Echarse el planeta al plato

 

DE POR QUÉ NO SOMOS LOS ASESINOS DEL PLANETA

por Antonio Calera-Grobet; ilustraciones: Marina Silva

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De todos es sabido que desde hace 15 años el tema de la comida se ha puesto un tanto de moda. Además de decenas de programas de televisión en todas partes del mundo (se ha visto ya en demasía a la comida como entretenimiento), algunas miradas se han posado sobre el tema para repensarlo desde otros puntos de vista: la comida como historia, producto de altas civilizaciones, representación del estado de salud o enfermedad de las mismas en el mundo.

Pues bien, uno de los temas (o terribles culpas), recurrentes en este tipo de revisiones digamos antropológicas o sociológicas de la comida, es el que la relaciona en su entrecruzamiento con la ecología: nosotros y la comida en relación a la Madre Tierra. Así como en los años ochenta se puso el dedo en la llaga de las grandes hambrunas de África (y el hecho de que ya no se hable de ellas no quiere decir que ya no existan, habría que echarle un vistazo al capítulo “Hambre” del libro Comer (https://www.fce.com.ar/ar/libros/detalles.aspx?IDL=7430) de Paolo Rossi), hay que hablar ahora con el mismo ahínco del exceso, la comida que se desperdicia, el desatino de un mundo que no sabe cómo dejar de darse placer. A saber: cómo es que lucharemos los humanos del siglo XXI contra esa suerte de monstruo de dos cabezas que hace las veces de enemigo letal: por un lado, la sobreproducción y el desperdicio, y por otro, la excesiva voracidad de un estilo de vida o un mercado que no contempla límites.

Por supuesto, nadie duda de tal estado de cosas en el mundo: no hay mesura para nuestra gula. Reconocido siempre como rapaz y burgués, el mundo de los que comemos como derecho al solaz, goce estético, al arte dela vida misma, no puede ocultar sus dientes. Pero es justo ahí, sobre este terreno de juego, que debemos preguntarnos: ¿es posible que alguna ramplona tendencia ambientalista nos sustraiga de nuestra responsabilidad real ante el tema? O mejor aún: ¿somos nosotros los primeros y más grandes victimarios del mundo y corresponde al comensal promedio el cambio de las cosas en un sentido mayúsculo? Difícilmente. Y si bien no es necesariamente que seamos más parte del problema que de la solución, queda claro que no se halla en nuestras manos alguna pronta salida al tema. Sí, es cierto, compramos de más algunas cosas, desperdiciamos otras, pero atribuir a tal forma de vida el estado de las cosas (de pobreza o desigualdad social, de contaminación del mundo, de inestabilidad en el nacimiento de las especies), mucho menos propinar a diestra y siniestra opiniones supuestamente críticas para acabar con ella, sólo maquilla el verdadero problema y nos impide su visualización general.

Por ejemplo, no podemos seguir confundiendo el tema con el consumismo, que en sentido estricto, como ciudadanos de un mundo libre, se presenta como una posibilidad real y de ninguna manera ilegal. No. No por comer mucho, exótico o fino, vamos por la vida matando al mundo. No. Eso es fácil decir pero muy difícil de comprobarse. El comensal de escala individual, lejos de los gobiernos al poder (que son quienes pudieran frenar la saliva del Capitalismo más salvaje), está lejos del centro del problema. O más claramente: ¿En qué ayuda el saber los clichés de cómo se hace el foie gras para cambiar el mundo? ¿Las familias que crían gansos, los cocineros que los preparan, los comensales que los degustan son todos una horda de asesinos miserables? ¿Aspiramos en llevar a la cárcel al pueblo de Francia por comer lo que ha comido siempre?  ¿Ayudaría en todo caso saber las maneras en que la industria alimentaria, las grandes multinacionales obligan a productores, agricultores y granjeros a criar y alimentar de cierta manera a los animales que comemos? ¿Algo para frenar a las grandes compañías como Monsanto, Tyson Foods , , Smithfield FoodsPerdue Farms , ), ese violento ataque el planeta no sólo estadounidense como nos mostró el célebre documental Food, Inc. , (2008), de Emmy Robert Kenner?

¿Serviría de algo si nos detenemos a pensar la relación entre la ciencia y el poder, cómo han contaminado los gobiernos y las industrias el proceso de alimentar al mundo más rápidamente y con menos dinero, más pobre éticamente, afectando el equilibrio de lo que vive y muere, o meramente con base en imitaciones, sucedáneos, sabores artificiales y demás? No, en ninguno de los casos.

