Nespresso nos transporta un día a la ciudad de la música

 

#Coautorías es la sección que dedicamos a hablar sobre los proyectos de nuestros patrocinadores. No hay de qué preocuparse: creemos en estos productos más allá de nuestra relación con los clientes.

fotos: Ana Lorenzana

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La llegada de la primavera en Venecia te saca de la casa temprano desde que llegaste a vivir aquí, hace casi diez años. La ciudad está hecha de piedra y mármol pero incluso así la sensación de renacimiento está por todas partes. Hay música también por todas partes. Tomas tu primer café del día en la reverdecida placita frente a la iglesia de San Pietro di Castello. En los audífonos suena ‘l’Appuntamento’ y casi adoptas la voz de Ornela Vanoni cuando cantas con ella:

 Questo sole accende sul mio volto

un segno di speranza.

Y es que sí: la luz de este nuevo sol te trae un signo de esperanza. Venecia está dejando atrás la oscuridad y el frío de enero y febrero. La ciudad parece recién pintada, te dices en el vaporetto 13, que te lleva a tu isla veneciana favorita: Sant’Erasmo, “un milagro geográfico”, como le han dicho muchas veces: una tira de tierra flanqueada por el Adriático y por la laguna casi negra; casi podrías mojar los pies en ambas aguas al mismo tiempo. Contradictoriamente, comienza ‘Notte’ en los audífonos, con sus notas secretas, como si la canción te susurrara sólo a ti. Buena parte de los vegetales que se consumen en Venecia vienen de esta isla, así que los puestos están llenos de verdes y rojos y naranjas y amarillos. Pides otro espresso antes de que sea mediodía en un café donde sólo cabe el barista, la barra y tú. Caffè al banco, que le llaman: parada ante la barra. ¿Cómo pudiste alguna vez vivir en otro lado? 

De vuelta en el vaporetto casi vacío ya piensas en qué comerás esta tarde. ¿Crostini con anchoas y broccolini? ¿Alguna de las primeras jaibas de la temporada, que llegan al principio de marzo? ¿Risotto con alcachofas? ¿Todas las anteriores? Todas las anteriores. En algún lugar de tu camino, ya cerca del agitadísimo mercado del Rialto, suena ‘La polizia sta a guardare’, y sus ondas orgánicas te animan todavía más: te mueves tú como el mercado mismo.

Después de comer y de una siesta, vas por un billete de lotería con tu tabaquero de confianza, en Via Garibaldi. Un café, unos zaleti –las galletitas de pasas que toman su nombre del color amarillo en dialecto veneciano: zalo– y un poco de passegiatta con los vecinos: chisme, quejas, quejas y chisme. Suerte, señorita, nos vemos mañana. (A veces te preguntas para qué sigues jugando lotto, siempre con los mismos números, si tú ya te ganaste la lotería: vives en Venecia.) Mientras sales de la tienda escuchas el principio de ‘Giù la testa’ de Morricone y sientes como si estuvieras entrando a una película italiana, tal vez de crimen y castigos, un poco de horror y un poco de eros, como deben de ser.

Ya movida por la pasajera certeza de que estás en una película –la película de tu vida– y que su pista sonora tiene que incluir ‘Crepuscolo sul mare’ de Piero Umiliani subes al bar en la azotea del hotel Commedia, cerca del puente del Rialto, pides un vodka espresso y dejas que el crepúsculo caiga sobre el mar, sobre la laguna, sobre la ciudad completa que será tu casa para siempre.~