Con su limón y su salsita

 

Comida e idiosincracia lingüística mexicana

por Alfonso Anaya; foto: Claudio Castro

Hablamos constantemente de comida. En el metro en un parque en un café en una oficina hasta en un baño público hay largas conversaciones sobre un taco de chicharrón, una salsa roja tatemada o un aguachile de camarón. El descubrimiento de un nuevo expendio de comida sabrosa, la cuidada descripción de un pozole rojo y las sensaciones que produce en la boca, la recomendación asertiva de qué combinación elegir en la tostadería de un mercado, la confidencia de la mejor manera de elaborar una salsa verde, son asuntos centrales, recurrentes de nuestras conversaciones.

Un habitante atento, por no decir francamente chismoso, de cualquier ciudad mexicana no podrá dejar de notar la frecuencia con la que sus residentes conversan sobre temas relacionados con la comida. Si bien la comida como tema predilecto de conversación se repite en otras geografías y es adoptado por otras formas de ser –yo sólo he encontrado un interés similar por todas las cuestiones culinarias del día a día en algunas regiones de Italia– aquí me quiero enfocar en un rasgo distintivo de la manera en que lxs mexicanxs suelen describir comidas particulares, un rasgo que bien podría ser el más idiosincrático de todos. Es el extendido uso del posesivo para referirnos a los ingredientes o a las partes de un platillo: “… unos tacos al pastor con su limoncito, su salsita y su cebollita”, “… unos chilaquiles verdes con su crema, su queso, su huevito, sus frijolitos”.

 
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Antes de seguir hay que hacer una acotación. A falta de información estadística confiable y concluyente, me atrevería a adelantar, basado en mis más chabacanas observaciones cotidianas, que esta práctica lingüística encuentra su epicentro en la región del Valle de México. Esta manera de hablar nos dice algo importante sobre lxs mexicanxs: pone de manifiesto su gusto por rememorar platillos saboreados recientemente o hace tiempo, así como su tendencia a describir cuidadosamente sus ingredientes.

Puede ser más interesante preguntarnos si, además, esta manera de hablar revela algo importante sobre la comida. Quizás, solo quizás, detrás de esta práctica lingüística podemos descubrir un aspecto de la comida que, por alguna razón u otra, le ha sido revelado a lxs mexicanxs, y que ha escapado a la perspicacia de otras maneras de ser. Quizás lxs mexicanxs han descubierto algo importante sobre éstos, y le dan expresión mediante el curioso uso del posesivo en este contexto.

El filósofo oxoniense John L. Austin sostenía que un buen lugar para iniciar a una investigación sobre algún aspecto de la realidad es la recaudación cuidadosa de información sobre las diversas maneras en las que hablamos de esos aspectos de la realidad. Si uno está interesado en el fenómeno de excusarse por haber cometido un acto reprobable, habrá que prestar atención a las fórmulas lingüísticas que se usan comúnmente: “disculpa, no fue mi intención”, “perdón, fue sin querer” o “se me hizo fácil”. Las maneras cotidianas de hablar han sobrevivido el paso del tiempo y se han forjado generación tras generación. Hay buenas razones para pensar que son, por lo menos, expresiones útiles y quizás revelan algo profundo sobre la realidad que describen.

Ahora, echemos un nuevo vistazo a esa mexicana forma de hablar. Las comidas, para lxs mexicanxs, son muy diferentes de otros objetos particulares. A diferencia de un árbol (un objeto natural) o un auto (un artificio), las partes o ingredientes del platillo se atribuyen, mediante el posesivo, al sustrato-platillo. Mientras un árbol tiene hojas ramas y flores, una gordita tiene su crema, su lechuga y su salsita. Mientras que un auto está compuesto de un motor puertas llantas asientos y demás, un esquite viene con su mayonesa, su chilito y su limoncito. Quizás lxs mexicanxs han descubierto que la comida se asemeja mucho más a los individuos humanos que a los meros objetos naturales y artificiales. Cuando hablamos de personas podemos referimos a sus partes y atributos haciendo uso del posesivo: “sus ojos marrones, su cabello despeinado, su carácter irascible, su anticuado sentido del humor”. Dada la naturaleza de los individuos humanos, no es posible sustituir una de sus partes o atributos por otro semejante sin cambiar fundamentalmente a la persona. Sin embargo, es posible sustituir los neumáticos de un auto sin que esto haga mayor diferencia.

La comida se parece más a las personas que a los meros objetos: sus partes e ingredientes son íntimamente suyos. Los platillos individuales –una tostada, un consomé, un tamal– son creaciones particulares con individualidad. Que se puedan producir incontables tacos similares al que comemos en un momento determinado no significa que carezcan de individualidad. Usar otros ingredientes –otro pedazo de piña, otro ramito de cilantro– tiene como resultado un taco-individuo distinto, parecido al “original”, pero distinto. Un taco no es meramente la combinación de sus ingredientes o sus partes, es algo mucho más complejo, algo mucho más especial, algo mucho más particular.

¿Y todo esto qué consecuencias tendría? Reconocer que los platillos son parecidos a los individuos tiene resultados interesantes tanto para cocinerxs como para comensales. Desde este punto de vista, la producción de comida consiste en la producción de platillos individuales, con atributos propios y con personalidad. Sería mejor que dejemos de hablar de producción, aquí estamos más propiamente frente a la actividad de creación: quien cocina crea sus platillos. Su actividad creadora es análoga a la de un artista. Y esta sugerencia es consistente con que la naturaleza también es creadora en este sentido: una manzana o un brócoli pueden ser también creaciones culinarias –mentes escépticas harían bien en tomar en cuenta que el día de hoy pocos productos agrícolas no son también en parte creaciones humanas. Por otro lado, un comensal ingiere un objeto individual e irrepetible, el producto de la creadora-cocinera. El comensal debería considerarse afortunado de hacerse uno con una creación que se asemeja a una obra de arte: es un objeto creado que cuenta con individualidad y personalidad.

Quizás detrás de esta manera de hablar, hemos descubierto que la comida es una obra, que su creación y su ingesta son similares a las labores artísticas –de producción, y de recepción y crítica, respectivamente.~