Últimas cenas en la crujía del hombre muerto 

 

por Alonso Ruvalcaba

Claro que el arte vuelve una y otra vez al asunto de la última cena. Todo en ella está cargado de símbolos. Sangre, cuerpo, traición, comida, canibalismo y ese brindis como de fin de los tiempos (o simplemente malacopa): uno de ustedes me venderá, no vuelvo a beber, nos vemos en el otro mundo. Una y otra vez, vuelve en clave de horror o de repulsión, como en estos dos paneles de Natalia Nesterova (Rusia, 1944), en los que encontramos partes equivalentes de lo trágico –el paisaje al fondo, surcado ya por negras aves infaustas– y lo grotesco –Jesús y sus discípulos, con los rostros igualados como máscaras fúnebres–:

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O en ese tal vez desagradable fotograma –Viridiana (1960) de Buñuel– que famosamente escandalizó a los sacros corazones del franquismo:

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Pero este texto no trata de esas últimas cenas, que pueden abarcar muchos libros, sino de últimas cenas más modestas aunque igualmente trágicas: las cenas de los condenados a muerte.

Nadie no ha sentido el impulso de imaginar su propia última cena –“si mañana te fueran a ejecutar ¿qué pedirías?”– pero pocos tienen oportunidad de pedirla en serio, y todavía menos, de fotografiar las últimas cenas de otros. De estos fotógrafos, por sus características ya que no por su momento en el tiempo, creo que habría que mencionar primero a Mat Collishaw y su serie Last meal on death row. He aquí un ejemplo:

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La primera vez que te acercas a esta fotografía es agradable por su composición y su cualidad de bodegón del barroco flamenco, no excesivamente diferente de, digamos, Jacob van Es (c. 1596–1666):

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Cuando la fotografía se pone en su contexto –últimas cenas, condenados a muerte–, una capa acaso necrofílica y sin duda escatológica se coloca encima de su belleza formal como un velo, y de alguna manera renueva la locución naturaleza muerta. La de arriba fue la última cena de Paul Nuncio, ejecutado en el año 2000: dos burritos y un melón.

Ésta es la de Billy Conn Gardner, ejecutado en febrero de 1995: hamburguesa con queso, papas a la francesa, un panquecito y una coca:

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La serie de Collishaw es de 2010. Él mismo preparó esas cenas, en su estudio; las extrajo del libro …Last meal de Jacquelyn C. Black. En ese libro, que no sé si llamar “de arte”, podemos ver la versión despojada, plana, literal, de la cena de Billy Conn Gardner:

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(Collishaw, claro, no es el único que ha intentado esta búsqueda fotográfica de emulación flamenca. Ejemplos: Marian Drew y algunas piezas de Alessandro Guerani; pero sólo Collishaw ha unido esa búsqueda a la última cena. Que yo sepa.)

La serie Last suppers (2004) de Celia A. Shapiro es lo contrario de flamenca, aunque algo tiene de barroquismo: se inclina por lo chillón, por lo feo, como un falso paisaje pegado en un muro de una jodida casa abandonada. Apropiadamente. Las piezas te hacen bajar la cabeza, recordando que el condenado a muerte tiene opciones limitadas para su última cena: no puede pasar de 20 dólares y, peor, no puede pedir alcohol. (Algunos han anotado similitudes entre estas fotografías y algunas piezas de la serie British food de Martin Parr.) He aquí dos ejemplos:

La instalación Final meals (2000), de Barbara Caveng con fotografías de Ralf Grömminger sobre cajas de luz, espacio para el mortal protocolo y un par de estaciones con las últimas palabras de los ejecutados, parece juguetona y al mismo tiempo no es herética: su juego es como el juego de un Guasón perverso y aficionado al arte pop:

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La serie Last suppers de James Reynolds (2009) está formada por contrapicadas estrictas, en estricto color naranja, austerísimas. Tal vez su propia austeridad las condena a la inexpresión –realmente no lo sé–:

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Todas las anteriores tienen la característica de ser fotografías; todas también la de ser lóbregas (aunque no necesariamente oscuras), inhóspitas. Se dirá que lo son casi por fuerza, porque no les queda de otra. La pintora Julie Green pide permiso para diferir. Su serie de platos pintados con últimas cenas ya alcanza los 450, y es una instalación curiosamente esperanzada o lúdica,

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aunque no todos condenados quieran comer:

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ni todos sus deseos puedan ser cumplidos:

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Son platos en los que ya están servidos los últimos deseos de hombres fantasmas. Tal vez no deberían estar colgados en la pared de la melancolía. Tal vez deberían estar en cocinas y comedores, cumpliendo su función de cada día.~