La carnicerÍa como arte

por March Castañeda

 
 

Hay que cortar la vena yugular con un cuchillo muy afilado y dejar que la sangre fluya libremente. Cuando las gotas rojas dejen de caer, se colocan grandes ganchos en las articulaciones y se cuelga al cuerpo cabeza abajo. Luego se corta la piel alrededor de la espinilla, el corte sube y termina en los genitales. Se saja un círculo alrededor de la cabeza de la cola; se desgarra la piel y se hace otra incisión hasta las entrañas, desde los genitales hasta el cuello mientras se tira de la piel hacia abajo. La piel debe retirarse por completo. No hay dolor.

Después se corta la cabeza, retorciéndola, usando un hacha pequeña. Luego se rasga la pared abdominal y se sacan las vísceras, con cuidado de no perforar los órganos internos. Se corta el hígado, se retiran los riñones, se separa el corazón. Nada se tira.

Se corta la cola y con una sierra de carpintero se divide al animal por la mitad, a través de la columna vertebral. Las patas se harán en vinagre, las piernas serán jamones, el lomo se hará filete, las costillas irán al horno, la piel se freirá en manteca, la pancita se venderá cara, y la cabeza terminará como queso de puerco o taco de carne al vapor con cilantro y cebolla fresca. La muerte se come.

La descuartización de un cadáver es una escena grotesca. Pero un taco de carnitas no lo es. Observar cómo el cuerpo de un ser vivo se convierte en comida puede ser un acto mórbido para muchos. Para otros no. La carnicería no es apetitosa, es un espectáculo incómodo, pero fascinante –para bien o para mal, según queramos verlo.

En una edición pasada de la Berlin Food Week, un cerdo y una vaca fueron despedazados en público y convertidos en suculentos bocadillos mientras un corrillo de gente se amontonaba alrededor del carnicero. ¿Fue una escena artística? ¿Un performance moralista? Quizá sólo un acto que acercó al consumidor con la naturaleza de su comida.

La carnicería es una estética inusual que intimida al espectador de muchas formas: lo enfrenta con la dicotomía de comerse a un animal mientras ama y domestica a otro en casa; le recuerda que su salchicha tiene un pedazo de hombro, que su sándwich tiene un trozo de pierna, y que lo más rico del taco es un ojo. Escenas como ésta nos regresan a casa del abuelo, donde la matanza y la carnicería de los animales era cosa de todos los días –o bueno, al menos de cada semana. Pero ahora lo vemos en un contexto distinto, con tintes elegantes y estilizados, como si fuera una obra artística a la que hay que aplaudir (aunque sea difícil concebirlo así).

Sin embargo, para muchos artistas la carnicería sí es un elemento para hacer arte. Estas son cinco escenas que han aparecido a lo largo de la historia.

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1. Pieter Aertsen, Bodegón con la huida a Egipto, 1551, óleo sobre madera, 115.5 x 169cm. Uppsala, University Art Collection.

De un lado cuelga una cabeza de cerdo, casi encima de la cabeza desollada de res, al lado de las salchichas, las pezuñas, la columna vertebral y las gallinas inertes. Este puesto de carnicero está profundamente ligado a la religión, al cristianismo específicamente, con su respectiva carga moral. La sociedad cristiana de la época se enfrentaba continuamente a la culpa de gozar de la carne, pues eso podría «poner en peligro sus almas». Aquí el artista quiso advertir al espectador sobre la distracción de la carne ante los deberes espirituales. Por eso, al fondo del puesto hay un grupo de fieles que se unen a la Sagrada Familia en su viaje a Egipto. Templanza y gula: la controversia del siglo XIV.

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2. Rembrandt, El buey desollado, 1655, óleo sobre madera, 94 x 67cm.  París, Louvre.

El sobrino y pupilo de Aertsen, Joachim Beuckelaer, fue uno de los primeros en enfrentar al espectador con un animal sacrificado que llena la totalidad del lienzo, aunque su pintura no fue vista en público –por su calidad controversial– sino hasta la década de 1920. Esta obra de Rembrandt, de casi un siglo después, recibió mucha atención artística luego de que fuera expuesta en el Louvre en 1857. Aunque poco se sabe de la intención de Rembrandt con dicha pintura, el brillante esqueleto de la res colgando en un cuarto oscuro no parece instar el deseo carnal, parece más una representación de sacrificio (¿como el de Jesucristo?) o una muerte que se venera.

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3. Chaim Soutine, Buey desollado, 1924, óleo sobre tela, 140.3 x 107.6cm. Minneapolis, Minneapolis Institute of Art.

El artista lituano Chaim Soutine estuvo obsesionado con el modelo del animal sacrificado desde 1920 hasta 1925, como se puede ver en su serie de diez pinturas de vacas sacrificadas. Su obsesión por usar carne en la naturaleza muerta surgió cuando, debido a problemas gástricos, se vio obligado a seguir una dieta estricta. Para hacer esta serie utilizó un cadáver de buey que guardó en su estudio por semanas, y del que extrajo un poco de sangre para colorear la pintura. Sin duda fue una violación flagrante a un tabú judío.

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4. Lovis Corinth, Matadero, 1893, óleo sobre tela, 78 x 89cm. Stuttgart, Staatsgalerie.

A mediados del siglo XIX los primeros mataderos industriales aparecieron en los Estados Unidos y en Europa, y con ellos muchas representaciones de carnicerías en pinturas. Entre éstas destaca esta orgía de rojo y gris, de Lovis Corinth, donde la sangre y la pasión fluyen libremente con la única intención de mostrar a las bestias como víctimas, asesinadas en masa. Es una forma mucho más pasional y subjetiva de representar a la carne.

Imagen por Roger Wooldridge ©Damien Hirst and Science Ltd. All rights reserved, DACS 2012

Imagen por Roger Wooldridge ©Damien Hirst and Science Ltd. All rights reserved, DACS 2012

5. Damien Hirst, A Thousand Years, 1990, vidrio, aluminio, silicón, MDF, cabeza de vaca, sangre, moscas, platos de metal, 207.5 x 400 x 215 cm.

Una cabeza de vaca dentro de un tanque de vidrio, cumpliendo obedientemente su destino: morir para ser consumida. Quién sabe si la carne de la vaca fue o no devorada en un platillo bienoliente, pero sus restos ahora son consumidos por los hambrientos del arte contemporáneo: la muerte bruscamente comprimida y convertida en un espectáculo. Tampoco se puede determinar si este híbrido de historia natural y reliquia es grotesco y provocativo, o sólo provocativo. Este memento mori que explora los límites del arte vale miles de dólares. Un taco de cabeza vale diez pesos. Pero en el taco no vemos a la muerte tan cerca, no la sentimos.

Más allá del simbolismo cristiano, del sacrificio animal –venerado o victimizado–, y de la exploración estética de la muerte, la historia del arte nos muestra un cambio en la percepción de la carne y del camino que transita un ser vivo para convertirse en comida. Al mismo tiempo agita las emociones de los consumidores, del arte y de la carne. Still dead… Quizá sea una nueva versión del still life.