Tlatelolco y el dios de los mercados

 

por Begoña Sieiro

En Tlatelolco, la ciudad vecina de Tenochtitlan fundada en 1338, podría ser donde nació la definición mexicana más antigua de mercado. Ese primer tianguis era un hervidero de pochtecas (comerciantes) que venían de todo Mesoamérica, equivalente a un rico intercambio cultural y comercial diario que bien habríamos querido presenciar.

Imaginémonos ahí, de shopping junto al Lago de Texcoco, cuando todavía tenía agua, chinampas y se veneraba a Yacatecuhtli, dios del comercio. Mercancías, de todo tipo, y era ahí mero donde te enterabas de todo lo que pasaba en lo alto y ancho del continente: chismes y noticiones traídos por los viajeros de norte y sur. Múltiples personas caminando o remando. No sólo iban a comprar; a pasear, mirujear, saludar y almorzar. ¿Qué venderían? Telas, elegantes y coloridas o resistentes y cortadas a la medida; lujos como el chocolate, los metales, las bebidas de agave; lo del diario; mucho maíz, en todas sus versiones, y miles de artículos que hoy sólo vemos tras un cristal en el Museo de Antropología e Historia.

 Museo Nacional de Antropología e Historia

Museo Nacional de Antropología e Historia

Como en todos los mercados, por ahí andaba la autoridad, encargada de mediar y ajusticiar. Sólo ahí estaba permitido vender, intercambiar o truequear (¿existiría ese verbo?); si te cachaban haciéndolo en otro lugar, te podían ejecutar. Hay aquí otro encuentro entre orden, leyes y organización de los mercados –a nivel histórico y mundial–: desde siempre, éstos han sido sitios para vender y comprar, para comer y socializar, pero también para controlar y predicar. En Tlatelolco, el robo y el engaño eran fuertemente castigados, incluso con la muerte, y había quien se encargaba de vigilar y hacer valer la ley.

Los mercados prehispánicos siempre se encontraban en el centro de las ciudades, en la plaza principal, cerca de los templos religiosos. Los españoles se dieron cuenta rápido que, al controlar el mercadeo, controlarían a los nativos, por ser la fuerza comercial de toda ciudad. Igual de pronto el tianguis de Tlatelolco fue arrasado por el tianguis de México, el más grande de la Nueva España. Ahora indígenas, mestizos, mulatos, negros y españoles desfilaban junto a los puestos de petate que ofrecían de frutas, verduras, huevos, animales, algodón, objetos de utilidad y plantas. Nada lejano a la actualidad. En la plaza se unía el comercio y la religión; el gobierno y la iglesia; indios y españoles; los productos locales y aquellos traídos del viejo mundo. Ahí también sucedían los nuevos actos de castigo y predicación; en público se profesaba la palabra de dios, pero también se ejecutaba. Y, si era día de fiesta, el mercado era la sede seleccionada.

Para los nativos, ir al tianguis era placentero, pues cómo no: recorrían el mercado de pe a pa comprando, saludando y paseando. Los españoles lo encontraban fascinante, y claro, raro, como todo lo demás que implicaba la vida diaria de los indígenas. Así que nada nuevo bajo el sol: aquí y casi en cualquier lado, el mercado es donde nos reunimos y donde se da vida a la vida cotidiana en sí. No importa si el mercado es un tianguis prehispánico o un mercado gourmet.

 foto: Cecilia Renard

foto: Cecilia Renard

Mercados, mercaditos y mercadotes

¿Cuántos tipos de mercados puede haber? Los mismos que productos para vender. Tal vez en esencia todos son iguales, en sus dinámicas bastante parecidos o en sus ofertas casi homogéneos, pero hay pequeñas diferencias que los distinguen y los hacen únicos.

El mercado fijo, para empezar, es aquel que, obviamente, se encuentra en un edificio o área destinada para ejercer la actividad de ser mercado todos los días. Es permanente, a diferencia del mercado sobre ruedas, tianguis, farmer’s market o mercado de productores, que durante uno o dos días a la semana toman una calle o plaza pública y la convierten en el mercado que da servicio a la zona. (Recomendación: si andan por la Riviera Nayarit un domingo, dense una vuelta al Mercado de la Cruz, en la Cruz de Huanacaxtle: un mercado de todo tipo de productores, con el mar y veleros como escenario principal). O los días de plaza, cuando la gente de los alrededores (no siempre cercanos) vende sus productos en un espacio improvisado (o camioneta) afuera del mercado. Hay mercados centrales mayoristas o de barrio, mercados de artesanías o mercaditos hippies. Y no olvidemos los mini-mercados, o fruterías, los hipermercados, como un Costco, y los supermercados, que ya conocemos de sobra.

También hay mercados flotantes; lo hubo en Tenochtitlan y todavía hay en Indochina (Tailandia, Vietnam, etcétera). No hay ciencia (pero sí mucha diversión): los vendedores viajan sobre balsas mientras ofrecen sus productos a otras balsas o a quienes compran desde las orillas. Nosotros sólo llegamos a trajineras con mariachis, tacos o cervezas.

Los mercados de pulgas, o bazares, que casi siempre son al aire libre, durante el fin de semana, y venden artículos demasiado diversos, muy baratos y muchas veces usados. Los de antigüedades, en cambio, también venden objetos usados, pero de mayor valor.

Los mercados de tránsito están en los puertos y fronteras, al igual que los del mar, de donde parte todo el marisco y pescado fresco hacia el interior de los países; mercados de origen, les llaman, y son donde se efectúa la primera venta de los productos agrarios, ganaderos y pesqueros. Éstos son un tipo de mercados de especialidades, con su gigantesca variedad de lo mismo; flores, animales, pescado; Jamaica, Sonora, San Juan. Y ni cómo olvidar los mercados de especias, en Medio Oriente, donde los colores son tan mágicos y variados como los males que curan sus polvos.

Hay alhóndigas, que son almacenes privados donde se subastan los productos, y lonjas, que son más bien municipales. El mercado persa es de lo más variado –desde alimentos frescos hasta electrodomésticos–, los ahora prolíficos mercados gourmet, en donde el énfasis se da a la calidad y origen de los alimentos, sin importar precio, y son la mejor opción para ir a comer todo tipo de comida menos de mercado. También está el mercado negro, con toda su ilegalidad tan cotizada, y los mercados segmentados por los mercadólogos... Pero éstos quedan para otro día.~