#EspeciasMenores: Sobre el supermercado

 

texto e ilustración: Pablo Duarte

He escuchado la misma anécdota de tres personas distintas. Una mujer, en plena discordia marital y sin lugar al que recurrir para llorar desinhibida, aparca en la agencia funeraria Gayosso de Félix Cuevas. Todas las personas que me la han contado mencionan el mismo local de duelo. Siempre es una mujer: en un caso supuestamente le pasó a una parienta lejana, en los otros dos es una conocida de una conocida; y siempre el motivo de la lágrima es el incordio conyugal. Nuestra protagonista por triplicado elige un sillón de alguna sala y, oculta en el anonimato de lo público, por fin puede llorar. El relato termina ahí: una mujer que llora en Gayosso ajeno. Nadie cuenta ni el motivo del pleitazo ni las vicisitudes posteriores; se deja fuera también a la otra parte de la pareja. La gran revelación, en todo caso, podría ser que alguien supo aprovechar ese palacete acondicionado para la tristeza de modo lateral y sin tener finado de por medio.

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Como suele sucederles a los cerebros torpes, hace poco recordé esta anécdota sin saber bien por qué. Y la coincidencia se multiplicó al ver a una mujer –desconocida para mí– llorando junto al pasillo número dos de mi supermercado de costumbre. Otros, más ilustres y observadores, han encontrado altos poetas paseando junto a las sandías o entre los refrigeradores llenos de carne congelada. …and you, García Lorca, what were you doing by the watermelons?” *Guiño* Allen Ginsberg *guiño*. Yo por lo general veo a los personajes vagamente familiares, parte de mi misma tribu de los mercantes de media tarde, y a nadie más en este establecimiento de tamaño mediano. Pero esta tarde en particular, en el pasillo número dos, una mujer que no conocía lloraba sin cubrirse la cara enfrente de las decenas de opciones para la higiene capilar.

El pasillo número dos no es ni por mucho el que más disfruto. Tampoco presumiré que me hablo de tú con el repisero de lo gourmet y menos con ese rincón del pasillo cinco que guarda los secretos ingredientes de la comida asiática. Diré en todo caso que el paseo dentro de esa capilla del consumo en masa es una de las actividades que realizo entusiasmado y disfruto con ambages. Lo que otras personas reservan para el senderismo, la trifulca en redes sociales o las comidas de relaciones públicas yo lo obtengo del zumbido lejano del neón blanco, la ocasional llamada por el micrófono de ambiente y las maniobras del carrito enano entre compradores estorbosos. Al trasponer la puerta corrediza somos un bolsillo con cartera e historial crediticio, un perfil de antojos y la inveterada vocación acumuladora. Renunciamos a ser peatones para convertirnos en concursantes del espectáculo ridículo de una caminata con obstáculos.

Mucho se conoce sobre la extrovertida maniobra de jiujitsu que la disposición de las mercancías opera sobre nuestras reticencias. El deleite del combate está en evidencia desde la primera charola de fruta fresca, el tubo de dulces en presentación abigarrada o las cubetas de suavizante de telas en descuento. Hay jaloneo psíquico, carencias profundas en la vida personal jugadas ante la pendiente helada en la que encallan pescados semifrescos. Que no llevemos rodilleras y cascos de colores no quiere decir que no seamos esos patiños del sistema, resbalando y evitando pastelazos en forma de descuentos. Si bien al interior atrona Benny Hill, nuestra fachada es demorada, a paso lento. T.S. Eliot hizo vacilar a J. Alfred Prufrock en su canción de amor ante el salón de sociedad:

There will be time, there will be time
To prepare a face to meet the faces that you meet;
[…]Time for you and time for me,
And time yet for a hundred indecisions
And for a hundred visions and revisions,
Before the taking of a toast and tea.

Esa misma condición de hacerse viejo ante la duda existencial la veo en el camino que hay entre panadería y salchichonería, donde están esos dulces típicos que se ven rancios e intrigantes. Y, delicia añadida, el paso anónimo. Incluso la esmerada persona que ofrece muestras del nuevo brebaje de leche de soya con sabor a manzana canela no pide señas sino respuestas, acciones concretas y someras: o lo lleva o se hace a un lado. A nuestro paso continúa esa carrerilla salvando escollos persuasivos y zarandeos sociopolíticos. No me extrañaría hallar, merced a un golpe en la frente, un punto en el rincón de los licores que contenga a todo el universo. Lleve su souvenir del capitalismo tardío.

Placer sin culpa casi no es placer, dijo nadie nunca. Y lo culposo en este caso es que, en estricto sentido, el supermercado condensa una serie de contrariedades que quiebran la ilusión. Este laberinto de repisas no pretende ser el mercado orgánico de pequeños productores; tampoco es un sitio que se precie de tratar con justicia a sus empleados. Es, como sucede por ejemplo con la compra de un boleto de avión o la renovación del teléfono inteligente, una comodidad enrevesada, una contradicción afelpada. Perdón.

En el pasillo dos había clientes descolgando del estante remedios para la caspa, pero la mujer que lloraba no les llamaba la atención. Le pregunté con toda la timidez de la que soy capaz si necesitaba algo y me dijo que estaba todo bien, que solo necesitaba desahogarse. Torpe, sonreí y seguí mi recorrido. Yo también, señora. Yo también.~


#EspeciasMenores es la columna de bellas pequeñeces del escritor Pablo Duarte en HojaSanta. Síganla acá.

También pueden descargar el libro de Duarte, El internet de las cosasacá.