#EspeciasMenores: Un agujero en el estómago

 

texto e ilustración: Pablo Duarte

Ya cansa tanta angustia. Pero persisto en el abuso del ingrediente. Como sucede con la ingesta del azúcar y el conspicuo gozo del alcohol antes de las dos de la tarde: prometo ya no hacerlo. Sin embargo, mientras llega el futuro en el que se cumplen las promesas, persisto. En la entrega previa concentré el gusto en el tema a la acidez cabrona. Ahora viene, quizá, el siguiente paso lógico: la úlcera mística.

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Un hueco en el estómago, como ojo, ventana del alma, resuma cursilería y vetustez. Los lugares comunes son así, holanes jactanciosos de su sabiduría. El estómago, según el diccionario de ideas de recibidas de Flaubert –esa compilación estupideces de su tiempo; sorprendentemente actuales–, es el motivo de todas las enfermedades. Y de todas ellas, el hueco me parece la más perniciosa y sobrenatural de todas las patologías que se incuban en la tripa.

¿Qué no provoca un hueco en el estómago? Cala hasta la felicidad anticipatoria.

El hallazgo es de Mary Roach. Por lo menos gracias a ella lo descubrí yo. La periodista gringa todoterreno hizo del tracto digestivo un gabinete de curiosidades. En Gulp –más de una docena de capítulos de periodismo, disculpen la mala gracejada, endoscópico–, exhibe detalles cruciales y constitutivos, exploradores anónimos y verdades contraintuitivas acerca del túnel de la alimentación. No sabía, por ejemplo, que Elvis murió casi seguro por complicaciones con la constipación masiva que le provocaba su megacolon. También me enteré, por decir algo, que a los gatos el sabor dulce no les hace tanta gracia y que un perro que come frenético y vomita es el equivalente al comensal que eructa de placer después del plato fuerte. Ahí aparece, en el capítulo cinco o seis, el hueco estomacal que más me importa.

Hueco en el estómago, espejo del alma.

Polvo será. Alexis St. Martin era canadiense, aguileño de nariz, cansado de mirada, trampero de profesión en territorios agrestes del norte de Estados Unidos, y víctima de la pólvora y la ciencia. No murió de un balazo en el costado, pero casi. Habrá querido hacerlo. Porque el tiro le perforó buche y pulmón, le provocó derrame de vísceras y la maldición de conocer al doctor William Beaumont. Médico del ejército, apostado cerca del lugar del accidente, el “padre de la fisiología gástrica” no le perdía el ojo al resiliente St. Martin. Abrevio: no murió, y la cicatrización, después de meses de emplastos y lavativas, provocó una fístula, un canal desde la superficie hasta lo profundo de la timba. Beaumont no perdió momento y engarzó su existencia profesional a la existencia a secas de St. Martin. Con un hilito de seda deslizaba alimentos y demás objetos de su curiosidad por esa escotilla. Se enteró de cosas que antes apenas se intuían. Ganó fama. No mucha fortuna. Le arruinó la vida a St. Martin, que, en cuanto pudo, se desafanó de sus investigaciones y se refugió en el anonimato boreal de su provincia canadiense.

La úlcera mística no duele propiamente. El hueco en el estómago no es equivalente a la daga, a la condición que requiere cirugía. Mística porque esa sensación parece anteceder lo trascendente Este hueco es más una conciencia del vacío: dentro del estómago, de por sí vacío, se forma un punto negativo que todo lo atrapa. Es el vacío condensado por la espera, por la incertidumbre; el vacío personificado del futuro. Un remedo de la nada, un contacto con el destino final: ¿qué otros lugares comunes sirven de sinónimo del hueco en el estómago?

¿Habrá estado impedido Alexis St. Martin, poseedor de una fístula gástrica, de sentir ese lugar común del hueco en el estómago?

El resultado de la observación y la tortura del trampero fueron papeles, cartas, y un libro publicado en 1833, Experiments and Observations on the Gastric Juice and the Physiology of Digestion. Otra idea recibida dicta que el sufrimiento es siempre mina de descubrimientos. Tengo mis reparos si St. Martin, encuerado y paciente, mientras el enésimo pedazo de carne era introducido directamente al estómago, habrá hallado trascendencia. Desesperación y aburrimiento, ganas de escapar, de huir; cualquier cosa habrá sentido, antes que nirvana.~