Vino: hagan lo que quieran

 

por Alonso Ruvalcaba

El vino está cambiando todo el tiempo, como lo requiere una industria primordialmente creativa. Hace ya tiempo que la sola idea de restringirnos a unas cuantas reglas de maridaje o de servicio se sentía antinatural, pues en la naturaleza del vino está la variedad, la exploración, no las órdenes de los Patriarcas, pero la emergencia de nuevas regiones, nuevas formas de hacer vino, nuevos críticos, sólo ha profundizado esta sensación de libertad. La regla es que no hay reglas, dicen. Queremos liberarnos de las viejas maneras de beber vino. Ser libres de la nariz respingada, del vocabulario oscuro, de la estricta temperatura, de los precios impagables. ¿Por qué no podríamos?

 © Leilani Elderts / flickr

© Leilani Elderts / flickr

¿Cómo empezamos? Primero: con cocteles. Por supuesto están los clásicos calimochos, que son pura fiesta de cocacola y tinto, o los spritzers, que son nomás vino y agua mineral (más unas gotillas de bitters y un twist de limón o de naranja). En ambos casos piensen en tres partes vino, una parte del otro líquido. Luego hay montones de otras cosas que pueden hacer: shakeen algo de oporto con jugo de manzana (o sidra de Zacatlán de las Manzanas), y sírvanselo con hielos y menta; o avienten merlot a un vaso donde les quede un poco de whisky o bourbon, pónganle una rodaja de limón y unos hielos. A ver qué pasa. O vino tinto con Sprite u otro refresco de lima-limón: bienvenido, nomás échenle ahí unas rodajitas de limón amarillo y un par de fresas. ¿Quién no quiere fresas sopeadas en vino?  

Hablando de sopear, ¿han intentado sopear una baguet en un vaso de vino tinto? Háganlo, por vida suya. Entre más reposada la baguet, mejor. Uy, espérense. ¿Han mezclado lo que queda del café con lo que queda del vino al final de la sobremesa? Según yo, cuenta como coctel. Ah, y una cosita más: quien diga que sólo usen vinos chafas para mezclarlos con refrescos está loco o es un marro de aquéllos. Todos los vinos son solubles con otros líquidos (potables, tampoco se pasen). Háganse un agua de limón con chía y échenle una botella de un Gran Rosado y un montón de hielos para que vean que no miento.

La idea es la mezcolanza, el juego. Con los culitos de los vinos que quedan después de una fiesta háganse un nuevo vino, el coupage de la casa. Al fin que eso es exactamente lo mismo que hacen los enólogos de cualquier bodega. Tanto en las casas como en las vinícolas profesionales luego salen cosas buenas, sobre todo si mezclan vinos blancos con rosados con tintos. (Es raro que en mi casa alguien deje algo en las copas, pero, hey, lo he visto suceder en otros lados.) La idea es la variación, la inconformidad. Hagan lo que quieran, a mí me da igual. Y a ustedes debería darles igual lo que otros hagan también.~