¿Qué vas a comer hoy, Donald Trump?

foto por Stephen Lovekin

foto por Stephen Lovekin

 

Probablemente una pizza sin masa. He aquí una razón más para reprobar a Donald Trump; una razón acaso menos grave que su racismo, su xenofobia, su misoginia y su color naranja: sus hábitos alimenticios. “I love cheeseburgers”, dice, y en eso todos podemos estar de acuerdo con él. El amor de la hamburguesa es más grande que casi cualquier otro amor. Pero qué tal esta costumbre: “Sólo me como los toppings de las pizzas. Nunca la masa.” ¿No es una locura, un sinsentido, esta decisión? La masa de una pizza no es un agente o un vehículo del queso y el peperoni; el queso y el peperoni se unen a la masa en un abrazo inseparable y perfecto. “Me gusta See’s Candies” es una buena postura –sobre todo para un niño de ocho años–. “Me gusta el helado de vainilla con cereza”, también. “Me gusta el pastel de carne” no es una buena postura para nadie. “No tomo café, té o alcohol” sólo refrenda la idea de que este hombre está cometiendo algunos de los grandes errores de los que es capaz el ser humano.

Le gustan esas cosas, sí; también, con tenedor de chapa de oro, la carne roja –siempre bien cocida (Cosa rara para un señor que alguna vez le regaló al mundo una marca de filetes con su nombre. Lean las reseñas, son lo único bueno de Trump Steaks.) ¿Pero le gusta comer a Donald Trump? ¿Disfruta ese acto de tomar la comida con las manos, olerla, ponerla en la boca, sentir su textura, vencerla con la lengua y el paladar, masticarla? Según su hija, no. El tipo es una aspiradora en la mesa, y nada hay de gozo en su aproximación a los alimentos. “Es la única velocidad a la que sabe comer.” Ahí está, entonces, una razón más para nuestro repudio. Por si la necesitábamos.