La promesa del vino fácil

 

texto e ilustración: Pablo Duarte

Qué gusto, el vino sin iniciativa. El vino así, como si nada, envasado en botellita de vidrio y sellado (con corcho, taparrosca o corcholata), cual si fuera una versión más jactanciosa. El vino que, cuando sale del casco verde, suena igual y mancha como cualquier otro la ropa y los manteles. Ese vino que no quiere ser abierto como cabrito ante el carbón, como expediente judicial ante el proceso: un brebaje contento de guardar secretos torvos. Qué gusto el vino así, al que en otro momento bien podríamos llamar barato. Disponible e invitador, como partícipe de la versión más ordinaria que ofrecemos: el vino que nos sabe insoportable y se queda.

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Da gusto el vino así, porque provoca. Parece francote y voluntarioso, una hoja en blanco, una posibilidad. Permite lo que, por fuerza de costumbre, ha parecido imposible: hacer caso omiso a la etiqueta. Tal vez fue por mi escuálido carácter que jamás, hasta alguna tarde anónima, me habré atrevido a quitarle al vino en general –al concepto vino– la copa dorada, el mantel verde, los guantes blancos. Tardío bebedor y malo, guardaba para el corcho la reverencia de la comida sacra: el vino se toma en copa de cristal, se bebe la botella completa y no se mezcla. Esa última cláusula es la que importa: porque de un tiempo acá disfruto de hacerlo. Aunque ya el vino ya es mezcla, aun así disfruto el añadido, la combinación que borra toda traza de etiqueta.

Nunca he sido asiduo del clericot, mezcla institucional y casi postre; tampoco de esa variante del verano que es el calimocho. (Pero cada quien.) Alguna vez intenté el vino tinto con agua de limón y no fue ingrato. Pero el experimento, que no tuve el gusto de que fuera exaltado y adolescente, fue casi accidental y duradero. De a poco, una sorpresa. Quizá, por ejemplo, habrá sido una insinuación sin intenciones. Una copa sin vaciar, a medio trago, una nueva botella abierta y un gesto, ya decíamos, poco urbano, impensable hasta ese momento. Esa primera mezcla, fortuita, da pie a una serie de promesas y a la responsabilidad de hacerlas cumplir.

No he llegado al punto del bebedor furtivo que arrebata tragos abandonados en las fiestas, pero confieso que siento el golpe de la culpa cuando lavo las copas al final de la jornada. El vino mezclado, el desmadrito irreconocible y difícil de nombrar, lo disfruto por partida doble: porque el resultado es, sin importar qué vinos vayan a parar a esa alquimia, insospechado. Y también porque para que la mezcla tome efecto hay que haber abierto por lo menos dos botellas. Cuando aparece el gusto por ese buche de los dioses hay, digamos un camino recorrido, una convicción. Y el vino insinúa cosas. Recuerda este mejunje lo sabroso que es falsear, el gusto por ser lo que no somos, el placer del fingimiento, la tomadura de pelo. Porque el vino, cuando no ha pasado por este trato indigno, es todo unidad y convicción en la correcta descripción de sus compuestos. La uva tiene nombre y porcentaje y el proceso se guarda con recelo. Este otro, este vino amoroso e intemperado, es más bien todo lo contrario: sorpresa pura, a veces vinagrito y otras más solo abandono y compañía.

Qué gusto por el vino así, el vino que, dicho con un vocablo harto insinuante, se presta.~