Un nuevo restaurante de domingo

 

por Margot Castañeda; imágenes cortesía de Bellinghausen

 
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El restaurante de mariscos al que íbamos los domingos desapareció. Así nomás. Lo supimos el 15 de octubre del 2017, un día de pesadumbre y ojos caídos que necesitaba el alivio de un caldito de pescado. No era que le faltaran comensales. A El Sinaloense nunca íbamos pasadas las cuatro porque qué flojera esperar media hora por una mesa.

Solo así, de un parpadeo a otro y sin decir adiós, se fue.

Dejó nulas esperanzas de reencuentro. No lo vimos cerrado sino reemplazado. Usurpado, diría. En dos semanas borraron de la fachada al camaroncito sonriente con su sombrero y pintaron una hamburguesa malhumorada. Gabillos Burger llegó muy rey del barrio –con sus colores brillantes, sus mesas de diner sesentero y sus pantallas con videos pop de YouTube– a decirnos: búsquense otro restaurante de domingo.

«El patrón ya tenía ganas de un cambio desde hace tiempo», me dijo nuestro mesero cuando entré a reclamar con mi furia por delante. Desde aquel lejano día en el que mi padre se quejó del servicio torpe y Raúl, impasible, le ofreció un trago de la paz, él fue nuestro aliado. No solo nos atendió con cariñito y sin demoras; también dejó en nuestra mesa todas las cortesías a las que tenía derecho. Correspondimos con fidelidad y propinas gorditas.

«Pero todavía tenemos mariscos, mira.» Una mala broma: después de las papas fritas y los hot dogs, un apartaducho ofrece cocteles de camarón y filetes enharinados. «¿Cómo?», le dije. «¿De qué chingados habla?, ¿qué pasó con “El verdadero sabor del mar, solo El Sinaloense te lo da”?» Qué porquería. Nadie pidió a Gabillos Burger, queremos a El Sinaloense para siempre. Es en serio. Exigimos el domingo nuestro de cada semana, con tostadas de pulpo enamorado –“apendejado”, según mi padre–, aguachiles, huachinango a la talla, percherones de tequila –caballitos dobles, según mi padre–, sobremesa larga, chismes familiares y desparpajo. ¿Ya no lo tendremos? Así, de plano, it’s gone?

El otoño se puso más triste y mi estómago más pesado, como si me hubiera tragado tres piedras. El Sinaloense no era el único local de mariscos en los alrededores pero sí el mejor de la colonia, ¿de la ciudad?, de mi vida. No era bonito ni fino. Era burdo, barato, defectuoso –televisión encendida, sillas frías, estética escandalosa–; pero también era apapachador, bondadoso, confiable y precioso como un abrazo largo.

Había que conocerlo hasta el fondo para quererlo y, como todo lo querido, se me grabó como un tatuaje invisible que siempre arderá. Tenía mucho que dar. La frescura y calidad eran superiores –el dueño sacaba de sus negocios en La Nueva Viga la mejor mercancía–. Al cazón de las pescadillas, con su jitomate bien chinito, nunca le faltó o le sobró sal. Las tostadas no se rompían con jugo de ceviche. El caldo se hacía con camarón seco y era carnoso como un beso. Los cocteles llevaban jugo de jitomate y no cátsup. Jamás nos negaron las sobreexigencias: «Más tostadas», «Más salsa de chiltepín», «Guárdenos la mesa de siempre». Era cálido. Era nuestro.

Hay tres tipos de restaurantes de domingo. El primero también puede ser puesto, local de mercado o tianguis al que se llega caminando, sola o acompañada, en fachitas y lagañas. El segundo requiere reserva, tacones, cartera llena, uber y un cumpleaños que celebrar. El último es el de confianza; al que papá, mamá e hijos llegan sin antes confirmar porque así son los hábitos: se hacen solos ad infinitum. Este es mi favorito; la costumbre que me alimenta más: tres horas cada quince días para compartirme con las mejores personas de mi mundo, chismear sobre los últimos memes de Trump o el embarazo de la prima Lili, beber rico, comer rico, soltar la panza, reír, ser atendido, sentirse abrazado, hacer sobremesa y no lavar los trastes.

El Sinaloense, el favorito de mi padre y también el mío, estaba en esa tercera categoría desde hacía tres años. Sus tacos de minilla me regresaban a mi familia, a la colonia donde aprendí a andar en bici, a 1993. No sé. Quizá es reciente y sigo sin las palabras para describir el apego. Quién sabe, siquiera, si algún día esas palabras lleguen o me pertenezcan. La pérdida de un restaurante así les causa un duelo a sus comensales fieles. Deja un dolor hueco, un leve pero imposible de ignorar sentimiento de abandono.

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No salimos a comer aquel domingo. Ni el siguiente ni el de después. Hasta que se cumplió el mes, por fin, fuimos en busca de un nuevo refugio dominguero.

La Agrícola Oriental tiene a La Nueva Viga cerquita. Hay montones de opciones para comer pescados y mariscos: La Trucha Guapachosa en la Sur 12, Marisquería Libra en Oriente 259, los locales del corredor garnachero en la 249… No. No, dije. Ninguno es candidato suficiente. Son locales fodongones, donde se come a prisa y se paga en efectivo. No los quiero. Regrésenme a El Sinaloense, a sus sobremesas y a los malos chistes de mi padre sobre el pulpo enamorado.

La colonia es changarrera. Es difícil encontrar restaurantes que arropen nuestra necesidad de charlas largas después de la comida, pero basta caminar a la esquina para encontrar un puesto de garnachas, un carrito de elotes, tamales, carnitas… o un microbús transformado en pop up callejero, a media banqueta y con más focos de los que tiene mi departamento completo. Apenas hace unos dos años llegaron las inmobiliarias con sus edificios look Condesa 2017, los Oxxos, los Starbucks y algunos nuevos locales con cartas amplias y terminal para tarjetas. Lo sé por obligación, porque me puse a buscar un nuevo restaurante de domingo.

La Frescura del Mar, uno de los nuevos, es por ahora el elegido. El mejorcito que hallamos. Está en una casa de tres pisos en la 237. Su fachada es fea y el servicio lento aunque bienintencionado. La carta es suficiente. Al ceviche le falta sal. Ya veremos. Es un comienzo forzado, pero al menos está vivo. Quizá el tiempo me quite el ceño fruncido y empiece a quererlo –aunque no tenga esa receta acapulqueña de pulpo ni tenga a Raúl para regalarnos alcoholes, porque ese viejo ritual es ahora un recuerdo, un nuevo textraño.

Una cosa más. El 15 de octubre de 2017 nos enteramos de que El Sinaloense había cerrado. El día 14, un sábado, habíamos enterrado a su más grande fan: Miguel, mi padre.~


Este texto es parte de nuestro especial Maneras de despedirse. Pueden leerlo aquí, y de paso decirle adiós a la versión impresa de HojaSanta.