Naturalezas Vivas

Por Jorge Pedro Uribe Llamas; 
Fotos: Pia Riverola
Dirección de arte: Orly Anan
Asistente en set: Miguel Ángel Solano Ortiz

 
 

¡Buenos días! 

Hola, Jorge, ¿cómo estás? Soy Alfredo, el que siempre te mandaba imágenes en Facebook para desearte buenos días. Yo mismo las diseñaba desde mi puesto en el Mercado de Sonora. A lo mejor ni siquiera me ubicas, y no creo que te acuerdes del día en que te borré y dejé de saludar. No importa. En el fondo sé que me vas a extrañar... ¡Me voy para siempre y muy lejos! Pero antes déjame decirte que esta foto que hoy apareció debajo de tu puerta y que ahora tienes en las manos es la primera de muchas que voy a hacerte llegar cada mañana a tu casa. Me despido, pero me quedo contigo hasta cuando Ochún lo desee. Hoy será un gran día, ¡disfrútalo intensamente!

 

Veinticuatro horas 

El Mercado de Jamaica vive y colea día y noche, diario. No descansa, como tampoco descansan las emergencias florales, no vaya a ser que una mamá o esposa, mejor un hijo o marido, lleguen a necesitar anturios o alcatraces o tulipanes o gardenias de madrugada para alcanzar la reconciliación, para la cual no existen horarios. En realidad la urgencia tiene que ver más con las coronas fúnebres, tristemente. Jamaica es uno de los cuarenta y pico de mercados que funcionan en hogaño en la delegación Venustiano Carranza, histórico camino entre México e Iztacalco, y está en Mixhuca, «lugar del parto». Sépase que para los nacimientos tampoco hay horas. Ojalá, eso sí, que éstos ocurrieran en martes o jueves, «días de plaza», cuando los floricultores ofrecen su mercancía de forma directa, lo que conviene más. Vienen sobre todo de Milpa Alta y Xochimilco, Morelos, Hidalgo y el Estado de México. También se encuentran aquí pececitos, cómo de que no, y plantas ornamentales y tierra y fertilizantes y macetas.

 

Ya todo es barrio 

Suena padre la palabra. Vende. Y se usa desmedidamente en últimas fechas, en las que todo se procura vender. Pero para que un barrio sea tal, se necesita normalmente de una iglesia, de preferencia parroquial y con un santo patrono. Que los vecinos se conozcan; para empezar que existan suficientes vecinos, los comerciantes-votantes del Estado de México que llegan y se van a diario no cuentan, tampoco los miembros del Cártel de Tepito. La Lagunilla no es barrio, ya no. Es un mercado y originalmente fue embarcadero hacia y desde Azcapotzalco. Además de histórica zona de tránsito y migraciones, del Palacio de Cuauhtémoc, de la frontera con Tlatelolco, del origen del Camino Real de Tierra Adentro, del recibimiento de virreyes que hacían una parada en Santa Ana, de la primera cigarrera. Barrio que deja de serlo con la ampliación de Reforma hacia el norte. Tiran abajo el Tívoli, se vacían los cafés de chinos, ya no hay mujeres en Cuauhtemoctzin ni Cuauhtemoctzin. Continúan cerrando las cantinas, aún en nuestros días (La Esperanza, El 33). Empieza a cernirse el fantasma de Airbnb. Sobreviven sin embargo los zapatos, los marcos, los muebles, las antigüedades, los disfraces. Sobre todo los disfraces. Y, sí, varios vecinos todavía, los cuales merecen una ciudad mejor gobernada, menos empantanada.

 

Un chisme 

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Ernest Pugibet fue alguna vez un francés recién llegado a la ciudad. Con una mano adelante y la otra ya se sabe dónde. Vendía cigarrillos en un carrito. La gente bien, esa provinciana casta capitalina (que también existe en la provincia), no lo aceptó tan fácilmente en su seno, mucho menos en el de la familia Portilla. ¡Un advenedizo ese ambulante! Y sin embargo al prosperar y convertirse en el principal empresario del país, digamos el Slim de la belle époque mexicana, no tuvieron más remedio que aceptar la propuesta de matrimonio que le hizo a la señorita Lupe. Este chisme lo conocemos por el engolado Alfonso de Icaza, quien remata en Así era aquello... (1957): «Años más tarde, cuando los hermanos Portilla fueron perdiendo su cuantiosa fortuna, ese francés (...) les dio trabajo en su fábrica de El Buen Tono a todos ellos». Sobrevive un busto en la Plaza de San Juan, que en verdad se llama Pugibet, y con justicia, si consideramos que a él debemos la construcción del templo de Nuestra Señora de Guadalupe del Buen Tono y la fábrica de cigarros, de la cual es un remanente la estructura del Mercado de San Juan, el de especialidades. En él podemos conseguir col y alcachofas, productos típicos de las tierras francesas.

 

Restos de un convento

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Era el más original de los conventos de la Ciudad de México allá por los años de su destrucción, los sesenta del siglo antepasado; tanto por su techumbre de dos aguas, la única que quedaba así en la capital, como por el claustro de inspiración mudéjar que por suerte aún conservamos en 2017 (se lo debemos al Dr. Atl, quien vivió aquí con Nahui Olin, y a Venustiano Carranza), lástima que casi nadie pueda visitarlo. Pero de la Merced no queda nada más. Si acaso el recuerdo, que no es poco y prevalece en la nomenclatura del barrio y del mercado, y un San Pedro Nolasco (que se quedó) de piedra en la esquina de Manzanares y Roldán. Claro, también las obleas de colores que ya no se transforman en el cuerpo de Cristo para los frailes mercedarios, pero ahora son la delicia de los antojadizos en el insigne mercado, lugar de encuentro, juguetes, dulces (en el Ampudia) y demás mercedes.