Hasta nunca, pinche Bourdain

 

El viernes pasado despertamos y Anthony Bourdain se había muerto. Se colgó en un cuarto, con el maldito cinturón de una bata de esas a las que los hoteles les ponen una etiqueta que dice: “Favor de no robar.” Qué cosa más rara. Alguien podría decir que no existió ser humano que estuviera más vivo, con más ganas de conocer este mundo extraño y bello y ridículo que Bourdain, cocinero y viajero y probador de todas las cosas que han sido. Bueno, pues ya vimos que no.

El tipo se mató pero acá en HojaSanta no lo vamos a dejar irse limpio. Ni madres. Vamos a cuestionarlo y pensarlo y disfrutarlo mucho tiempo. El wey la tiene que pagar. Si no, no tendría mucho sentido ser HojaSanta, ¿cierto?

Empiecen por leer el obituario de Bourdain escrito por Javier Elizondo. Está bien prro y no por nada se titula ‘Ceviche de perro negro’. “Hay muertes así –escribe Javier–. Muertes que no alcanzan la dimensión trágica que sí tuvo la vida que las precedió. Les pertenecen, yo diría, exclusivamente a los suicidas. La depresión –ese perro negro que en cualquier momento desconoce al hijo menor de la familia y lo hace ceviche– puede convertir cualquier cúmulo de días, bajo cualquier clima y circunstancia, en una orgía decadente, sucia y violenta de emociones que son casi imposibles de describir.” Bourdain fue ácido, irresponsable y, al final, taimado. Nos dijo un gran adiós pintándonos unos wevos terribles, enormes, irrevocables. Lástima que no se los podemos devolver.

 Getty Images | Fairfax Media

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Alina Hernández se aproxima a la muerte de Bourdain desde otro camino. Ella lo ve como un amigo viajero, como el gran invitador, el tipo que abre siempre una puerta. Alina es generosa. Considera que en los viajes de Bourdain “la comida era sólo una excusa: una justificación para explorar lugares oscuros y locales exquisitos, banquetas y salones; una manera de romper el hielo con genios rigurosos o con tipos corrientes; una herramienta para acercarse, con humildad y asombro, a otros”. Pues sí. Y las puertas que abrió Bourdain dan para adentro y para afuera. Eso es real.

Nos gusta también lo que hizo Luis Reséndiz, que fue remezclar las recomendaciones de Bourdain en la ciudad de México y elevarlas y explotarlas. Plagio, juego y tacos de guisados en la capital: chinsumau. ¿Nos han visto, gente que no vive en el DF, comer nuestros tacos de guisado? ¿Han visto cómo nos inclinamos, casi como que nos rompemos sobre ellos? ¿Han visto cómo decimos a veces ‘sin arroz joven’ o ‘de chatchicha joven’? ¿Se han percatado de esas pequeñas cosas sutilísimas? Pues Bourdain se percató. Digan lo que quieran, el tipo tenía los ojos y los oídos abiertos.

¿Y luego? Tenemos, por ejemplo, una playlist que hizo Bourdain de canciones de los setenta (incluye un bonus track de hace unos días). También una receta in memoriam Bourdain de nuestros amigos de Tizne Tacomotora. Es un taquito de aguacate y está bien triste su dedicatoria. Nomás dice: “Nos vemos nunca más, Tony. Tu amigo, yo.” Pinche Tony Bourdain, como que nos deja más solos a todos. Yuls Suárez aprovecha la segunda entrega de su columna #Entre2Panes para hacer una cemita poblana, ya que Puebla (y todo México) fue parte importantísima del corazón o la mente de Bourdain. Y también tenemos una receta del último libro de Bourdain, Appetites, que nos recuerda su ánimo inestable, su constante decir “No estoy aquí”: una receta coreana hija de la intervención gringa. Bourdain fue un celebrador del mestizaje, de la gran orgía interminable que es cocinar y comer. (Y coger.)

En fin. Nos vemos la próxima semana.

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Posdata. Por supuesto, hay que aceptar que el suicidio es la máxima decisión personal; la única cuya posibilidad compartimos literalmente todos los seres humanos en facultades. Pero también aceptemos esto: los seres humanos no solemos tomar muy buenas decisiones. La tierra toda, hecha mierda como la tenemos, está ahí para recordarnos esa verdad insoslayable. A veces los adentros de cada quien queman tanto que uno nomás quiere decir: Basta; otras veces los afueras de cada quien –lo que llamamos ‘el mundo’– son tan emperradamente hermosos que uno quiere decir: Basta. Entonces, si por ahí un día lo que está adentro o lo que está afuera los mueve hacia tomar una decisión extrema: platíquenlo. La conversación es un buen camino, al menos para considerar nuestras opciones. Las hay. Si lo piensan, siempre estamos parados en el centro del jardín de los senderos que se bifurcan.

Acá hay dos espacios donde pueden ser escuchados, por si ocupan:

Locatel

Suicidiología