Historia

 

por Aleida Rodríguez; foto: The Unperson Project

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In art, politics, school, church, business, love

or marriage—in a piece of work or in a career—

strongly spent is synonymous with kept. 

                                                              —Robert Frost

Ella me enseñó los nombres de flores: caléndula, ranúnculo, amapola somnífera. Y los usos medicinales de yerbas: el fenogreco le da aire a la cabeza mal ventilada; el sellodeoro lubrica las membranas mucosas cuarteadas. Sentadas a una mesa de hojas sueltas de circa 1820 me dijo que el espárrago es la escoba de los riñones: the broom of the kidneys. Al principio no le entendí y pensé que había dicho una palabra alemana –brüm o algo así–; no me imaginé a los espárragos de cabeza, barriendo con su tallitos las impurezas renales. Aprendí a hacer el roux perfecto para soufflé y me convertí en una muy eficaz asistente de cocina. Alguna vez me dijo que yo cortaba, picaba y troceaba con incomparable paciencia. Luego, un día, accidentalmente empezó a romper mi cristalería de tiempos de la Depresión, y recordé cómo se reía cuando me contó que en dos años de matrimonio ella solita había diezmado la colección de copas –fechadas entre 1790 y 1810– de su esposo, incluido un par de cálices de boda. En la entrada a la parte de atrás declaró simplemente que mi presencia la hacía sentirse estrangulada; que no era algo que yo estuviera haciendo ni que pudiera hacer. Fuimos a terapia seis años, mientras mi cristalería iba desapareciendo y yéndose a la memoria. Con incomparable paciencia había hecho yo toda clase de suertes en la relación, señaló la terapeuta; a mí me pareció un halago por mis proezas, y continué sosteniendo platos Bauer con la nariz cuando ella me lo ordenaba, domando tigres salvajes con una silla Windsor del comedor, equilibrando carrera, trabajo, esperanza y tormentas nocturnas con incomparable destreza. Podía rearmar cualquier cosa: fotos hechas pedazos de nosotras cruzando la calle en el futuro, con bastón, mi mano bajo su codo. Mi corazón. Lo que me faltaba –ahora lo veo– era la habilidad del disimulo. Al final, ella trajo a la casa un procesador de alimentos Cuisinart, y yo empecé a escucharlo rebanando los minutos a una velocidad feroz, su ruido cada vez más rápido, como el zapateado de un Fred Astaire en anfetaminas. Recuerdos de flores y yerbas fueron sacrificados ante el dios iracundo de su vórtice. Tu voz es como ácido en mi piel, dijo después de doce años, agarró su Cuisinart y me dejó atrás como a otra historia.~

traducción: AR; versión original