En defensa del supermercado

 

por Alonso Ruvalcaba

Nada se crea en el vacío; todo (pero todo) es parte de una cadena de sucesos; todo puede verse como una solución de un conjunto de fuerzas: acción-reacción, interacción, presión, empuje, inercia. Grandes y pequeños cambios sucedieron en la primera mitad del siglo pasado que liberaron el trabajo del ama de casa. Hay una suerte de ‘revolución del electrodoméstico’, de cuya línea cronológica se puede extraer algunos hitos: el primer refrigerador casero en 1913, perfeccionado a su forma más o menos actual (o sea: vertical, cerrado con sello hermético) en 1925; el primer tostador vertical en 1919; la primera lavadora y escurridora eléctrica hacia 1935; la primera cafetera automática en 1952. El poder del patriarcado jalaba a la mujer hacia la casa, pero la fuerza del mercado empezaba a aflojarle el grillete de la cocina, el lavadero, la plancha. Es innegable que, incipientemente, la mujer se encontró con algo más de tiempo en las manos; y ese tiempo tuvo que ser un respiro: respiro para el ocio, para la lectura, para hablar con otras mujeres, para comparar la vida sexual propia con otras vidas sexuales, para considerar el divorcio. Es muy poco –no me engaño–, pero es una semilla en el plantío de la sedición.

99 Cent, Andreas Gursky (2001)

99 Cent, Andreas Gursky (2001)

El supermercado tuvo un cierto papel en ese cambio. Antes de su existencia había, principalmente, dos caminos: la pequeña tienda especializada o la plaza o mercado tradicional. Por aquí: recauderías, pollerías, carnicerías, panaderías, queserías, tortillerías, cada una por su lado aunque a veces agrupadas más o menos cerca unas de otras. (En algunos barrios sobrevive este acomodo. En el DF, piensen en la colonia Obrera, sobre Bolívar, más o menos entre Fernando Ramírez y José María Bárcenas.) Por allá: tiendas de eléctricos, ferreterías, papelerías, farmacias, a veces agrupadas por gremios. El supermercado contribuyó a resolver un enorme problema de conveniencia: los juntó a todos en un gran espacio. Fue una ferretería, papelería, farmacia, tienda de ropa, tienda de animales domésticos (el primer Gigante, en Mixcoac, tenía 64 departamentos), y fue, naturalmente, un mercado o una plaza cuyos sistemas de refrigeración y congelación facilitaron el almacenamiento de comida hasta lo inimaginado. Combinen esto con el desarrollo del refri doméstico y su respectivo congelador, que llegó un poco más tarde, y ya tienen un superpoder casero: el de salir a hacer las compras un solo día de la semana, en un solo lugar: un día y un lugar en que se podía incluir la compra de ropa, útiles escolares, vasos, focos. En nuestra constante búsqueda de culpables, en nuestra incesante romantización del pequeño productor, a veces se nos olvida que el supermercado es un gran agente de conveniencia, y la conveniencia engendra tiempo libre, y el tiempo libre es tiempo para la mente.

(Ya sé que el supermercado es una solución que ha traído una serie de problemas. Pero 1. todas las soluciones son madres de problemas y 2. éste es un elogio, no un diatriba contra el supermercado.)

El supermercado es conveniencia pero también es variedad, riqueza. Tal vez una característica para distinguir un buen supermercado sea el acomodo de su producto. En órdenes piramidales o cilíndricos de latas, en interminables hileras alargadas de tetrapak, en potentes camas de hielo, en bolsas dispuestas dentro de congeladores coloridos en una distribución que no es aleatoria. El gerente de un supermercado, cuando toma estas decisiones y es brillante, es un bibliotecario pero también un preservador de alimentos, un amo del inventario, un diseñador de espacios y un buen vendedor. Hay un orden aquí y ese orden responde a la necesidad de vender, a la necesidad de vender ciertos productos antes que otros (PEPS se llama este sistema: primeras entradas, primeras salidas, en el cual la fecha de caducidad es reina y señora), a la manipulación inteligente del gusto y el interés del consumidor y al instinto o flair artístico.

