Cartas desde Chile: Crónica de un estruendo

 

por Mariana Ortiz

I

Es viernes 18 de octubre. Un día cualquiera. Me arreglo para salir, tomo mi mochila con mi laptop dentro, me subo al metro que recorre dos líneas hasta llegar a la estación Universidad Católica. Ahí está el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), cuyos espacios para trabajar son ideales para mí. Una biblioteca de un solo piso con un ventanal que da hacia la avenida Libertador O’Higgings y un café que también funciona como cowork, Café Público. El GAM es una especie de fortaleza. Cuando estoy dentro sé que nada de lo que pase afuera será lo suficientemente importante para traspasar esas puertas. Pero ¿qué va a pasar? En Santiago, ese oasis, ya no pasa nada.

Son las seis de la tarde. Pienso en lo que haré esta noche, aunque no tengo muchas ganas de salir a cenar. Antes que cualquier cosa tengo que regresar a casa a dejar mis libros y mi computadora. Ahora estoy frente a la puerta del metro: cerrada. Pero son las seis, el metro no cierra hasta las once. Esto debe ser un error. Veo que a mi alrededor hay gente joven (¿estudiantes?) manifestándose. ¿Qué fecha es? ¿Conmemorarán algo? Quién sabe. No tengo otra opción que caminar a casa.

 
 

Calles adelante escucho consignas refiriéndose a la evasión del metro, al hartazgo del alza al precio del transporte público (30 pesos chilenos para llegar al máximo de 830; 22 pesos mexicanos por pasaje), a la desigualdad que el modelo económico neoliberal ha dejado en este país, se creía el mejor de América Latina. Atardece poco a poco, a sesenta minutos por hora. El aire huele a quemado. Hay muchísimas mujeres y hombres caminando como yo. No pasan micros, se escuchan cacerolazos. ¿Qué carajo pasó?

El presidente de Chile está comiendo pizza en Romaria, un restaurante en Vitacura, uno de los barrios altos de Santiago. ¿Nadie le ha informado lo que sucede en la capital? Es el cumpleaños de su nieto y decidió celebrarlo dándose la noche libre. Los nietos cumplen una vez al año nada más. Mientras, miembros del gabinete (el ministro del interior, la ministra de transporte y el presidente del Metro) evalúan la situación y no saben qué hacer.

II

Hoy, sábado, el presidente declaró que estamos en estado de emergencia. ¿Emergencia para quién? Hay estaciones de metro en llamas; 41, según el gobierno. Las escaleras del edificio de Enel, una compañía de energía, se convierten en cenizas. Empieza el bombardeo de videos, de mensajes en redes sociales: los carabineros le dispararon a una chica dentro de una estación de metro; están aventando gas lacrimógeno a quienes se manifiestan con cacerolas, están aventando gas lacrimógeno dentro de los vagones de metro, hay detenciones arbitrarias, desapariciones, abuso sexual, violaciones, tortura. ¿Qué es esto?

Ninguno de mis roomies pudo llegar a dormir. Estoy sola. Salgo a la terraza a fumar y leer las noticias en mi celular. El general del ejército indica: hay toque de queda para el fin de semana. En sábado empieza a las diez de la noche y termina a las siete de la mañana, en domingo empieza a las siete y termina a las cinco.

 
 

Escucho por la esquina cacerolas y consignas: “evadir, no pagar, otra forma de luchar”, “que se vayan los milicos”, “van a ver, las balas que nos tiraron van a volver”, “despertó, Chile despertó”. Veo humo subir al cielo y me pregunto qué estarán haciendo. Son nueve cincuenta y cinco de la noche y aunque el toque ya va a empezar, decido salir a averiguar (porque qué es eso de prohibirle a una salir de su casa, porque qué puede pasar). Es una barricada de un grupo de jóvenes y algunos adultos con cacerolas, con silbatos. En medio está el fuego y hay que hacerlo crecer: madera, gasolina, llantas, todo sirve, tú échale. Ésta nadie la apaga.

A las diez y cuarto corro de regreso. Ya en mi habitación escucho ruidos por la ventana: una moto, una patrulla. Cuatro carabineros tienen a una chica boca abajo, contra el suelo. Iba sola, caminando en la calle. No traía ni una cacerola. La esposan y se la llevan. Ella pude ser yo. (Si lees estas palabras, amiga cuyo nombre desconozco y cuya cara desconozco, estas palabras que anoto en medio de la crisis y los gritos, con la esperanza de otro Chile para ti y para las mujeres como tú, amiga levantada en la avenida Ricardo Lyon, si te alcanzan hasta donde estés, sabe que aquí me voy a esperar hasta que avises que llegaste sana y salva a tu casa. Estoy en un balcón, mirando abajo.)

