Elogio de un pan muerto

por Alonso Ruvalcaba

 
Zylenia

Zylenia

 

Esto no es un mero ejercicio nostálgico. Es cierto que pudo haber sucedido hace cincuenta, treinta o diez años pero también lo es que, muy probablemente, seguirá sucediendo muchos más. Mas para hacernos una idea menos porosa digamos que es el final de octubre o el principio de noviembre de (tal vez) 1986; el escenario puede ser unas cuantas calles de una colonia céntrica de la ciudad de México, acaso la Roma. A eso de las siete de la noche papá, mamá y hermanitos salen a caminar bajo las luces incipientes del recién inaugurado eje 3 sur –es decir: Baja California– desde Monterrey hasta Insurgentes. En la esquina hay un surtidor de gozo, Panificadora La Espiga, que sobrevive hasta estos días; en ese surtidor hay muchas cosas que permanecerán en la memoria de esas personas muchos años: hay pollos rostizados perfectos, hay medias noches rellenas de una delgadísima rebanada de jamón y otra igualmente delgada de queso amarillo, que se debaten entre ser saladas y ser dulces sin decidirse nunca, hay bigotes, chilindrinas, conchas… Pero hay, en estos días de octubre o de noviembre, una delicia impar: el pan de muerto.

El de La Espiga iba así: un domo de masa amarilla de acentuado sabor a huevo y mantequilla o tal vez manteca, cubierta con una costra a su vez cubierta totalmente con azúcar y decorada con huesos estilizados de pan con forma “humana” y en la cima de aquel domo una cabeza también humana que no era más que una bolita de pan. Más que sabor, el pan de muerto aquel era textura: masa inflada inflada, extremadamente liviana, que cuando se sopeaba en leche o chocolate algo perdía de su enhiesta postura (se perdía, sí, pero era imposible no sopear); la cubierta del domo, hacia la base, se ponía durita; hacia su cima, se suavizaba; los huesos eran casi una galleta (la cabeza, también casi una galleta, era premio para el que la apartara taimadamente con un “¡pido la cabeza!” o, aún más taimadamente, la robara desde la bolsa saliendo apenas de la panadería; pero eso era una pequeña infamia).

Hay, por supuesto, otros panes de muerto –según variaciones regionales o sociales: en algunos lados tienen forma de animales, en otros, forma de personas; a veces con poca azúcar; a veces con menos huevos. ¿Pero será muy atrevido decir que el mejor es ese pan chilango? Ojalá que no.