#EspeciasMenores: Todo cabe en el microondas

 

por Pablo Duarte; óleo: Aubrey Levinthal

1. Tan poco espacio nos va quedando en el mundo, en la ciudad, en las habitaciones del hogar que el microondas, a veces, también es despensa. Se nos hacen escasos los vacíos, los rincones sin inquilinos, y en especial los que tienen el privilegio de la puerta y el cerrojo. Tan quieto, tan paciente, el microondas está ahí, rotundo, un bostezo metálico en espera de un intruso que lo ocupe.

2. Porque entre el reparto de enseres que pueblan la cocina la paciencia es costumbre. ¿Cuánto tiempo tiene que aguardar el exprimidor, si fuera un ente consciente de los antojos que circulan a su alrededor, antes de que sea elegido para convertir unas naranjas en desayuno? ¿No desesperaría la sangüichera, de conocer lo que es el tedio, al recordar cuándo fue la última vez que algún queso manchego le embarró los bordes, lúbrico y amatorio? Así está también el microondas y con centímetros cúbicos de sobra –casi un recubrimiento altamente tecnológico para esta dimensión vacía. La costumbre en la industria es hablar de litros –15, 21, 30, 45–, y para el caso da lo mismo. El punto crucial es que los hay y están durante el año entero mayormente desocupados. Es solo cuestión de tiempo, de accidente afortunado para descubrir que ahí hay una alacena con charola rotativa, un cofre hermético, un librero.

 Microwave Mug, 2017

Microwave Mug, 2017

3. Ningún otro electrodoméstico está tan atravesado por la fortuna ciega como el microondas. Apareció en el universo del consumo –aparentemente la única realidad que ya nos queda– en 1955 gracias a una sucesión de eventualidades. Una barra de chocolate en el bolsillo de un pantalón. El pantalón de un ingeniero autodidacta. Un ingeniero autodidacta que investigaba mejorías a los radares. Una tecnología que pasaba por una pieza particular –el magnetrón. Y finalmente una serie de indagatorias con otros alimentos –entre ellos un huevo que estalla en el rostro de otro científico. Todo accidental; en fin, la historia que ya todos saben: la primera patente era inmensa, se sobrecalentaba, todos seguimos temiendo que nos vuelva en mutantes. Todo por accidente, claro, casi sin darnos cuenta. Qué tan raro es, entonces, que así de pronto alguien descubra que en la cocina, junto a la cafetera, hay una alacena con luz interna, un guardarropa, un chinero con portezuela, un arcón.

4. Yo, confieso, guardo ahí sobre todo café. No en grano ni recién hecho: en taza y seguramente en un estado de enfriamiento que colinda con el abandono. Además ya desnaturalizado: un café que no se reconoce a sí mismo. Porque –motivo de otro texto– no sé tomar café como la gente. Lo endulzo y le echo un poco de aditivo lácteo: lo transformo en un postre de infantes. Cualquier persona ajena que abra la portezuela del microondas pensará que esa suspensión es algún complemento alimenticio de receta controlada: eso guardo, discúlpenme.

5. Y es que el hallazgo del archivero electromagnético en la cocina ocurrió hace no mucho cuando, como pasa con las compulsiones, un día cualquiera reveló en pleno su neurosis. Reconocí que tengo la costumbre –quizá la única que practico con constancia de alto rendimiento– de recalentar las tazas de café. Dos minutos para la taza llena. Minuto y medio para la taza a la mitad. Y por lo menos dos veces por servida. Lo hago desde hace el tiempo suficiente para que se vuelva un chistecito local entre parientes. Y, de alguna manera, no estaba tan al tanto de ello. Hasta ahora.

6. Hoy por la mañana, por ejemplo, estaba ahí, esperando, una taza regalada hace tiempo –con mi nombre y el logotipo de un colectivo entrañable– con un charquito de café ya medio espeso. Supongo que llevaba ahí desde el viernes. Espero el día en el que abra la puerta y halle ahí, por fortuna, los doscientos pesos que no hallo, los pares perdidos de las calcetas, el último recibo de la luz, algún ser mutado y radioactivo nadando en el caldo recién hervido del café, un accidente afortunado.~


#EspeciasMenores es la columna de bellas pequeñeces del escritor Pablo Duarte en HojaSanta. Síganla acá.

También pueden descargar el nuevo libro de Duarte, El internet de las cosas, acá.