Tradiciones: a favor y en contra

 

He aquí un problema: la tradición engendra prejuicios. Una tradición –cualquiera que sea– funciona como un reglamento, una forma de decirnos: esto se hace, esto no se hace. La mente tiende a encajonarse: así funcionamos. Por suerte la mente también tiende a salirse de la raya, a buscarle tres pies al gato, a querer romper sus propios prejuicios. Esta semana en #UnaOrdenconTodo Luis Reséndiz explora el curioso prejuicio personal que alguna vez padeció contra el taco de salchicha enchipotlada. (Por supuesto, a nosotros, chilangos, nos parece ‘curioso’ ese prejuicio porque el taco de salchicha es cosa de todos los días en el DF; pero en Coatzacoalcos, donde Luis creció, ese taco simplemente no existía: tradiciones, conservadurismos.) Léanlo, y salgan a probar cosas por primera vez, sobre todo si les parecen extrañas o aberrantes. Cierren los ojos y den la mordida. Nunca pasa nada.

La cocina no se entiende sin tradiciones. Explorarlas, verlas con ojos de estudio, libres del peso del cariño, ayuda a comprender los platos que tenemos enfrente. También es una herramienta para ejercer la crítica. Las tradiciones son hijas de los ecosistemas creativos, así que siempre nos enriquecerá tomarlas en cuenta, aunque sea para destruirlas.

Toda costumbre tiende a tradición. Digamos que la costumbre es un peldaño de la tradición. Para Hunter S. Thompson era costumbre desayunar cuatro bloody marys, dos toronjas, una cafetera completa, un cuarto de kilo de salchicha o de tocino o de hash de res con su chilito picado, una tortilla española o huevos benedictinos, trozos de limón para sazonar a discreción, un litro de leche, algo tipo pay de limón, dos margaritas y de postre seis rayas de la mejor coca posible. Cuando llegó a vivir a México, en busca de hacerse de una costumbre, Scarlett Lindeman decidió probar todos los puestos de comida en una cuadra específica: Chilpancingo entre Baja California y Tlaxcala. La costumbre se le hizo tradición, hasta que la rompió. En casa de Jimena Lechuga es tradición hacer una cena simbólica en noviembre, a la que invita a queridas personas que están muertas: el abuelo Manuel y la abuela Granmi, el tío Jean y la tía Tata –la más alivianada de su generación– están siempre ahí: sonrientes como en los mejores días de su vida. Por todas partes existe la tradición de abrir una botella de vino espumoso para celebrar cualquier cosa. A veces, por fuerza de la tradición, descorchar un espumoso implica la celebración.

¿Qué más? Acá encontrarán una celebración muy especial, con una cena de Eduardo García, chef de Máximo Bistrot. Acá, Jessie Bonne –joyera– nos lleva a comer a Martinica. ¿Ya siguen la serie de Luis Miguel? Háganlo y lloren y pasen corajes. (Te odio, Luisito Rey: una camiseta que diga.) Daniel Krauze, colaborador de HojaSanta, escribió el capítulo de ayer, que estuvo de chillar. Lean a Daniel acá y acá y acá.

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Traigan hambrita o traigan tacos.