#EspeciasMenores: Ante el sazón de los demás

 

texto e ilustración: Pablo Duarte

Dentro de la tarja del fregadero, un contenedor. Digo contenedor pero quiero decir un pequeño envase de plástico. Redondo, sin tapa; al fondo ya acumula esa agua tibia de los platos en espera de lavado y sus paredes anuncian que algo hubo al interior. Las manchas translúcidas de pringue son, a fin de cuentas, indicio sabroso e inextricable, la memoria de un platillo. Quedará durante muchas horas ese contenedor dentro de la tarja, acumulará agua, y al final del día, será lavado junto con los platos y las sartenes y terminará, pulcro, dentro de la gaveta de los envases plásticos. ¿Sueñan los tópers con las comidas que alguna vez los colmaron?

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Ese contenedor específico tuvo dentro un platillo deducible por los embarrados que ahora decoran sus paredes. Un guiso sencillo y generoso que se prestar sin reparo a la compañía de otros pucheros: unas papas cocidas con rajas y cebolla. Mirado así al tiro, habrán sido unos 350, 400 gramos de guisado. Junto con las quejas por el dolor de espalda y el ánimo sombrío ante la brevedad de las tardes, esas papas forman parte de la rutina del fin de semana. Esas papas además de una bolsa de diez tortillas de maíz azul, medio kilo de queso Oaxaca y un vasito de fresas con crema que se adquieren en tres puestos distintos del tianguis de los sábados acá en el Multifamiliar Presidente Alemán. Parda imitación de Piteas –aquel griego que se fue a dar la vuelta por tierras desconocidas–, en shorts y con bolsa de tela al hombro llena de mercadería, me maravillan los detalles ordinarios; detalles, dicho de paso, vistos cada fin de semana desde hace años. Lonas rojas y una docena de pollos desplumados en exhibición; las improbables flores en cubeta; los tableros de ajedrez en cinco tamaños escasamente distintos; pirámides de legumbres luminosas, un puesto de barbacoa que siempre bulle y la mesa pequeña donde, si uno llega temprano, todavía alcanza un botecito de papas con rajas. Serán unos 350, 400 gramos de guisado.

La señora L. ha aprendido a hacer cuentas sobre la marcha; ahora los cambios son correctos y los da ella sola. Dejó de pedirle ayuda a su vecina –jarcería y productos de limpieza– y maneja la calculadora con soltura. Las papas con rajas son solo un producto de siete u ocho que pueblan su mesita. Por mucho, el mejor –los tlacoyos adolecen de sequía, los nopales no siempre están tan frescos y las salsas se le resbalan hacia el valle de lo salado–. Las papas, sin embargo, son un logro. Tienen la cualidad quizá más real de lo imperfecto pero delicioso. El sazón de L. –porque ella misma cocina lo que vende, aunque en ocasiones es su hermana quien viene a hacer la venta– plantea un profundo ejercicio de empatía.

El chistecito obvio del título de esta ‘Especia menor’ quiere acercarse, advenedizo, a uno de los tratados modernos sobre la empatía. En Ante el dolor de los demás Susan Sontag explora el dolor que la guerra distribuye entre quienes la emprenden, la padecen y la observan. La sazón, obviamente, es asunto minúsculo, de glándulas y epifanías en comparación, y la empatía a la que aludo no es en absoluto una tan decisiva como la compleja transfiguración del ánimo que provoca una fotografía de un barrio bombardeado en quien la observa. Minúscula y todo, la sazón es sísmica, arrolladora.

El gesto usual cuando la sazón hace lo suyo es el pasmo ante el derrumbe de la amnesia: se nos deja de olvidar –recordamos– el momento menudo que nos hizo lo que somos, el otro estado de placer, el pretérito que saboreó también esto que ahora chapotea entre cachetes. De la que hablo, la que provoca la sazón de la señora L. no es esta. No es, como quería el ratón animado de Ratatouille, un jaloneo de los cimientos emotivos de la infancia. Estas papas con rajas son, en todo caso, un viaje en la dirección opuesta. Y ahí está la magia de su imperfecta condición. De tamaños distintos y geometrías variables, las papas de terneza no siempre pareja, las rajas a veces abundan y otras solo se conocen por sus rastros, quemada la cebolla; todo, a fin de cuentas, incontestable. Esta empatía va hacia afuera, hacia la imaginación solícita, hacia el testimonio, la confidencia, la lectura del diario personal de una persona a la que vemos en el puesto de comida pero conocemos profundamente. Por que es lisérgica, la sazón expresa complejidades y sutilezas que la gramática ignora. No podría explicar lo que creo entender de la señora L. por virtud de su sazón. Existe, sin embargo, por intermedio de un sazón, un personaje vivaz y trágico –humano, pues–. Ahí están los esfuerzos y las vacilaciones mundanales, el empecinamiento del destino y las limitaciones consuetudinarias, expresadas de modo no léxico. Mi rutina de fin de semana incluye, al recalentar ese guiso en la sartén, al envolverlo en tortilla y arroparlo con queso Oaxaca y salsa, un reencuentro con un personaje imaginario.

Nada de lo que imagino tiene por qué corresponderse con la realidad. La señora L. quizá sea una persona espantosa que esconde bajo el semblante paciente una psicopatía fuera de serie. Podría ser un robot de última generación. Una visitante de otro planeta podría ser, y sin embargo, de alguna manera, merced a su sazón, algo se reconcilia. Ante el sazón de los demás, algo queda enmendado.~


#EspeciasMenores es la columna de bellas pequeñeces del escritor Pablo Duarte en HojaSanta. Síganla acá.