Dulces mexicanos (pero sobre todo pepitorias)

 
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por Alejandra Cuevas; ilustración: Arantxa Osnaya

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Mi papá me educó para ser gorda. Mi mamá luchaba para que no fuéramos a comprarnos chuchulucos diario a la tiendita de Doña Ofe –incluso durante las épocas de escasez, que fueron muchas más que pocas, le pedíamos fiado–, pero jamás lo logró. La mayoría de las veces esos pecadillos que nos comprábamos eran cosas tipo Chocorroles o Bubulubús, pero mi papá fue quien me enseñó a amar los dulces de todo tipo y, si lo pienso ahora, es el culpable de mi adicción al azúcar.

Pero la verdad es que apenas hace poco, ya viviendo yo en la Ciudad de México, lejos de mis papás, descubrí mi amor por los dulces mexicanos. No le hago el feo a ninguno: me gustan mucho los jamoncillos, aunque admito que medio saben a jabón; puedo morir de una sobredosis de higos caramelizados o cocadas; y los macarrones son mi debilidad. Pero creo que, como en todos los tipos de comida, está ahí un underdog al que nadie le hace mucha fiesta, el que pasa desapercibido: las pepitorias.

Mi papá también me enseñó a amar las pepitorias. Hace unos días me puse a pensar en ellas, en su importancia en mi vida. Y les traigo una apología de este dulce porque es necesaria. El underdog merece le acaricien el lomito.

Lxs señorxs que venden las pepitorias aparecen como un oasis en pleno desierto (el pleno desierto de la carretera México-Cuernavaca) cuando te estás muriendo de hambre. Para mí tomar la carretera para ir al DF fue un suplicio en el que inevitablemente me mareaba y mi papá me regañaba. Las pepitorias siempre alivianaban el humor y el viaje.

No pretenden ser más que lo que son: obleas de colores con miel en medio y pepitas (ahora sí que por eso el nombre) en las orillas. Y no necesitan ser nada más –incluso con toda la parafernalia y producción que lxs dulcerxs mexicanxs le hacen a las pepitorias hoy en día: que si nueces alrededor, que si chocolate para pegarlas, que si de café, de chocolate, con amaranto–, nadie le quita a la pepitoria clásica su estatus ni cuestiona sus habilidades. Las pepitorias tienen nobleza y disponibilidad siempre: de tres a cuatro por bolsita, de quince a veinte pesito. Justo de las de veinte pesos, de esas nice con oblea de chocolate y nueces pecanas en las orillas, son las que venden en los partidos y entrenamientos de Pumitas de mi sobrino. Y yo y mi hermana, otra niña criada como gorda por mi papá, siempre nos compramos unas pepitorias para ver al chamaco jugar y pasar la tarde. (También compramos una bolsa de papas con mucha salsa Botanera.)

Estoy segura de que ustedes tienen muchas historias así. Las pepitorias acompañan al mexicane a donde va. Una puede comerse su pepitoria caminando, en el camión, en el coche. Sola. Pero también puede compartir la pepitoria con sus seres queridos, si eso es lo que gusta, partiéndola en pedazos como Jesucristo partió y compartió su cuerpo con sus discípulos. Tomen y coman; esto es mi cuerpo. Al fin y al cabo son lo mismo, ¿no? Obleas. Y se crea la comunión a través de la pepitoria.~

 

 
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