#EspeciasMenores: Sobre desperdiciar comida

 

texto e ilustración: Pablo Duarte

En este hogar se desperdicia comida. No mucha, la menos posible. Pero sucede. Y es una vergüenza, y una afrenta, y también una búsqueda de responsables. Cada vez que una bolsa de espinacas a medio consumo termina convertida en una especie de biomasa radioactiva, en privado y en silencio inicia una pesquisa en blanco y negro para hallar un porqué; una razón que, en el fondo, de tan elusiva seguro está frente a nosotros.

El primero de los culpables, pero también el más fácil de exonerar, es uno mismo: mal cálculo en la compra –y antes de avanzar, hay que enfatizar que es una fortuna tener dinero para hacerse de perecederos–, o la claudicación frente al antojo advenedizo. No hay que descartarlo, a ese sospechoso común, porque es muy probable que tenga gran parte de la responsabilidad, pero la voluntad es mala detective. Exonera de antemano y privilegia la impresión menuda y el estereotipo. Antes que autoinculparse, la conciencia tiene entre los enseres a su indiciado.

El refrigerador de esta casa exhibe esa cualidad bastante humana de la inconsistencia. No atina a dar con una temperatura sostenida, invariable. Ya lo han visto especialistas y el caso es misterioso y aparentemente irresoluble. Tan humano. Entre las consecuencias de su condición, la más pertinente y lamentable es que la variación térmica provoca que la caducidad de la comida sea casi tan impredecible como el destino de una bola rebotando en una ruleta en movimiento.

sushi illustration ilustracion

Los perecederos, en esta casa habitantes preferenciales del refrigerador, son quizá los productos que más padecen el capricho del termostato. Lo hacen con la misma resignación con la que cualquier mortal asume las voluntades inescrutables de sus dioses. Dioses demasiado humanos. Me dirán que la fruta y el refrigerador no son socios sino enemigos, que la conservación apropiada de los perecederos implica más niveles de detalle y una serie de procedimientos especializados para cada tipo de verdura que solo vaciar las naranjas al cajón y hasta mañana. La razón les asiste. La tienen; estoy de acuerdo con ustedes en que el error es mío por no hacer una estrategia de conservación más inteligente. (Cae fuera del rango de este texto explicarlo, pero sepan que esos sistemas alternativos están siendo puestos a prueba: si hay que decirlo, el método propone ser dumpsterdivers de nuestro propio cajón de las verduras, renunciar al asco de la fruta magullada, empujar el límite de la fecha de caducidad en los perecederos menos catastróficos, y otras cosas por el estilo.) Lo cierto es que no solo es la cornucopia (qué privilegio) de productos vegetales: todo producto que traspasa el umbral iluminado del refrigerador termina sujeto a ese delirio de inconstancia. En envase plástico o de cartón; sin ningún tipo de cobertura, el resultado es el mismo: permafrost ártico o calidez tropical, nunca el rango recomendado por la medicina ni por el sentido común. Esos entes que gobiernan el destino de un manojo de lechugas orejonas, de brócolis y jitomates, oscurecen sus motivos al igual que los que se burlan de nosotros. Y la consecuencia última es la misma, vergonzosa y un desastre: el cubo de los desperdicios orgánicos.

La pesquisa que busca dirimir responsabilidades no deja de mirar hacia afuera de la casa; de esta en la que se desperdicia comida. Lo hace, mal detective, no para buscar culpables, sino para encontrar justificantes, atenuantes en los laberintos del sistema. Entre lo hallado hay un estudio canadiense de hace no muchos años. En una revisión de varios cientos de hogares del nevado país del mundo próspero, las personas estudiadas desperdician en promedio cerca de tres kilos de comida por semana. Predeciblemente, la mayoría de esos gramos aventados al tambo de la basura los componen frutas y verduras. Y por bastante (65 por ciento, y el siguiente rubro fueron los cereales y panes con 24%). El estudio, más ambicioso en sus revelaciones, intenta calcar sobre la vida cotidiana el impacto de estas dilapidaciones. Poco más de 3,000 calorías en la bolsa negra de residuos orgánicos. Es un día de nutrición para un par de adultos, por ejemplo. Según dicen los expertos, remediar el desperdicio aliviaría un poco más nuestro impacto personal en la catástrofe climática que nos atenaza. ¿Será que en los hogares estudiados también opera esa misma pesquisa privada, esa misma sensación de culpa?

Qué pocas pruebas necesita la conciencia detective para exonerarse puntualmente a sí misma. Miro el basurero comunal y estimo que los demás departamentos son más laxos en sus prácticas, más displicentes al abastecer el refrigerador para luego vaciarlo sin consumir. Una estimación espuria, no queda duda, autosatisfecha. Y sin embargo es un consuelo vago. El desperdicio es monumental y continuado: hay suficiente para todos y, aún así, no todos comen y quienes podemos dejamos ir lo que hay por toneladas. No hay visos de que esta constante acabe, y aún si el sistema de medición –hay una hoja de Excel involucrada, así de seria es la vergüenza– en este hogar funcione y no haya más calabacines hechos agua en el cajón de las verduras, el problema es vasto y superior. Tan complejo que quizá la pesquisa de la conciencia para dirimir dónde depositar el peso de la culpa sobre el desperdicio es una muestra minúscula del difícil enfrentamiento con el problema de la catástrofe climática. Invita a la displicencia: si todos tiran más fruta que yo al basurero comunal, qué más da. Invita al nihilismo, a la inevitabilidad sardónica. Qué poco consuelo, a fin de cuentas, obtiene la conciencia detective al enterarse de la magnitud del problema.

Sobre la puerta del refrigerador, demasiado humano, hay un evidente afiche de se busca. Continúan las investigaciones.~


#EspeciasMenores es la columna de bellas pequeñeces del escritor Pablo Duarte en HojaSanta. Síganla acá.