Trieste: La magia de las segundas partes

 

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ilustración: Héctor Ramírez

Hay un lugar común que menosprecia a las secuelas. Como muchos de los lugares comunes, este también es falso: las segundas partes tienen, por supuesto, un encanto y unas posibilidades que rayan, como suele pasar en todo lo que involucra al ingenio humano, en lo infinito, y al que no le guste, que arroje el blu-ray de El padrino II

Empiezo así porque la película de la que hablo hoy pertenece a esa estirpe: una secuela, ni más ni menos. Quizá hayan leído de su primera parte, la ultra exitosa Milano, una película que desprendía un irresistible aire de elegancia. La cinta que nos ocupa hoy, la secuela de Milano, como toda buena secuela, no pierde las propiedades del original sino que las intensifica, las agudiza. Las afila, digamos: hablo de Trieste, por supuesto, donde una trama de espionaje se desdobla de forma deliciosamente cautivante. No es extraño quedarse embelesado frente a la pantalla mientras Trieste sucede ante nuestros ojos.

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Y no es extraño porque estamos hablando de una película con una extraordinaria tersura. Situada en Trieste –aquel histórico puerto cafetalero donde el aroma de los granos de café soltando su elíxir se eleva por el aire–, la cinta nos relata una historia de intriga internacional donde un personaje enigmático se encargará de resolver una misión imposible. Sombras largas, abrigos con el cuello arriba; misteriosas y seductoras mujeres fatales que asoman la mirada discretamente sin revelar sus verdaderas intenciones.

Hablamos de una película intensa, casi aromática si es que eso es posible; hablamos de una aventura también romántica ubicada en una de las ciudades con mayor historia de Italia. Las imágenes se suceden en una concatenación casi cachonda, en una pieza provocadora y humeante, como una pistola recién salida de un viejo noir que puede o no parecerse a Trieste.

Porque sí hablamos de Trieste, ¿cierto? No me digan que no. Trieste, el puerto italiano que bajo el dominio del imperio austro-húngaro se erigió en la capital del café de Italia y que incluso hoy en día se encarga de proveer el cuarenta por ciento del café de esa tierra interminable. Trieste, vaya, el escenario perfecto para una cinta de espías que, una vez culminada, solo seguirá el protocolo típico de un espía o un fantasma: desvanecerse entre el aire poblado de dulces rayos de sol, dejando atrás una estela que puede o no desprender un sedoso aroma achocolatado.

Trieste, pues: una película que no puede dejar de seducir porque seducir es su misión.

Dos pulgares arriba y a darle play. Ya.~