Conservadores y gazmoños, los espíritus que defienden al mundo de los comensales voraces equivocan sus juicios muchas veces. Más preocupados al parecer por atacar que por rescatar a los apetitos perdidos, más por expiar culpas incomprensibles que verdaderamente en salvar al mundo de los neandertales del gusto”,  los apologistas se entregan a sus pifias. ¿Son asesinos de moscos los buscadores de ahuautle, el  “caviar azteca” que amenaza con dejarnos? ¿Los matones de escamoles, los gusanos, vamos, los insectos parte de lo mismo? Al parecer no queda claro a los que salvan el mundo si es que sólo atacarán a los comensales que matan mamíferos y no a los que cocinan insectos o pescado, ya no digamos los mariscos, así provengan de una pecera peor de sucia que corral con pollos hacinados. Para ellos, los que comen propiamente sin saber necesariamente a qué se refieren, comer de tal decadente manera decadente (que no es otra que la que proviene de nuestra tradición, no otra que la que nos ensañaron, casi sin cambio alguno desde nuestros antepasados), es casi un pecado.

 
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Y es que existe una derecha un tanto gratuita, revolucionarios desde el teclado y la consigna fácil, que piensan que echarse la culpa o echársela al otro (además de tranquilizar su ansia natural, esa culpa extraña proveniente en muchos casos de comprender mal la publicidad televisiva o de internet, la ética trastocada de la mass media), ayudará ciertamente a su objetivo por demás un tanto extraño: ¿Salvaguardar a las especies de flora y fauna? ¿Regresar de inmediato a un edén subvertido? ¿Cuidar la estética y la salud de cuerpos ajenos?  ¿Todo al mismo tiempo? Al parecer sí, y ahí es que se levanta un problema: la soberbia de pensar que criticar la casi omnipresencia de los camiones de Coca-Cola en América Latina, criticar súbitamente el consumo de grasa animal que consume y ha consumido por siempre su familia, la cantidad de azúcar que hay en una golosina, hará que las cosas “vuelvan a su lugar”. Aunque lo más seguro es que suceda lo siguiente: por adjudicarse tal capacidad de cambio inorgánico y un tanto artificial, en una fiesta infantil de cumpleaños, tal espíritu tan afligido por el “deber ser” de dientes para afuera, regalará a los infantes otra agua “de sabor” con las mismas cantidades deazúcar o peor de químicos, les privará de unas perfectas y ansiadas y merecidas hamburguesas con queso (como cientos devoró tal artífice del cambio en su vida anterior), y rellenará estúpidamente a las piñatas con brócolis y coliflores. En otras palabras: ingenuamente, pensará que la felicidad suya y de los suyos depende de ello.

A ver. El citado libro de Rossi, da cuenta de otro más de Rajeev Charles Patel, Obesos y famélicos (2007), cuya tesis central es la siguiente: en un mundo en el que se produce más comida que nunca, se da una situación paradójica: 1000 millones de personas pesan más de lo que deberían, mientras que alrededor de 800 millones no tienen lo suficiente que comer o tienen hambre. Sí, lo sabemos: debajo de donde vivimos, bajo el territorio firme donde leemos estas palabras, hubo territorios abiertos al sol, verdes praderas. Mucha gente trabaja, hundida en sudor, por el algodón de nuestras ropas y los frutos con los que hacemos jugo por las mañanas. Sí. Pero eso no nos hace los asesinos del mundo. Un inglés tiene derecho a cocinarle a sus hijos un full english breakfast sin haber leído un solo libro sobre el cerdo según musulmanes o judíos, tanto como sus hijos de comerse un par de huevos fritos sin haber investigado la calidad de vida de las gallinas que sacrificaron sus huevos por darles alegría, el mismo derecho, pues, que una familia de mexicanos que coma Pancita sin saber cómo es que vivió o murió la vaca que se juntos han preparado en casa. ¿O acaso son culpables los que pescaron el lindo tiburoncito para el pan de cazón en nuestra bella Mérida? ¿En serio los trataremos como asesinos? No. Nosotros comemos lo que conocemos, lo que llevamos como cultura pura y dura. Es justo pensar que los que se echan el plato al planeta son otros, y que nosotros tenemos el derecho de comer lo que nos venga en gana, siempre y cuando sea comprado en el mercado, con dinero bien avenido, tal como nos lo enseñaron nuestros antepasados.

 

 

Este ensayo apareció en el volumen 11 de HojaSanta: especial sobre las consecuencias planetarias de nuestros hábitos alimenticios. Si no lo tienen, consíganlo acá. Y suscríbanse a HojaSanta, es bueno para el planeta.