Vivan nuestros muertos. (Vivan.)

 

Cómo se muere todo el mundo, ¿no? De pronto o pausadamente. Nos avisan con meses de anticipación y nos vamos preparando, comiéndonos lo que nos queda de uñas y tragándonos lo poco que tenemos de garganta, para decirles: adiós. O no nos avisan nada y de súbito, extrañamente, suena el celular y es un número desconocido y una voz nos da una noticia tremenda. Los padres y las madres mueren. (A veces mueren los hijos, pero eso es un insoportable error de la máquina del mundo.) No siempre nos dejan solos; nos acompañan amigos y amores y mascotas y la mesa compartida para hacer todo un poco más llevadero.

Esta semana debuta en nuestro sitio la columna #25deJulio de Margot Castañeda, escritora, editora y amiga de HojaSanta desde el día uno. Ya le tocaba un espacio solito para ella, ciertamente. Su columna, que esperamos aparezca siquiera una vez al mes, estará dedicada a las comidas del recuerdo, esas que nos devuelven a un punto clarísimo del pasado. Esta primera entrega tiene como centro la torta de plátano, un descubrimiento genial del padre de Margot, que murió en octubre del año pasado. (El caballero no sólo llegó, acaso a tientas, a la torta de plátano, sino que pudo mejorarla. Ya lo leerán.) Cómo los padres nos regalan un chingo de cosas, ¿no? Incluso sin querer o sin saber.

(Margot ya había escrito sobre la muerte de su padre y el hueco enorme que dejó en las tardes de domingo para HojaSanta. Pueden leer aquel texto aquí.)

La madre de Javier Elizondo, Dora Olivia (¡qué lindo nombre!), murió hace nueve meses: 29 de noviembre, 2017. Javier ha tomado esta entrega de su columna #FondaTránsito para recordarla. Murió de una sed que no se sacia fácilmente cuando apenas tenía 55 años. Una vida brevísima. Dora Olivia (hay que decir el nombre completo o no cuenta) le enseñó o trató de enseñarle a su hijo a bailar, le pasó la Metamorfosis de Kafka, le compró una pelota de básquet, lo llevó una vez al 7 Happy a celebrar su cumpleaños y le ofreció un cigarro. Escribía poemas y tenía una sonrisa bien bonita. Le gustaba el hígado, y Javier ha decidido honrar su memoria con una receta. Háganla, para que todos nuestros muertos –los míos y los de ustedes– sobrevivan. Si no ¿cómo?

El poeta Li-Young Lee también habla desde la intersección de los caminos de la comida y la muerte en ‘Comeremos juntos’. El poema es volátil como una imagen: la trucha haciéndose al vapor sobre la estufa, los hermanos sentados a la mesa, mamá tomando la dulcísima carne de la cabeza para sí –pero esperen: lo hace igualito que papá hacía hasta hace unas semanas, antes de que se echara a dormir como un camino cubierto de nieve, un camino que va y viene entre los pinos, solo. Cómo los recuerdos de nuestros muertos salen de pronto, ¿no? Es como que no podemos detenerlos.

(Mi nombre es Alonso y esta semana me tocó escribir este newsletter. Mi padre murió el año pasado también. Se volvió loco, literal, aunque por suerte su locura duró un día nada más, antes de hundirse en un silencio hecho –espero– de puro color negro. Pobre wey. Después de algunos meses yo no dejaba de preguntarme: ¿Qué demonios hacemos con los recuerdos? Lean, si quieren.)

Por supuesto, no hay razones para ponerse tristes. Al contrario: todo esto es motivo de charla y de formas de estar cerca, de conocernos. Piensen en compartir una sobremesa con tequila o en un taquito más o menos japonés. Son cosas para aferrarnos a este mundo tan bonito y curioso, donde apenas hace unos días el mejor perro del planeta se robó una GoPro e hizo una película que merecería un Óscar. Qué vida tan rica, tan hecha de texturas.

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Y si tienen que decir adiós, píquenle play a esta playlist. Hay de maneras de despedirse a maneras de despedirse.~

 
Arantxa Osnaya