Los militares han vuelto a las calles de la capital. Hay tanques custodiando las entradas a los supermercados y las grandes cadenas de tiendas departamentales. Están también alrededor del Palacio de la Moneda. ¿Es 2019 o 1973? 

III 

Es domingo por la tarde y tengo hambre. La última vez que salí a hacer la despensa fue hace dos semanas. Debo tener algo por ahí. En la alacena hay un paquete de arroz a punto de terminarse, la mitad de un puré de papa instantáneo, un paquete de espagueti cerrado. En el refrigerador, dos huevos, una tortilla de harina, cinco nuggets de pescado congelados y dos empanaditas de carne. Genuinamente espero que eso sea suficiente para soportar la emergencia indefinida.

Cocino todo el arroz con los cinco nuggets. Me lleno a medias. Quiero salir a buscar algo de tomar, cerveza o vino sería lo ideal pero pienso en las mañanas posteriores y en la necesidad de tomar leche, té o café. Algunas verduras también servirán para las comidas. Tengo dos horas antes del toque de queda. Camino durante cuarenta minutos pero no encuentro nada abierto. Mejor me regreso.

En la radio se habla de saqueos por parte de encapuchados, se les tacha de “delincuentes”. Alarmados los locutores informan que se están llevando los alimentos, que se trata del crimen organizado. Hay quienes tuvieron la audacia de decir que se trataba de una red liderada por Nicolás Maduro. ¿Todo bien en casa? Las tiendas locales están sin daños irreparables; las grandes cadenas extranjeras son el enemigo. El pilar del neoliberalismo: eso es lo que hay que tirar. Los electrodomésticos que sacan de las tiendas van directo al fuego de las barricadas. 

 
 

Luego me entero: los alimentos que roban esos encapuchados se los llevan a poblaciones en las periferias: señoras y señores cuya pensión de alrededor 120,000 pesos chilenos (o 3,146.36 en mexicanos) ya no les alcanza para llegar a fin de mes. De esto la tele no dice nada, por supuesto, no podríamos esperar más del oficialismo chileno. Queridos encapuchados, incendien lo que tenga que arder y tomen todo lo que haya que robar para que nadie tenga que vivir así.

Contra todo pronóstico oficial, no hay desabasto. Aunque los supermecardos están cerrados o custodiados por militares, con filas de más de dos horas que nunca se terminan, en distintos barrios hay ferias libres: bazares con puestos de frutas y verduras donde la gente puede ir a comprar sin problema. Hay pequeñas botillerías donde venden alcohol, algunas con precios más elevados de lo normal. No hay Uber Eats ni PedidosYa, se entiende. 

IV

Supe demasiado tarde que lxs extranjerxs tienen prohibido ir a manifestaciones políticas. Mientras trabajaba encontré en mi bandeja de entrada al menos cinco correos de la universidad advirtiéndome no involucrarme en ningún tipo de revuelta. Algo me conocen. Otros dos eran de la embajada de México en Chile recordándome que por ley me pueden deportar. De antemano, perdón por todo.

Ayer fui a una concentración pacífica en Plaza Ñuñoa porque me ganaba la curiosidad. Mi roomie chilena me invitó y por supuesto que sí. Hoy martes estoy por Plaza Italia luego de que mi instinto de supervivencia me obligara a buscar comida. Tenía que encontrar un espacio en el que pudiera trabajar sin sentirme encerrada.

Me metí a Café Lastarria, el único lugarcito que encontré abierto muy cerca del centro. Me senté a trabajar mientras tomaba un chocolate caliente; luego, una ensalada césar con pollo. Por lo menos esa tarde no tendría hambre. Como era la única ahí, no me sorprendió que la mesera me anunciara que cerrarían en media hora. Eran apenas las tres. Guardé mis cosas y me dispuse a buscar otro café sin éxito. A lo lejos vi la marcha pasar y me llamó la fiesta. Repito: perdón.

Han pasado cuatro días desde el estallido del viernes y pareciera que es el día uno para la protesta: la gente no deja de llegar. Veo banderas de Chile, del pueblo mapuche, carteles pidiendo la renuncia del presidente y sus amigos. Los veo celebrar que Chile despertó, celebrar como si se hubiera ganado algo. Hay gente tocando instrumentos, gente cantando canciones de Víctor Jara, “el derecho de vivir en paz” y de Los Prisioneros, “únanse al baile de los que sobran”. Alzo mi celular para grabar y veo que a unos metros hay un tanque aventando agua (se les dice guanaco, aprendí en ese momento) acercándose hacia donde estoy. Tengo que correr.