En todo ecosistema capitalista, la variedad propicia competencia y la competencia, a su vez, es motor de la creatividad. En el supermercado también. Volvamos al acomodo de productos. En condiciones de igualdad, el gerente trabaja sobre una paleta. La paleta está provista por el diseño del empaque del producto. Esto ha significado una competencia feroz, engolosinada, de diseñadores por ganar un lugar en el gran lienzo del display del supermercado. Empaques enriquecidos de mil maneras, soluciones ingeniosas para dar información atractiva o para ocultar información que puede ser contraproducente: la posibilidad de que el comprador tenga frente a sí un amplio número de opciones de marcas de leche, digamos, ha mandado al carajo (o a la tienda hípster o vintage o de curiosidades) la botella de vidrio de lechero, pero ha favorecido una industria de diseño de empaques, y por supuesto una industria de creación de productos para ser empacados. Los diseñadores necesitan nuestra atención. Muchos de esos productos desaparecen después de unos meses o semanas, otros sobreviven. Todas esas Pepsis muertas en el intento, todas esas variedades de Skwinkles que no han podido destruir un diente infantil, son ensayos, borradores de productos que consumimos fervientemente. Hace muchas décadas las donas Bimbo se vendían una por una; el encargado de la miscelánea las colocaba en una charola, con la azúcar aparte; el consumidor las endulzaba a voluntad, bajo la vigilancia del tendero. La llegada del supermercado coincidió, naturalmente, con la sustitución de ese sistema por uno en que las donas venían empacadas en grupos de cuatro, endulzadas con la cantidad de azúcar exacta. Dirán lo que quieran los nostálgicos de estas cosas, si es que queda alguno –que yo sepa, la última persona que recordaba este detalle era mi abuela, y murió hace dos años, cuando cumplió cien–, pero el empaque de las donas Bimbo es un triunfo del diseño mexicano. Un elogio del supermercado tiene que considerar su fuerza motriz creativa.

(Dos cosas entre paréntesis. Uno: el acomodo de PEPS funciona en filas hacia el fondo del estante, no en hileras horizontales o columnas; esto quiere decir que el nuevo producto, la entrada más tardía, va hasta atrás en la fila; la entrada más antigua es la que queda al frente de la fila, a la vista del consumidor final. Dos: ojalá existiera un museo del producto fallido. Hay tantos!, y tantos son tan bonitos!)

Lo siguiente es una consecuencia natural de lo dicho arriba: como toda industria humana, el supermercado puede ser hermoso. Artistas visuales de cualquier índole han recuperado esa belleza. La escena más emocionante de Cuando sólo el corazón ve (A patch of blue, 1965) es aquella en que la chica ciega, Selina, y su amigo Gordon –ella blanca, ciega; él negro, dispuesto con todo a sacarla de su miseria– pasean por los vastos pasillos de un súper: la mera enunciación de los productos que desfilan por los pasillos lleva a poesía. Gordon debe declarar qué productos tienen enfrente, como ayuda auditiva para su amiga, y de pronto la imaginación estalla: “Sopa de espárragos, chili, tomate, pollo, minestrone, almejas, cola de canguro…” El supermercado de Educando a Arizona (Raising Arizona, 1987) de los hermanos Coen es más bien un laberinto bien pensado para el delirio de la persecución al estilo Looney Tunes. Aquí, toda la fuerza del espacio –esos pasillos interminables– parece luchar a favor o en contra de Hi, el protagonista, en medio de su estúpido asalto al súper. La variedad del supermercado es una escalera para el humor. O recuerden 99 cent de Andreas Gursky: ahí la variedad del supermercado es menos poética o humorística que abstracta, aplastante. El supermercado de Gursky es más un mar colorido, simétrico, deliberado. La vastedad de 99 cent es oceánica. Un elogio del supermercado debe considerar su aporte visual al arte de nuestros tiempos.~