Los dos lados de un taco

 

por Begoña Sieiro; imágenes: MiniSuper Studio

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Cuando era niña y luego adolescente, mi mamá me repetía que mi forma de comer tacos era una metáfora de cómo me enfrentaba a la vida. Lo mordía primero por un lado y luego por el otro, en vez de ir comiéndomelo de principio a fin en un orden lineal. La verdad, no es que lo pensara mucho. Para mí era lógico y natural; había que probarlo por los dos lados para evitar que se cayera el relleno, para que las orillas no se enfriaran demasiado, para probar cada centímetro. Qué se yo.

Ahora que me siento a pensarlo más, podría interpretarlo como mi forma muy particular de querer comerme al mundo: desde todos sus ángulos. Decirme que comerme el taco por los dos lados estaba ‘mal’ era para mí tan absurdo como hacerme creer que el planeta hay que descubrirlo en algún orden determinado: tienes que ir a España antes de poder conocer Polonia. ¿Por?

Los tacos (gorditas, quesadillas, tlacoyos, sopes y todos nuestros divinos derivados del maíz) tienen en su interior un conjunto de ingredientes que no pertenecen a una ciencia exacta, y por lo tanto nunca sabrá igual una primera mordida a una tercera ni que la última; la proporción entre salsa, carne, nopales, chicharrón, queso, crema y todos los posibles etcéteras nunca es la misma.

Mi lógica infantil/puberta era que el taco (de aguacate, de arroz con aguacate, de carne en salsa verde con aguacate, de ensalada de nopales con aguacate…) sabe tan pero tan bien que hay que comérselo por todos lados, dejando el centro –el corazón– para el final. Ahora mi lógica adulta no puede decidir si lo mejor del taco se encuentra en la primera mordida: tímida, indagadora, desglosadora, sorprendida, hambrienta; en la última: satisfecha, gozante, experta, salivosa; o en las del centro: cuando eres parte de él y él parte de ti.

Supongo que sí, que mi mamá tenía razón y que el taco y cómo lo come cada quien puede ser una analogía sobre cómo enfrentamos la vida. Yo, claramente, soy una atascada. Porque me ilusionan, intrigan y cautivan los principios, me atraen y me relajan los finales, pero me alegran y tranquilizan los puntos medios. No tengo un favorito.

A mí me gusta experimentar, y no necesariamente en un orden específico. En un taco, un libro, un viaje, en cualquier algo emocionante y nuevo quiero vivirlo todo: el nervio, el pánico, la excitación, el error, el triunfo, la risa, el llanto, la novedad y la rutina, lo auténtico y lo falso, lo fácil, lo difícil, lo intermedio y todo lo demás. Quiero iniciar, atravesar y culminar pasando por todas las letras del abecedario. Que no me falte nada.

O, para seguir con el ejemplo, quiero probar la tortilla, saborear el relleno, que me enchile la salsa, que me lo quite la crema y que no se me pasen de largo ni el cilantro ni la cebolla. Porque al final, de eso se trata la vida, ¿no? De zampártela toda, sin perderse los detalles.

~

Justamente hoy en la comida mi hijo de dos años decidió, sentado en las piernas de su abuela, morder su taco por los dos lados. Mi mamá, distraída, le dijo: No entiendo esa forma de comerse los tacos. Yo, callada pero sonriente. Si lo pensamos, la vida está hecha de puros círculos; siempre siempre siempre vendrán nuevos comienzos. A veces, muy parecidos a los viejos. Pero otras no.~

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Este texto es parte de nuestro especial Maneras de despedirse. Pueden leerlo aquí, y de paso decirle adiós a la versión impresa de HojaSanta.