Sylvia Plath, ama de casa

por Alonso Ruvalcaba

 
 

No es nada raro que, cuando se escribe de Sylvia Plath, se utilicen las palabras “odio” (en google: 471,000 resultados), “tragedia” (335,000 resultados), “misantropía” (51,800)… Su ciclo de poemas Ariel, su novela The Bell Jar, el final apresurado de su vida dan pie a ello. En cambio el nombre de la poeta no se asocia casi nunca a palabras más felices: chuletas de ternera, vino dulce, pay de uvas. Desfagamos ese entuerto.

Kate Moses, la autora de Wintering: A Novel of Sylvia Plath (2003), ha dicho que su poeta era “más marthista que Martha Stewart”, esa suerte de ama de casa preternatural de la cultura gringa, a la hora de describir con detalle hiperrealista los planes para la cena, los ornatos en los muebles, los bordados de las cortinas. Ese minucioso trabajo doméstico le servía –según deja entrever su esposo, el poeta Ted Hughes– para aplazar la chamba “verdadera”: escribir, pensar, dar clases. Y tenía razón, como se ve en una entrada de 1957 del diario de Sylvia en que la frustración de no poder escribir y enseñar al mismo tiempo resulta en un “viernes de batir aceite amarillo en yemas amarillas para hacer mayonesa, azúcar blanca en claras de huevo para hacer merengue, mantequilla amarilla en natilla amarilla, de incorporar crema batida a una natilla blanca y amarilla, y más y más y más”. Por las mismas fechas Plath planea un cuento de cocinera fassbinderiana: una mujer sin esperanzas que encuentra un único solaz: cocinar un pastel cada hora de una medianoche a la siguiente. (El cuento, que al parecer no se logró, se llamaría The Day of the Twenty-Four Cakes.)

 

Pero no nos engañemos con la impresión que deja el párrafo anterior: Sylvia disfrutaba de veras de comer y cocinar. Hay una cena con un novio, Dick Norton, que la poeta describe intensamente: “tibias velas aguamarina, pez espada asado con crema agria, holandesa y brócoli. Pay de uva y helado. Y oporto filoso, dulce, bebido de golpe con un picor en los ojos que se relaja en risa sencilla. Y la larga y prosaica hogaza del pan de cada día…” Hay también una encendida devoción por The Joy of Cooking, el libro más importante de las cocineras gringas de su generación. En una carta a su madre (26 de abril, 1956): “Ted me enseña de horóscopos, de huevas de arenque… Hoy vamos al circo más grande del mundo. ¡Qué vida! Pero ¿podrías enviarme mi Joy of Cooking? ¡Es el único libro que extraño de verdad!” Y la doña no lo olvidó: sabemos que se lo llevó a España en agosto de ese año y que lo leía como si fuera “una rara novela” (cuando debería de “ponerme a estudiar a Locke”). Hay más en los diarios durante los años que le restaban: “engoladas” chuletas de ternera, sopa marina melvilleana “pura esencia de cebolla, trozos de pescado y papa y galletas yéndose a pique”, hay preciosos dibujos de fruteros, caviar negro, cangrejo…

Luego llegamos al fin de semana del 8 de febrero de 1963. La vemos –en los libros que escribieron los conocidos con que durmió en esos días– comiendo un filete el viernes “con enorme placer”; “sopa de pollo, bisteces con puré de papa con mucha leche y mantequilla y ensalada” el sábado; el domingo un muy tradicional almuerzo de “cordero o res, ensalada, quesos, postre, vino”. Después, ya en su departamento, como buena ama de casa, la vemos acostar a sus dos hijos, bajar a la cocina, cerrar la puerta, meter la cabeza al horno y matarse.

 

 

Sigan leyendo poesía: no tiene fin.


 

Y acá, un ensayo: Baking with Sylvia Plath.