Trato de escapar de esa parte de la multitud pero me encuentro con una ráfaga de humo blanco –casi como niebla– que hace que me arda la cara, que me lloren los ojos, que me pique la garganta. Carajo, es gas lacrimógeno que los carabineros avientan a la manifestación para disiparla. Cuesta trabajo respirar y correr al mismo tiempo, pero es la única manera que tengo para huir de ahí antes de que me arresten y ¿me deporten?

 
 

V

El miércoles desayuno un taco de huevo en tortilla de harina. Guardo el espagueti y las empanaditas para la comida. No queda nada más. No han quitado el toque de queda y tampoco el estado de emergencia. Mientras la ciudad sigue con sus tiendas cerradas, su transporte público a medio funcionar y la gente en sus casas al caer la noche, los militares se pasean con sus armas y sus tanques. Como si fuera normal; como si fuera vivir.

A las cinco de la tarde salgo a respirar. Camino a avenida Providencia. Sobre ella van cientos de manifestantes que avanzarán hasta la Plaza Italia. No los sigo pero sé que se concentrarán como los últimos días. Esto no ha terminado todavía. Sé también que en días posteriores hay convocatoria a realizar la marcha más grande de Chile para exigir que el gobierno cumpla lo que debe y se vaya. Que renuncien todos.

Encuentro un restaurante de comida mexicana, El Zócalo, abierto y con bastante gente. Los caminos de Dios son misteriosos como la senda del viento. Son las seis y media de la tarde y pienso que comer en ese momento, antes del toque de queda, probablemente sea buena idea. Pido agua de horchata, más azúcar y canela que otra cosa, y dos tacos “al pastor”, entre comillas porque no se acercan ni siquiera al taco más ruin en el DF. Aun así, me prometo volver mañana a probar el café de olla y los chilaquiles. 

VI 

Es sábado otra vez. Despierto para enterarme que el toque de queda terminó. ¿Era realmente necesario obligarnos a permanecer encerradas, señor presidente? Los supermercados vuelven a abrir sin militares custodiándolos y naturalmente están atascados. Aunque hay más pequeños locales abiertos, sé que cerrarán más temprano de lo que acostumbran: ni modo. Casi no hay gente caminando por las calles. 

Decido salir todo el día hasta que se me dé la gana regresar. Mi primera parada es Doméstico, un raquítico café escondido sobre la calle José Victorino Lastarria. Pido un té chai frío delicioso y un sándwich caprese de mozzarella, jitomate y albahaca que ha sido lo mejor de esta emergencia. Paso horas escribiendo este texto en ese lugar, hasta que el ruido de una marcha sucediendo afuera me llama, salgo a verla y a grabarla para alimentar mi registro instagramero. Espera, ya son las cinco.

Tengo que pasear un rato por donde se pueda. Quiero disfrutar Santiago tantito más. Miro algunos puestos en la calle: pinturas, ilustraciones, libros, accesorios. Sigo caminando hasta llegar de nuevo a una concentración. La asistencia es reducida pero la energía es la misma. Me fumo dos cigarros, la observo y sobre todo la escucho gritar con todas las ganas por mejores condiciones para vivir en Chile, por una nueva constitución, por que se vayan los milicos.

Son las siete; podría cenar algo. En Casa Lastarria, un restaurante muy distinto al café de antes, pido entraña al fierro con cebollas quemadas y salsa de queso azul. Además, un mix de hojas verdes con limón y aceite de oliva. Vino tinto para festejar que no tengo que volver. Saco mi libro y me olvido un poco de lo que está pasando. A veces el remedio para la estabilidad mental es dejar de pensar por un rato; eso también es autocuidado. Termino todo lo que está en mi plato y no se me antoja ningún postre. 

De regreso a mi casa paso por donde antes estaba la concentración. Ahora hay al menos siete camionetas con carabineros y un tanque con militares. El piso está mojado. Mientras más me acerco al centro de la plaza más siento el gas lacrimógeno que quedó en el aire. Hay gente aún. El guanaco comienza la chamba. A mi lado platican dos mujeres. “No sé hasta cuándo vamos a poder seguir haciendo esto”, dice una. La otra contesta: “Weona, hasta que valga la pena vivir.”~