instantánea.” Prepárense para sentir el poder de McDonald’s en su poema.

 (La relación de Donald Trump con McDonald’s tiene un efecto curioso. Nos deja ver un atisbo de humanidad en esa bestia.)

 Ahora, cocinar. Ya les hemos traído la hamburguesa clásica de Shake Shack, vaca sagrada de la cadena moderna; la hamburguesa de Superiority Burger, que es el más importante ejemplo actual de hamburguesas preocupadas por las vacas y el ambiente; y la increíble y triste historia del filete que soñaba con ser hamburguesa. Así que vamos a darle una vueltecita a las recetas. Tengan el patty melt, la máxima expresión de la hamburguesa, el queso, el pan de caja y la sartén caliente; y tengan la lamburger, una intrigante hamburguesa de cordero, pimientas, chiles y cilantro. (Ésta nos llega vía Peter Meehan y la revista que editaba: Lucky Peach. Ya devuélvannos esa querida revista perdida. Para bien y para mal, la hamburguesa es un alimento proustiano.)

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 Ñocierto.~