La historia de Ötzi (y lo que traía en la panza)

 

por Pablo Duarte

Un hombre comió prosciutto primitivo. Claro que él no lo habrá llamado primitivo, mucho menos prosciutto, pero es un hecho que le clavó el diente un buen trozo de carne curada. Y saberlo, que ese hombre en particular haya comido una versión algo fechada del speck tirolés, sólo aumenta la fascinación. Antes, no mucho, habrá bebido agua fresca –directa de algún río– y horas antes masticó una especie de pan de salvado. Todas estas son informaciones fascinantes, ni duda cabe.

Este comensal fue hallado por dos turistas alemanes a quienes envidio sin descanso en la frontera entre Italia y Austria en septiembre de 1991. Bautizado más tarde como Ötzi, lo hallaron medio atrapado en la nieve. En ese momento nadie sabía que había comido aquel prosciutto del pasado; para saberlo tuvieron que pasar años de estudios, alta tecnología y mucha fábula.

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La historia de Ötzi tiene tiempo fascinando multitudes. Radiolab, el podcast de la ciencia y los efectos de sonido, fue el vehículo en mi caso. Ese cadáver tirolés no era alpinista contemporáneo sino un hombre preservado perfectamente por una serie de casualidades afortunadas –climáticas, geográficas, topográficas, anatómicas– desde el instante posterior a su fallecimiento hace cinco mil y tantos años. Ötzi ya estaba subiendo y bajando colinas alpinas cuando en Egipto aún no había pirámides.

La suya, convengamos, no es una historia propiamente gastronómica pero el estómago es crucial. El estómago de Ötzi, claro está. Años de obsesión y estudio sobre este espécimen impresionante han revelado detalles sorprendentes: el hombre del Tirol usaba calcetines de pasto, tenía tatuajes detrás de las rodillas y en la nuca, confeccionaba flechas, tenía una herida honda en la mano que intentó curar con hierbas y murió asesinado por la espalda.

El detalle del prosciutto es una de las pocas novedades en este misterio milenario. Resulta que lo que los científicos analizaban como si fuera el estómago era en realidad el colon: Ahí hallaron –los verdaderos detectives forenses– una serie de alimentos: carne de venado y algunos panes hechos de granos que creían era la última cena del cazador. Hallaron tiempo después el estómago alojado en la cavidad torácica y ahí estaba el prosciutto. Carne curada de íbice, y un buen pedazo, además de algunos otros complementos. Según dedujeron los doctores no había pasado una hora de la ingesta cuando un flechazo por la espalda le cercenó una arteria principal y habría muerto en minutos. 

Jim Harrison, poeta, novelista y crítico gastronómico de apetitos de Godzilla, escribió alguna vez que “Todo lo vivo termina hecho una especie de mojón”. Casi todo. El conjunto de cuero y huesos bautizado como Ötzi esquivó esa sentencia. También lo hizo, disculparán ustedes el escarceo escatológico, el bolo que terminó de masticar media hora antes del ataque artero. Al salvar ese destino de mierda sabemos lo más elemental –que un hombre comió prosciutto primitivo– pero también intuimos lo complejo: que este ser tan distante usaba calcetines de pasto, se tatuó el reverso de las piernas, y el registro de esa cotidianidad final, de esas últimas horas tan parecidas a la nuestra está atrapado entre la lengua y los intestinos. Esta obsesión, como suele suceder cuando uno está capturado por el pasmo admirado, magnifica lo pequeño y deriva conclusiones sensibleras y aventuradas: qué peligro, qué compromiso cargo, que cargamos en la panza las últimas palabras, la crónica más verídica de nuestras últimas horas.~