1994

 

por Luis Reséndiz

foto: Carlos Castillo, aparecida en ‘Los tacos de la afición en México’ (Vice)

Una de las características que definían a mi padre era el magnetismo que parecía ejercer sobre el fracaso.

Ésa, por supuesto, sería una explicación amable: fuerzas más allá de su comprensión llevan a un proverbial buen hombre a la ruina. No sólo es amable, no sólo exime de las responsabilidades; también lo convierte en una especie de personaje trágico, un Job que acepta la dolorosa voluntad divina con los hombros encogidos y los brazos heridos por la lepra. Un Josef K. de la colonia popular, otro más, sometido a los incomprensibles valores morales de la corte.

Pero esa explicación no es precisa y tampoco justa. Sería más responsable decir que las desgracias que vivió mi padre fueron poco más que las consecuencias de sus actos. Decidido a comenzar su independencia económica a los cuarenta años, tras varias décadas de ser empleado con salario fijo, de un día para otro renunció a su trabajo como gerente de una compañía de material de construcción y decidió acometer una serie de iniciativas que parecían homenajear a la futilidad. Entusiasta de las malas ideas, adalid de las causas perdidas, defensor a ultranza de lo desproporcionado, mi padre osciló durante varios años entre los tropiezos y el fracaso. Cada uno de esos topes repercutía con fuerza de erupción volcánica en el refrigerador familiar. Con todo, nunca abandonó —ese tesón hay que reconocerlo— su anhelo cumbre: una taquería. No un puesto genérico de tacos, sino una romántica serenata gastronómica al equipo de sus amores: el Cruz Azul.

 
© Carlos Castillo / Vice

© Carlos Castillo / Vice

 

La idea era más o menos así: un remolque —un food truck, vaya, antes de que los food trucks se pusieran de moda— llamado concisamente La Máquina que, colocado de forma estratégica en el malecón de Coatzacoalcos, sirviera tacos de cabeza de res. El giro del concepto, el dichoso diferenciador, no sólo se encontraba en la parafernalia del equipo que decoraría el vehículo, sino en el color de la carne, que se antojaba jugosa desde que la imaginamos: un azul logrado mediante avanzadas técnicas de coloración de alimentos que mi padre afirmaba tener bien estudiadas.

Mi jefe no era muy bueno haciendo negocios, a decir verdad.

Lleno de ímpetu pero sin un quinto, mi jefe comenzó por lo más sencillo, por lo que no costaba dinero, por aquella parte del proyecto que era puro goce y puro sueño: diseñar el camión. Por aquellos tiempos yo había mostrado alguna propensión hacia el dibujo, actividad que ejercía con pasión y empeño pero sin talento, así que a botepronto no parecía mala idea encargarme la creación del logo del camión, mucho menos cuando el presupuesto era pírrico. Mi entusiasmo infantil no vislumbró la inverosimilitud de la misión, y acometí la faena con un entusiasmo que superaba por mucho mis habilidades para ejecutarla.

Fue así que, tras noches en vela y algunas decenas de puntas de lápices caídas en batalla, concebí una locomotora de rostro fiero que avanzaba a toda velocidad con un balón enfrente, como si la estuviera conduciendo cual Carlos Hermosillo a través de un césped esmeralda. No era ningún secreto que la génesis de la creatura había sido fuertemente influenciada por los cerdos y pollos antropomorfos de los rótulos de las taquerías y rosticerías locales. Esto importaba poco ante mis ojos y aun menos ante los de mi padre, quien recibió el precario dibujo con orgullo de campeón del mundo.

De alguna forma que mi mente infantil no alcanzaba a explicarse —aunque tampoco reparé mucho en ello: ¿quién se atreve a preguntar cómo se materializa un sueño? —, mi padre consiguió dinero para comprar un remolque. Así, de la nada, una mañana apareció el remolque estacionado frente a nuestra casa. Usado, pero macizo.

Una vez que un hojalatero amigo le prestó un servicio completo a cambio de una intangible parte del negocio, la lámina de la Máquina brillaba, impoluta. En su inmaculada superficie de pintura de aceite podía escribirse un futuro menos jodido que el presente. Y en ella, en esa hoja metálica en blanco, dibujado casi como un fantasmal calco a lápiz, aparecía mi ferrocarril: enfurecido, veloz, empujando un balón hacia la victoria. El irrefrenable avance de aquella locomotora era vigorizante. Conforme uno pasa tiempo en la tierra, aprende que la esperanza encuentra formas extrañas de encarnarse. A mí se me apareció en forma de una posible taquería.

Pero, a diferencia de lo que creen los idiotas y los mezquinos, nunca una familia ha podido salir del paso de una macroeconomía destrozada. Ése sí es un tren poderoso. En aquel sucio 1994 —así se presenta ese año en mi memoria: sucio, lleno de manchas, como si un vendedor de periódicos hubiera manoseado una reluciente taza de porcelana para abandonarla después en una mesa— bastó una reunión de los integrantes del Pacto de Bienestar y Estabilidad Económicas para que la ilusoria apariencia sólida del peso mexicano se desvaneciera. Con ella desapareció también toda posibilidad de inversión, todo sueño emprendedor, y toda posibilidad de debutar como rotulista. La ilusión de oír pitar a La Máquina, a mi Máquina, se desmoronó, y a Cruz Azul lo eliminó el pinche América en cuartos de final. Ya no alcanzaba ni para comer en una casa donde el refrigerador nunca estuvo rebosante.

Ante la ruina, mi padre, permanentemente negado a volver al yugo del salario y la jornada de ocho horas, nos arrastró a una crisis financiera de la que casi no salimos. Mi madre lo abandonó y me llevó con ella, y poco a poco los escasos bienes que poseíamos pasaron a manos de bancos, acreedores, amigos prestamistas, hojalateros que buscaban recuperar su inversión. El remolque fue uno de los últimos en irse.

La última vez que vi a mi padre, en una de esas forzosas y forzadas visitas que ocurrían de forma cada vez más espaciada, el remolque seguía estacionado ante la casa, con los rines oxidados, la pintura descarapelada, el trenecillo engendrado por mis lápices cubierto por una gruesa capa de mugre y arena y expectativas. Mi jefe y yo comíamos unas papitas sentados en el zaguán de la casa en silencio. Mi padre miraba a su remolque con ojos cada vez más grises. Los minutos pasaron como ferrocarriles vacíos frente a nosotros. Ya nomás veíamos el polvo que levantaban los autos en la calle.~