#EspeciasMenores: Por un pedacito de madera

 

texto e ilustraciones: Pablo Duarte

Sucedió en la preparación de un taco ajeno. Tendrían que haber estado ahí. Una cocina, cuatro hornillas, dos sartenes. Los ingredientes de dicho taco ajeno: un chile güero; una tortilla generosa; unos gramos –100, 50, los que quepan dentro del chile güero– de marlin o atún ahumado; una tira de tocino; otros gramos –50, 25, los que quepan dentro del chile güero que ya tiene unos gramos de marlin– de queso manchego; un gajo de aguacate; cebollita picada en rodajas. Con eso extendido sobre una tabla de picar y un par de platos, comenzó la confección del taco ajeno.

Nada extravagante: juntar piezas para hacer transformar al ingrediente principal en un obús listo para el fuego. Pero qué indecencia ofrecer una receta –quién soy yo para hacerlo. Tendrían que haber estado ahí: todo iba empíricamente bien. No había autoridad mayor que la inexperiencia y la intuición. Llegó el momento de hacer del tocino serpentina, envoltura que contuviera los ingredientes todos –el tocino vinculante de partes independientes, egoístas. En eso iba el taco ajeno cuando la serpentina de músculos ventrales del cerdo rehusó realizar su labor: era un chile güero retacado de marlin y queso por un lado, y una tira de tocino por el otro, friéndose cada uno por su lado en un mismo sartén. Hacía falta un ingrediente.

 
 

El palillo tiene la asombrosa fortuna de ser herramienta tan antigua que parece anteceder a la historia. Están por ahí, en las excavaciones de asentamientos humanos; no sería raro que homínidos inquietos habrán ya descubierto las virtudes de un pedacito de madera afilado para picarse los dientes. Los cráneos más antiguos ya tienen hendiduras en los dientes. Tendríamos que haber estado ahí: hendiduras causadas por una multitud de hipotéticas acciones; entre ellas la más convincente es el uso y abuso de este instrumento de hueso o de madera. Sin la posibilidad de zafarse la hebra de carne entre dos dientes con la lengua, sin posibilidad de quitarse el pringue por los mordiscos a la grasa, el recurso obvio es el palillo. Y luego, si uno lo piensa un poco más, qué somera y definitiva analgesia la de masajear una encía inflamada o una muela cariada con una rama suave, palillo en ciernes.

Más antiguo que la historia, y más presente. Todos evitaron el disgusto de una uña hurgando entre los dientes con un certero palillo de madera. La jerarquía incluía al palillo. Nerón usaba de plata –se consigna su arribo a una fiesta con uno en la boca. El rey Carlos I de Inglaterra ostentaba el suyo de oro y con funda en dos partes enroscables para nunca perderlo. Incluso mientras estuvo en la cárcel –cautivo de los hombres de Cromwell–, retuvo la posesión de esta escueta herramienta. Resisten el paso del tiempo en las salas de museos pequeños estuches, incluso un cerdito de plata con agujeros en el cuerpo para sostener palillos propiedad del contrabandista John Bull.

 
 

Y durante el siglo XIX los palillos tuvieron de su lado a uno de esos personajes poco mentados pero cruciales para confeccionar el retrato de la actualidad. El gringo Charles Forster, admiró la dentadura de los pobladores brasileños y su incesante recurso del palillo entre los dientes. Pensó, industrioso y verdadero natural para el negocio, en cómo producirlos en masa y venderlos en su país natal. Logró patentar una máquina cortadora y mediante el uso de falsos clientes, confeccionó una demanda donde nunca la hubo. Hasta el punto que tener un palillo entre los dientes, como un buen sombrero o guantes de telas respetables, se volvió asunto de ostentaciones. De entonces hasta ahora, el palillo es convidado modesto, casi invisible: está listo para ayudar a pescar una aceituna entre decenas en un caldillo o para, gracias al aditamento que abulta uno de sus extremos, agitar los componentes de una bebida entre hielos. Y es que eso: es una herramienta que de tan minúscula parece no serlo. Una herramienta que se da por hecho, una por la que se podría ofrendar el reino entero a cambio de que cumpla con su función discreta pero indispensable.

La promesa había sido hacer un taco de chile güero relleno de marlin y queso envuelto en tocino acompañado de aguacate y cebolla y por no considerar que al breve palillo, la promesa permaneció incumplida.~


#EspeciasMenores es la columna de bellas pequeñeces del escritor Pablo Duarte en HojaSanta. Síganla acá.