#25deJulio: Gorditas y Coca-Cola

 

texto y fotos: Margot Castañeda de la Cruz

Él siempre comió rápido. Rápido, como Goku, atento, entusiasmado, inmerso en su plato –y a veces también en el mío–. Aprendí a apartar mi porción de las comidas compartidas porque de otra forma me quedaba con apenas un bocado o con ninguno. Como yo, él también comió con las manos y sin culpa, algo más que tuvimos en común en nuestro pasado, grueso como un cordel.

Recordé esto ayer, cuando caminé por las vivísimas –ajetreadas, ruidosas, llenas– calles de la Guerrero hasta la esquina de Zarco y Sol. Contemplé la escena desde mi silla azul rey sobre la banqueta, bajo la áspera luz de las dos de la tarde, mientras llegaba mi orden. Alguna vez esas calles me parecieron bonitas pero ayer las vi ordinarias y sucias. 

Llegó mi plato y los recuerdos natosos comenzaron a fluir poquito a poco, torpes. Es posible que todo lo que cuento hoy sea mentira porque esta historia –la historia de él y yo– ha tenido un sinfín de versiones en trece años. Vaya, ¿ya es dos mil diecinueve? Pues entonces hace trece años que vine a Carnitas Rigo por primera vez. Hace trece años comí por primera vez una gordita de chicharrón. Hace trece años posé mi mirada en sus ojos dormidos y ahí la mantuve durante diez.

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Al llegar a su casa, a eso de las siete de la noche, me extrañó que no hubiera alboroto en la cocina. Nadie cortaba verduras ni freía carne ni preparaba aderezo para ensalada. Teníamos 18 años, éramos unos novios con corazones limpios y me había invitado a cenar para que conociera a su madre y hermano. Llegué con vestido y mis mejores zapatos. Esperaba manteles y copas y la vajilla de visitas, él me recibió en jeans, descalzo y con un bulto envuelto en papel de estraza manchado de grasa y una Coca-Cola de dos litros. Más tarde aprendí que el amor a veces viene así: oculto dentro de un vulgar empaque que se te ofrece como un espléndido regalo inesperado.

Son las mejores de por acá, me dijeron, te van a encantar. Se me cerró la garganta al ver en mi plato una gordita de masa gruesa, bien frita, rellena de carnitas y una como pasta roja y grasosa que olía a puerco. Es chicharrón prensado, dijo él. Carnitas, claro, las conozco, dije, pero nunca había comido chicharrón prensado. Ni gordita. Vaya, qué sorpresa.

Era verdad. Mi madre fue el tipo de madre que no compró garnachas para cenar. Ni para desayunar ni para comer. Sí, de vez en cuando nos dejó comer tlacoyos o barbacoa un par de domingos al año… pero ¿gorditas? ¿fritas? ¿de… cómo me dijiste que era? Crecí con la idea de que la fritanga es el demonio y que los puestos de calle son peligrosos y es mejor evitarlos quién sabe con qué agua laven las verduras mejor vamos a casa allá hay sopita. Ni hablar de la Coca-Cola, que tenía más prohibida que las mentiras. Para mí un poco de agua, dije, aunque me tomé el refresco del vaso de él y él, complacido, lo rellenó cuantas veces fue necesario. Lo hizo esa noche y siempre.

Me comí dos. Dejé el plato limpio porque con los trozos de carne que se desparramaron limpié las manchas de salsa verde, cruda y espesa, y de la roja, picosísima como la chingada. Esa noche exudé felicidad, como si me hubiera liberado de un antiguo yugo.

Después de esa cena, en Tlatelolco, fue fácil para mí volver a esas y cualquier otra fritanga. Y a él.

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En esa primera etapa hubo muchos embriagadores días llenos de clichés. Después de la escuela nos íbamos juntos a su casa. A veces nos escondíamos debajo de sus sábanas azules, nos arrancábamos la ropa y perdíamos control del tiempo. Otras veces nos íbamos a Las Américas. El motel estaba en la misma calle de su casa y al principio temía que su madre nos viera entrar o salir cuando pasara por ahí. Después la vergüenza se deslavó y nos dejé exhibir nuestra relación con atrevimiento, como una blusa de un color chillón. 

Comprábamos vino barato, nos emborrachábamos y cogíamos ávidos por conocernos más. Al día siguiente, bajo la luz indefinida del mediodía detrás de unas cortinas gruesas, repetíamos el amor que habíamos hecho y nos íbamos cuando alguien tocaba a la puerta y decía: “Su tiempo se acabó”.

Entonces caminábamos hasta Zarco esquina con Sol. Nos sentábamos en las sillas azul rey sobre la banqueta a comer esas gloriosas gorditas de carnitas con chicharrón prensado, con mucho limón, salsa verde cruda y espesa, salsa roja picosísima como la chingada y un poquito de cebolla y cilantro frescos. Yo la comía a pellizcos —me encantaba sentir la grasa de la carne y de la masa frita embarrada en mis dedos— y él la devoraba, rápido como Goku. Una Coca-Cola y un agua, por favor, decíamos, aunque ya sabíamos que yo bebería de su Coca y él luego pediría otra.

Cuando nos despedíamos, en un largo abrazo fértil, yo pensaba en la siguiente vez que haríamos eso juntos. Eso era el amor para mí, aguardar con anhelo el mañana.

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No sé si las gorditas de Rigo fueron especiales en esta historia —la historia de él y yo—. Quizá no. Es posible que, en diez años o cinco o tres o siete las hayamos comido decenas de veces o cientos o apenas un par. No lo sé.

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Ayer, mientras pellizcaba mi gordita especial (45 pesos, para comer aquí) tuve la sensación de que esos recuerdos no me pertenecen. Nunca volví a Rigo, ni a las sábanas azules de su cama en Tlatelolco, ni a Las Américas con sus gruesas cortinas. Todo eso me fue prestado pero no es mío.

“Sí están bien buenas las pinches gorditas”, le escribí a mi mejor amiga. Y sí, sí, claro que sí. Están bien fritas pero no escurren aceite. Partes de la masa son crujientes y ruidosas, otras son suaves y acogedoras. Las carnitas vienen surtidas, con trozos grandotes de maciza y unos cuantos cueros de grasa por ahí. El chicharrón prensado, esa pasta roja y grasosa que huele a puerco, es potente, salado, rezongón, delicioso. 

Nunca le agradecí por este regalo, este conocimiento de barrio invaluable. No había reconocido que fue él quien me enseñó a comer fritangas en la calle. Hasta ayer. Como ayer también reconocí que ya, por fin, pido una Coca-Cola para mí sola.~


#25deJulio es un espacio que Margot Castañeda, escritora y editora (y colaboradora de HojaSanta desde el mero principio), dedica a las comidas del recuerdo, esas que nos devuelven a un punto clarísimo del pasado. Pueden seguir la columna en este link